Todo es cuestión de ritmo.

Cuando te levantas es muy lento. Desperezas el cuerpo, lo desentumeces. Improvisas movimientos disonantes para, poco apoco, buscar la rutina rítmica.

La ducha con el correr del agua; una toalla rascando y secando tu piel; calentar la leche, segundo a segundo, en el microondas, mientras te haces un zumo de naranja y, antes de que llegue al “0” del tiempo, la tostada con su mantequilla; vestirse de la misma manera, la misma forma (no lo mismo)…

Puerta, ascensor, calle… Ritmo en las piernas. Tu cabeza acopla tu cuerpo a un movimiento musical imperceptible, pero que hace del andar algo normal y de lo que no nos damos cuenta.

Conducimos de la misma manera, trabajamos con nuestro propio ritmo de una forma parecida cada día…

Ritmo, ritmo, ritmo…

Cuando no hay ritmo no hay nada.

Incluso quietos y en silencio tenemos lo tenemos. ¡Qué sería de nosotros sin ritmo!

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

27 Infinitos

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