El mensajero detuvo la furgoneta muy cerca de la casa. Apagó el motor y esperó unos segundos. Comprobó de nuevo la dirección porque no quería equivocarse de casa. Miró a un lado y al otro de la calle… Nadie. Mejor.

Abrió su puerta, se puso los guantes y se colocó la bolsa en el hombro.

Caminaba despacio, con seguridad, como si conociera aquellas calles desde hace muchos años. La gorra con visera y las gafas de sol hacían que fuera imposible reconocer su rostro. Ni alto ni bajo, complexión normal y poco más. Millones de personas podían coincidir con su descripción.

Comprobó la hora en su reloj, uno normal, de los baratos que puede llevar cualquiera.

Una puerta de una de las casas se abrió y una niña, de la mano de una mujer, salió. La que debía ser la madre lo miró y le habló.

— Buenos días.

— Buenos días —contestó—.

Lo dijo con una sonrisa sincera, mientras seguía caminando. Unos metros más adelante se detuvo frente a un jardín enmarcado por una pequeña cerca. Parecía una imagen de revista.

Accedió por el camino que había en el jardín y avanzó tranquilo hacia la entradaprincipal. Unos pocos metros que terminaban en tres escalones y estos en un porche precioso, en el que, a la izquierda, había una mesa con unas sillas y, a la derecha, una zona con sillones con una mesita baja, para descansar y charlar.

Subió las escaleras, avanzó hasta la puerta, que tenía otra delante, tipo mosquitera, y llamó al timbre. Esperó unos segundos y volvió llamar. Fue entonces que escuchó unos zapatos avanzando hacia la puerta. Él asintió con una ligera sonrisa. Todo acabaría rápido.

La puerta se abrió y una mujer de mediana edad, guapa —o eso le pareció—, con un vestido blanco, estampado con flores rosas y calzada con unos zapatos de tacón bajo, ligeramente maquillada, fue quien le recibió.

— Tengo un paquete para usted.

— ¿Sí? No esperaba nada hoy. Vale. Menos mal que ha venido. Iba a marcharme ahora mismo.

Dejó la puerta abierta y abrió la otra, la mosquitera, confiada. Él le acercó el paquete en la mano izquierda, mientras llevaba la derecha a la parte de atrás del cinturón. Ella no se fijó en aquel gesto porque se estaba girando para meterse de nuevo en casa. Por eso, cuando escuchó un sonido metálico, se volvió hacia aquel hombre ligeramente asustada.

Él seguía frente a ella sin moverse. Le miró a los ojos. Bueno, más bien a las gafas, porque no pudo interpretar por qué seguía allí.

— ¿Ocurre algo?

— Sí.

Ella estaba nerviosa.

— ¿El qué?

Levantó la mano derecha hasta llegar a la altura del pecho, se quitó las gafas para que lo viera bien y…

— Tiene que firmar aquí. Es un envío con acuse de recibo. Compruebe que los datos son correctos.

La mujer miró su mano y vio el típico aparato electrónico que llevan todos los mensajeros. Sobre la pantalla había una especie de lápiz para la firma digital. Ella respiró profundamente aliviada. Firmó.

— Muchas gracias, señorita.

— A usted.

Se dio la vuelta y se marchó de nuevo hacia la furgoneta, mientras la mujer quedaba en la puerta, mirando la caja que le habían enviado. Arrancó el motor del vehículo y, tras pasar por delante de la casa donde había dejado el paquete, se fue de allí.

Mientras conducía, tomó su teléfono móvil y marcó un número. Esperó hasta que este dio tres tonos.

La explosión hizo desaparecer la casa y afectó a las contiguas.

La habían encontrado. Sabían que antes o después aparecería.

Nadie escapa de ellos.

Alejandro Guillán

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