El otro día, caminando por los campos de la localidad en la que vivo, por la tarde, me fijé en el cielo que había frente a mi y descubrí unas nubes, cuyas formas parecían montañas o ciudades, naves espaciales o animales, pero lo que más me sorprendió fueron los colores y matices que había en ellas y en el propio cielo.

Había distintos grados de azul, ligeros grises. Algunos rojos competían con los naranjas y rosas, pero sin llegar a las manos. Los blancos se difuminaban entre todos ellos, convirtiéndose en la transición de unos sobre otros.

Y era esa misma transición, esa mezcla de colores y tonos la que le daba las formas y volúmenes a las nubes, creando irrealidades que el ojo humano ve y que el cerebro interpreta como algo definido, algo real, algo a lo que dar forma para que se reconocible y podamos compararlo con algo que conocemos.

Y los colores del cielo luchaban por no desaparecer ante mi presencia y ojalá tuviera una cámara de fotos para poder captar el momento, pero no era así. Tampoco tenía un caballete, lienzo y pinturas para plasmarlo sobre el blanco de la tela. No me importó lo más mínimo porque ese momento quedó grabado para siempre en mí, mientras el viento hacía que aquellas nubes sobre fondo azul surcaran el cielo.

No detuve mi camino mientras lo contemplaba, con sus luces y sombras cuando incidía el sol en el suelo, dejando rastros mágicos como sombras chinas. Cada paso dado, cada segundo que avanzaba, era descubrir un nuevo matiz en el cielo, un fotograma de algo que jamás volverá a existir, pero que lo he vivido como algo único y, sobre todo, sólo mío.

La vida son pequeños momentos, ya sean de alegría, tristeza, de perdida, de logros, aciertos y errores, desengaños… Tantas emociones como días tenga nuestra vida. Por eso hay momento que son sólo nuestros y nadie podrá vivirlos nunca salvo nosotros mismos.

Cuando el día se fue ocultando, con él desapareció toda esa paleta de colores. No me detuve y, al volver a casa, sentí que algo dentro de mí había cambiado o, al menos, mi manera de ver aquello que me rodeaba, sí.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

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