— ¿Puedo ver la tele?

— Claro, cielo. Mira lo que quieras. El mando está en la mesita, junto al sofá.

Ahora está tranquila, pero hasta hace nada era incapaz de articular palabra. ¡El muy hijo de puta! Casi se la lleva. Conseguí evitarlo cuando la tenía cogida por el brazo y se escapaba de casa con ella. Menos mal que nadie me vio entrar. No consiguió llegar a la puerta.

Hasta hace unos minutos, mi cabeza estaba llena de su llanto desconsolado. Me ha costado casi dos horas que dejara de temblar. Menos mal que conozco bien a los niños y sé qué teclas tocar para que no se cerrara más y, así, poder calmarla.

No tienen ni idea, ni puta idea de lo que es levantarse de madrugada por culpa de los puñeteros cólicos, para cambiar pañales, darles de comer o porque, sencillamente, se han desvelado o se sienten solos. Poco a poco van creciendo, haciéndose cada día más independientes y fuertes, hasta que ya no te necesitan y vuelan libres. Sin embargo, mientras sucede eso, no eres capaz de descansar bien y las noches se vuelven una preocupación tras otra.

Lo que más me gusta de Lucía es que es muy tranquila, con lo que calmarla en esta casa ha sido fácil y sin que ocurriera algo más grave.

Bueno, ahora ya ha pasado todo y estamos aquí, ella mirando la tele y yo preparando la merienda.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Quieres un ColaCao?

Veo asomar su cara en la puerta.

— ¿Puedo?

— Claro que sí.

La veo dudar. Sé cómo convencerla.

— ¿Con bizcocho?

— ¿Puedo?

— Por supuesto.

— Vale.

— Pues ven a buscarlo.

Le acerco un plato con la taza de ColaCao bien caliente y un trozo más que generoso de bizcocho relleno. Lo toma y me mira.

— Gracias. ¿Puedo tomarlo en el salón?

— Por supuesto.

Dejo que se vaya con la merienda. Ahora ya estoy seguro de que está tranquila. Mejor. La tarde va cayendo. Hace calor fuera, mucho calor, por eso fue buena idea bajar las persianas, para que dentro de la casa la temperatura fuera un poco más fresca, además de evitar miradas indiscretas.

Mientras recojo la cocina llaman al móvil.

— Dime. Sí, todo bien. Sin problema. ¿Cuándo vais a venir a buscarla? Vale, aquí os espero. No tardéis. Ahora está tranquila, pero seguro que luego se pondrá nerviosa. Nos vemos.

Cuelgo y veo a Lucía en la puerta de la cocina, con el plato y la taza vacíos.

— ¿Eran papá y mamá?

— No. Eran otras personas, pero no te preocupes. Puedes estar tranquila.

— ¿Cuándo van a venir a buscarme mis papás?

— ¿Qué hora es?

— Las siete.

Lo dice mientras mira el reloj de la pared, inquieta.

— A las ocho estarán aquí. ¿Quieres ver un poco más la tele?

— ¿Puedo?

— Tienes mi permiso.

— Vale.

— Aprovecha que, en nada, te vas a casa.

Me dedica una sonrisa y corre al salón. Me hace gracia como mezcla un andar, entre trotando y corriendo, por el pasillo.

Espero unos minutos antes de ir al salón. Cuando entro, ella duerme plácidamente. La tapo con una manta suave, apago la televisión y me siento en el sillón que está junto a la ventana. Tomo uno de los libros que he empezado esa misma tarde y sigo leyendo dónde lo había dejado. Por ahora, me encanta lo que llevo leído. Es un buen libro.

Cinco minutos antes de la hora llaman a la puerta. Coloco el marcapáginas. Mañana o pasado seguiré leyéndolo. Me levanto y me acerco a la puerta. Al abrirla, un hombre y una mujer me miran de manera nerviosa. Obviamente, no saben quién es la persona de contacto y suponen que soy yo.

— Hola…

— Pasad.

— ¿Está Lucía?

Los miro serio. Deberían sudar menos.

— Pasad y callados.

Dejo la puerta abierta y entran un poco torpes, sin saber cómo hacerlo y medio tropezando entre ellos. Me doy la vuelta y los enfrento.

— El dinero.

— ¿Qué?

— El dinero.

— ¡Ah! Sí… Toma.

Miro el sobre grueso. Lo abro y comienzo a contar los billetes.

— Tenemos prisa.

— Yo no y de aquí no se mueve nadie hasta que los haya contado.

— ¿No te fías?

— No os conozco de nada.

— Vale, vale. Acabemos cuanto antes.

— Si te callas, mejor. Si me confundo, tendré que volver a empezar.

Hay un silencio incómodo seguido de más silencio. Acabo de contar los billetes y guardo el sobre en el abrigo.

— Está todo. Perfecto. Ahora la traigo.

Se quedan en la entrada, esperando, mientras voy de nuevo al salón. Todavía hay en el ambiente el olor a ColaCao y bizcocho relleno. La tomo en brazos, con la manta cubriéndola. La acabo de envolver. Me acerco a la pareja que está en la entrada.

— Una pregunta.

Mi frase los descoloca.

— ¿Qué quieres?

— ¿Para qué va a servir ella?

— ¿Por qué quieres saberlo?

Miro a la mujer. Quiere irse. Está nerviosa. Demasiado.

— Simple curiosidad.

El hombre parece un poco más templado.

— Un completo.

— Un completo.

— Sí, un completo. La vacían y trasplantan sus órganos a varios niños, que los necesitan con desesperación y cuyos padres están forrados.

— O sea, matan a una niña para que otros niños vivan.

— Sólo son negocios.

— Vale, era lo que quería saber.

La mano que tengo libre se coloca frente a ellos con una pistola con silenciador.

— Pero qué…

No les da tiempo a decir nada más ni a él ni a ella. Sus cabezas revientan con el tiro que le pego a cada uno de ellos, desparramando lo que tienen en su interior sobre la pared de la entrada. Guardo el arma, saco mi teléfono móvil del bolsillo y marco la llamada. Al otro lado alguien contesta. La voz que oigo es la de alguien que está desesperado. Otra voz, esta vez de mujer, se escucha en segundo plano, detrás de la del hombre que habla, entre lágrimas.

— ¿La has encontrado? Dime que no está muerta.

— La tengo conmigo, sana y salva. Los he matado, como me pidió.

— Gracias, gracias… —Pasan varios segundos en los que sólo escucho como lloran y me agradecen que la haya rescatado sana y salva—Nos ha devuelto la vida.

Espero a que se calmen.

— Ahora mismo la llevo a su casa. Debo hacerles una pregunta.

— Sí. ¿Cuál?

— Los que he matado trabajaban para otra persona. ¿Qué quieren hacer?

Ahora es la mujer la que habla, con voz fría y sin atisbo de vacilación.

— Mátelo. Quiero que ese hijo de puta, o quien sea, no vuelva a respirar. Mátelo a él y a todos los que han querido llevarse a mí niña o le hayan querido hacer daño. Pagaremos lo que sea.

— No se preocupen por eso. Ya me han pagado bien. Sólo quería confirmarlo.

— Por cierto. Lucía no habrá visto…

— No se preocupe. Le di de beber algo caliente y dentro le puse un somnífero muy suave. Duerme tranquila. Ahora debo colgar. Tardaré una hora en llegar, como les he dicho.

Cuelgo. Antes de irme, me llevo el móvil de los tres cuerpos que dejo en la casa. Sí, digo tres. El tercero está en el dormitorio de la casa, también muerto. Era el de quien la había secuestrado y la iba a vender a una red de tráfico de órganos esta misma tarde.

Por cierto, el libro que había en la casa también me lo llevo. No me gusta dejar las lecturas a medias.

Alejandro Guillán.

27 Infinitos

Eres todo corazón

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