El vaso de cristal transparente desprendía aroma de aguardiente. Sí, aguardiente, porque sólo los que han bebido toda su vida saben diferenciar entre bebidas puras, esenciales y mezclas que no se sabe lo que son. Es como los perfumes, que tienen el poder de atracción, que te abrazan y retienen tus sentidos hasta dominarlos.

Alberto sabía lo que bebía y cómo olía cada licor. Por eso, por encima del olor a cafés, refrescos y fritangas de la cocina, el aroma a aguardiente despertaba sus papilas gustativas, sus ganas de beber y también todos los monstruos con los que lidiaba cada día y que lo rondaban a todas horas, más cuando se confiaba.

Sentado frente a la barra de madera oscura, barnizada, intentaba no centrarse en el vaso, por lo que su mirada se desviaba o rodeaba la bebida para fijarse en marcas que llevaban allí toda la vida, muescas reparadas y líneas de las vetas de la madera que creaban figuras en su cabeza y que le recordaba a los monstruos que lo ahogaban. Eso le entristecía, haciendo que el impulso inconsciente moviera la mano hacia el vaso, pero no llegaba a tocarlo porque se daba cuenta de lo que hacía. Los monstruos se enfadaban.

Desvió la mirada hacia adelante y el reflejo de su rostro le observó atentamente, mostrando sus arrugas, que habían aparecido en su vida más temprano de lo que hubiera querido; el pelo cano, pero abundante, y un gesto no de tristeza, pero sí de resignación o de miedo a dejarse llevar, como siempre.

Una sombra se interpuso entre las dos caras de la misma moneda. A los lados de ella, detrás, sobre un largo mueble de acero, había una cafetera de bar, muchas botellas abiertas, tazas, vasos, cubiertos, la caja y, tras todo eso, un gran espejo que ocupaba la mitad superior de la pared, con un letrero pintado a mano: Bar Toño.

Toño, hijo de Toño, el fundador del bar, miraba a los ojos de Alberto, pero no con enfado desesperación, mucho menos incrédulo o con cara de desaprobación. Miraba con sinceridad y, sobre todo con el rostro de quien conoce los monstruos, no en carne propia, pero que ha tenido que lidiar con ellos y enfrentarlos.

— ¿Te pongo un café?

— No. Gracias, Toño.

— ¿Estás seguro?

— Sí. Ya sabes.

— Tranquilo, no tienes que justificarte, pero si prefieres un café, me avisas.

— De acuerdo.

— Gracias.

Toño llevó la mano bajo la barra. Tomó un platillo y, del interior de la vitrina con temperatura controlada de la barra, cortó un trozo de tortilla de patatas con cebolla. La dejó delante de Alberto.

— Toma una tapa, que no te la han puesto. Tienes cara de tener hambre. Te va a gustar.

Alberto lo miró con una sonrisa.

— Gracias. Huele rico.

— Todo lo que se prepara en este bar está para chuparse los dedos.

— Por supuesto, Toño.

Toño llevaba con el bar abierto desde las cinco de la mañana, hora a la que su mujer y él iban preparando todo lo que los clientes tomarían a lo largo de la jornada y el menú, que cambiaban cada día. Lo que más le sorprendía a Alberto era que daba igual lo que cocinara, sirviera, preparara, etc. Su delantal estaba siempre impoluto, así como el resto del bar. La cocina se mantenía tan limpia como un quirófano.

El Bar Toño era un local situado frente al puerto pesquero y que absorbió una clientela variopinta de éste y otros que sorprenderían. El padre de Toño, Toño, lo tuvo claro desde que lo abrió el primer día: el bar tenía que estar como los chorros del oro; buena comida con precios que cualquier trabajador pudiera pagar y el trato siempre de usted a todo dios, ya fuera el del pescado, quien traía la cerveza o el que tuviera un Mercedes. Menudas broncas daba al principio a los camareros si veía un mal gesto a cualquier cliente, por mucha pinta que tuvieran. Al que bebía más de la cuenta no se le servía más y al impertinente o quien buscara bronca… a la puta calle, sin contemplaciones y no volvía a entrar. Bares había muchos, pero en el suyo había que comportarse bien sí o sí.

Alberto seguía sentado frente a la barra, sintiendo el trajín de Toño y los camareros en el local, con sus múltiples sonidos de entrada y salida de clientes, la limpieza del suelo, mesas y sillas, para que el local se mantuviera inmaculado, el murmullo de las conversaciones, la luz que entraba por el ventanal…

Los monstruos seguían a su lado, susurrándole palabras para intentar tentarle otra vez. Cruzó los dedos tras la nuca, bajando la cabeza. Suspiró largamente y quedó así durante unos segundos.

— ¿Quieres que te la retire, Berto?

Aquella frase cortó los susurros de los monstruos de su cabeza. Miró a Toño con mirada triste.

— No.

— ¿Por qué lo haces?

— Porque no quiero que venzan.

Toño asintió con la cabeza con sinceridad, haciéndole saber a Alberto que entendía perfectamente lo que había querido decirle.

— ¿Quieres que la llame?

— Tranquilo, vendrá pronto. Me ha mandado un mensaje.

— Está bien.

Alberto había conocido bien al padre de Toño y había visto al hijo de este corretear entre las mesas cuando apenas podía ponerse en pie. Además de lo agradable de la elección del mobiliario rústico y el mismo gusto por otros elementos del local, lo que se mantenía igual era el olor que salía de la cocina cada vez que las puertas de ésta se abrían.

La primera copa la había tomado Alberto con su padre, pero lo de beber de manera habitual, no. Nunca se excedía. Alguna que otra cerveza, pero más cafés que alcohol. Era de los que prefería el hogar al bar, pero era importante compartir con los amigos o compañeros de barco de cuando en cuando.

Su mujer fue su primera novia. Se casó joven y tuvieron su primer hijo el primer año de matrimonio. Luego vinieron tres más. El mar era su segunda casa, pero su familia era a la que deseaba volver a ver cada vez que salía de faena, nunca lejos porque su mujer e hijos era lo primero.

Cuando su mujer murió de repente, su mundo se rompió. Le faltaba la mirada de quien lo amaba y ésta no volvería a más. Se refugió en la bebida, nunca lo suficiente como para desmayarse, pero sí para acercarse a lo que pudiera ser un despojo. Toño padre lo trataba bien y no le servía cuando veía que la cosa se podía salir de madre. Tampoco Alberto quería beber hasta ese extremo. Por eso esperaba a que viniera uno de sus hijos hasta allí, para que le ayudara a llegar a casa. Así durante varios años, demasiados, hasta más allá de cuando Toño hijo tomó los mandos del bar.

Alberto cumplió en el trabajo hasta que se jubiló y sus hijos le abandonaron, lo que le sumió en una tristeza mayor. El día que los hijos rompieron lazos con él perdió el control, pero en casa. Algunos muebles sufrieron su ira. Carla, su hija, estaba de viaje por trabajo cuando regresó a su casa. Llamó a su padre por teléfono. Éste no contestó, lo que hizo que se preocupara. No lo localizó y decidió ir a su casa. Lo encontró en el suelo, borracho, inconsciente, sucio, además de ver que se había meado encima. Llamó a sus hermanos, a los que poco importó lo que le había sucedido a su padre. Escucharon de boca de su hermana todo tipo de insultos y reproches, colgándoles el teléfono con un sutil: sois unos hijos de puta.

Vergüenza, monstruos y dependencia. Esas palabras rondaban la cabeza de Alberto. Estuvo varios días hospitalizado.

Carla lo llevó a casa. Ese día era el día después de haber salido del hospital.

Alberto, frente a la barra, la copa de aguardiente y los monstruos, luchaba contra la persona en que se había convertido. Escuchó el sonido de la campanilla que indicaba que la puerta del local se abría. Carla se acercó a su padre. Esta miró la copa de aguardiente llena y a Toño, quien le habló.

— No la ha tocado. Lleva horas sin moverse del asiento.

— Gracias.

Miró a su padre, que seguía callado, pero atento a lo que sucedía.

— ¿Estás bien?

— La pedí como lo he hecho siempre.

— Lo entiendo.

— Lo habitual es que hubiera acabado la botella.

— Lo se.

— Pero no he tomado una sola copa. Toño, ¿me pones ese café del que me hablaste?

— Claro.

Le retiró la copa de aguardiente y se puso a trajinar con la cafetera.

— Echo de menos a mamá.

Aquella frase hizo que el corazón de Carla se acelerara. Su padre, como muchos padres de su generación, no era los de expresar sus sentimientos. Se los comían porque era lo que se espera del hombre de la casa.

— Y yo.

— Tus hermanos ya no me quien.

— Yo, sí.

— Estos años he bebido para no pensar en lo mucho que he echo de menos a tu madre.

— Lo sé.

— El otro día me pase.

— Ya.

— Vi a tu madre.

— ¿Qué?

— Cuando estaba dormido en el hospital, la vi.

— ¿Y qué te dijo?

— Se enfadó conmigo por beber. No quiere un hombre así cerca de ella.

— ¿Cerca de ella?

— Fue lo que me dijo y ahora entiendo que, aunque murió, nunca me dejó sólo. Beber no me dejó verlo. No voy a volver a hacerlo.

— ¿Seguro?

— Lo tengo claro. Después del café, ¿vamos a pasear?

— Claro, papá

Carla le acarició el pelo, atusándoselo con las manos con suavidad. Al terminar el café, Alberto quiso pagar, pero Toño se negó.

— Mañana nos vemos y me cuentas lo del paseo con Carla. Pasadlo bien.

— Gracias. Toño —le respondió Carla—.

Esa tarde el sol caía tras las Cíes. El cielo estaba rojo y hacía calor.

— ¿Un helado, papá?

— De chocolate y menta.

— Como le gustaba a mamá.

— Sí.

— Vamos, papá.

Alberto sonrió. Carla tomó a su padre del brazo mientras el recuerdo de su mujer tomaba la mano de su marido con cariño, como siempre lo había hecho.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

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