Él estaba frente a ella, con la rodilla hincada en el suelo, la cajita con el anillo de pedida, esperando que ella contestara sí o no a la petición de matrimonio que su novio le había hecho.

Era lo que siempre había soñado, lo que deseaba desde que era niña. Lo del príncipe azul, que leía en los cuentos infantiles, era verdad. No podía ser más feliz, no podía ni imaginar que esto le estuviera pasando a ella de verdad.

Claro que le dijo que sí. Claro que se besaron en mitad del restaurante, mientras el resto de personas, sentadas a sus mesas, aplaudieron. De hecho, el dueño del local les invito a una copa para celebrarlo.

Era el día perfecto.

Lo que ella no fue capaz de ver es lo que iba a vivir a partir de ese día. No sería algo de lo que se diera cuenta, algo de lo que fuera consciente, pero él ya tenía trazado un plan en el que ella sería el centro de todo, pero antes tendría que alejarla de todo aquello que le importaba, lo que tuviera que ver con su pasado, con su presente y todo lo que en su cabeza hubiera significado felicidad.

Primero serían sus amigas, buscando la forma de ponerla en contra de ellas. Después a su familia, porque no podrían entender lo maravilloso que era él, que lo único que pasaba es que estaban todos celosos de su felicidad, que nadie le había comido la cabeza y que ella tomaba sus propias decisiones. Seguro.

En cuanto al trabajo, lo mejor era convencerla de que no la valoraban, que sus compañeros le estaban haciendo la cama, hablando mal de ella y que otros se llevaban el mérito. Él la entendía. ¿Por qué no buscar otro trabajo? Mejor, ¿por qué no convencerla de que se tomara un tiempo para ella, para pensar qué quería hacer y, mientras, se quedara en casa? Ella se sentiría comprendida y apoyada. No habría problema porque, con lo que él ganaba en su puesto, los mantendría a ambos sin problemas.

La puntilla sería aprovechar ese momento y proponerle tener un hijo. Como se estaba tomando un tiempo para pensar qué hacer, ¿por qué no aprovecharlo, ser padres y más felices con un hijo? Tampoco era cuestión de esperar demasiado, con los problemas que podría tener si dejaban pasar más tiempo. No quería que, por esperar unos años más para ser padres, le pudiera pasar algo. No soportaría perderla porque era el amor de su vida.

Pequeñas cosas, pequeñas palabras. Todo pequeños hilos, que se irían atando hasta no darse cuenta de estar atrapada por alguien que, realmente, no la quería, que sólo deseaba poseerla para él y nadie más. Control, control, hasta que su dependencia le hiciera dejar de ser ella misma para ser una prolongación de él, de su amo.

Por eso, cuando contesto que sí, ella, que no cabía en sí de felicidad, no se dio cuenta de que él bajaba la cabeza ligeramente sonriendo, pero no de felicidad.

Ya era suya.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán.

27 Infinitos

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