Francisco estaba hasta los cojones de que todo el mundo le llamara Paco. Nunca le había gustado ese diminutivo. ¡Joder! Si hasta la mujer le llamaba así y ya no sabía cómo decírselo. Cada vez que de la boca de ella le salía el Paco esto, Paco lo otro, Paco lo de mas allá…, tenía que esforzarse para no cabrearse con ella.

En el fondo sentía que nadie le escuchaba. Estaba en un momento de su vida en la que apenas se reconocía en el espejo cada mañana, cuando se miraba antes de salir por la puerta camino al trabaja. Bueno, camino lo que se dice camino…, no. Iba al garaje para subirse al coche.

Francisco era taxista casi desde que pudo sacarse el carnet de conducir. Su primer y único trabajo. Ya había dejado de contar las miles de horas que había conducido o los clientes que se habían subido a su automóvil.

Llevaba una temporada extraña en la que apenas podía descansar bien y, en los momentos de descanso, entre servicio y servicio, no hacía más que darle vueltas a la cabeza, sin saber exactamente por qué.

Fue uno de esos días tontos, en los que no ocurre nada, seguramente porque era festivo y la gente prefería quedarse en casa durmiendo, descansando o en familia. El salió a trabajar, como lo hacía siempre porque… exactamente, ¿por qué? Estaba, en uno de esos momentos, entre cliente y cliente, leyendo un libro.

En ese instante sintió una especie de revelación: no era feliz, no era feliz. ¡No era feliz! Lo gritó en silencio, no fueran a mirarlo extrañados los compañeros de parada. Se sintió inquieto, nervioso, porque necesitaba saber el porqué de aquel sentimiento tan nítido. Entendió que, cuanto más nerviosos estuviera, menos podría profundizar.

A medida que se iba calmando, al pasar unos minutos, notó que algunas ideas se repetían más que otras, la mayoría desaparecían y otras se mantenían presentes sin irse. Fue en estas últimas en las que se detuvo.

Su matrimonio estaba roto desde hacía tiempo. Su mujer y él no dormían juntos desde hace mucho y mejor no hablar de sexo porque ni se acordaba cuando había sido la última vez. La relación se reducía a estar con los chicos aparentado ser una familia, dentro y fuera de casa, pero cuando estaban solos, todo se reducía a estar cada uno en una parte de la casa y si ella le hablaba, la mayoría de las veces era para comentarle que había que pagar alguna factura y poco más. Su mujer trabajaba, por lo que no dependía de él ni él tampoco quería que lo hiciera.

Ahora que lo pensaba… ¿Qué deudas? El piso estaba pagado, los préstamos también… Una parte importante el dinero que entraba en casa con su trabajo y el de ella, no iba a ningún lado salvo a la cuenta corriente común. De hecho, comprobó en la aplicación del banco que tenía en el móvil el saldo. Hasta él mismo se sorprendió de lo que había en la cuenta. No era rico, pero no podía quejarse de la cantidad ahorrada.

Entonces, ¿qué coño le estaba pasando?

La imagen de sus hijos apareció nítida, clara.

La universidad… A ver… Por ahí tampoco porque, no era por dárselas de nada, pero tuvo suerte con ellos. Ambos, chico y chica, eran buenos estudiantes, siempre con becas y, de hecho, la matrícula de las carreras también estaba becada por las buenas notas de ambos. Así que… ¿cuál era el problema? Ninguno. ¡Que también podían buscarse un trabajo en verano para pagarse lo que necesitaran en los estudios! ¿no?

¿Por qué narices pensaba aquello?

No había acabado de pensar en ello cuando la imagen de una mujer llenó toda su mente. No, aquello no lo esperaba. Aquello tenía que ser una broma. ¿A qué venía que apareciera ella? No tenía sentido, no podía, no quería… Y sonrió al recordar la mirada de sus ojos en los suyos cuando la conoció la primera vez, las primeras palabras cargadas de vergüenza, el primer paseo bajo la cálida luz del verano al atardecer, en la playa, y el primer beso deseado por ambos y que no terminó hasta la puesta de sol. Pudo sentir el olor, como si la tuviera delante de él, de la piel de ella, y se erizó su vello con un latigazo eléctrico que le recorrió el cuerpo. Después recordó como todo se precipitó cuando ella se tuvo que ir, obligada por sus padres, y jamás regreso. Aún guardaba la última carta, que le mandó antes de irse, en una caja de recuerdos, de la que jamás quiso deshacerse.

Sus ojos se empañaron, lo que le devolvió al presente y evitó, pasando los dedos por la cara, que alguno de los compañeros de la parada viera que una lágrima se había escapado rodando por su mejilla.

No había clientes, sólo tiempo y recuerdos.

El móvil sonó. En la pantalla un número que no conocía. Seguramente alguno que necesitaba que lo recogieran para ir a casa de alguien o volver a la suya.

— Sí, ¿dígame?

— ¿Francisco?

Un silencio de unos segundos ante la voz de una mujer al otro lado de la línea y que lo había llamado por su nombre completo, como deseaba que lo hicieran todos.

— Disculpe, no tengo guardado su número. ¿Nos conocemos?

— Sí.

— ¿Quién es?

— ¿No te acuerdas de mí?

— Lo siento, ¿debería hacerlo?

— Supongo que ha pasado mucho tiempo. Soy Leire.

— ¿Leire?

Nuevo silencio.

— Bueno, sé que es extraño y que te estarás preguntando cómo es que tengo tu número de teléfono. No es complicado. Amigos en común que teníamos cuando nos conocimos y con los que sigo en contacto. Uno de ellos me lo dio porque le dije que me gustaría saber que había sido de ti.

— Estaba pensando en ti ahora mismo.

— ¿Qué dices?

— Te lo juro. Estaba como ahora, sentado en el taxi, pensando y me vino tu imagen nítida, todo lo que vivimos juntos… ¡Oh! Perdona, seguro que para ti será una tontería. Ya no somos unos adolescentes. Dime, ¿cómo estás tú?

— No lo sé.

— ¿No lo sabes?

— No.

— ¿Y eso?

— ¿Eres feliz?

La pregunta fue como una herida que se hubiera vuelto a abrir, sin posibilidad de cerrarla de nuevo. Hubo unos segundos de silencio, demasiado largos.

— Perdona, Francisco. Soy una tonta. No sabemos nada el uno del otro desde hace tanto tiempo y te pregunto si eres feliz. Espero no haberte molestado.

— No.

— Gracias.

— No, Leire. No es eso.

— ¿Cómo?

— No soy feliz.

— ¿Qué ha pasado?

— Mi vida no es la que quiero vivir. Supongo que, en una parte de ella, sí he sido feliz, pero ya hace tiempo de ello y llevo años haciendo lo que se supone que he de hacer como padre y como marido.

— Siento mucho escuchar eso.

— ¿Y tú? ¿Qué es lo que no sabes?

— Si colgar o decirte lo que pienso.

— Dime lo que quieras.

Sintió las dudas de ella, sus nervios, escuchó la respiración de quien toma aire para armarse de valor y no se decide entre decir las palabras como las quiere decir o como debe decirlas.

— Leire, no tengas miedo.

Y las palabras brotaron de su boca sin pensar en las consecuencias.

— ¿Quieres ser feliz conmigo, Francisco? Yo no he podido serlo desde que tuve que marcharme de tu lado.

— …

— Ojalá supiera decirlo de otro modo, menos irracional, pero no se me ocurre cómo.

— ¿Dónde estás?

— Esperando un taxi.

Francisco miró hacia la derecha. Una mujer, a la que no podía ver la cara, esperaba para subir dentro, junto al conductor.

— Sube.

Colgó.

La mujer movió el brazo que sujetaba el teléfono y lo introdujo en el bolso. Llevó la mano a la puerta, abrió y se sentó.

— Hola, Francisco.

La miraba como si no hubiera nada ni nadie más alrededor.

— Hola, Leire.

El tiempo había hecho que estuviera más hermosa que cuando se habían conocido. Él se mantenía muy bien, pero con algunas arrugas de más.

La mano de Leire se posó en la de él. No podían dejar de mirarse.

— Tengo que poner el coche en marcha.

— Hazlo.

— ¿Dónde vamos?

— ¿Dónde quieres ir?

— Lejos de aquí.

— ¿Quieres venir a casa?

— ¿Está lejos?

Leire apretó la mano de Francisco.

— En cuanto lleguemos, será nuestro hogar.

— Estoy deseando estar allí contigo.

— Juntos.

Arrancó el coche, sabiendo que no volvería a mirar atrás, que su vida ya no estaba allí.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán.

27Infinitos

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