Llevaba varios días intentando localizar el ciervo del que le habían hablado. De hecho, varías veces había salido al bosque, pero en ninguna de ellas consiguió nada, solo las manos vacías y la mirada de decepción en el rostro.   

El que lo había visto, y todos los que lo habían hecho coincidían en lo mismo, decía que no era sólo por el tamaño del animal o su envergadura. Los cuernos de aquel ciervo eran perfectos. Jamás habían visto un ejemplar así.

Hoy estaba decidido a encontrarlo y darle caza. Recogió y guardó toda la ropa de camuflaje en la mochila junto con el resto del equipo necesario y salió en busca de él.

Era un experto en dar con cualquier tipo de animal, pero este se le había resistido demasiado tiempo. Así que, esta vez, se lo tomó muchísimo más en serio de lo que lo hacía siempre.

Tardó tres días en localizarlo, tras seguir sus huellas y rastros con detenimiento. Sino fuera porque se trataba de un animal, hasta pensaría que estaba jugando con él. Pero esta vez estaba seguro de haberlo encontrado.

Una vez que estuvo seguro de que había localizado el rastro de su presa, no le fue difícil dar con el lugar en el que solía ir a beber. Nada más hacerlo, se vistió con la ropa de camuflaje, que lo haría invisible a los ojos del ciervo. También se embadurnó parte de su cuerpo con un preparado creado por él mismo, para que no detectara su olor de humano. Finalmente, preparó su equipo para cazar al ciervo.

Buscó un punto con la suficiente distancia para estar más escondido y que el ciervo no sintiera que algo había cambiado. Se tumbó y esperó. Una vez en el suelo, sólo tuvo que hacer unos pequeños ajustes en su equipo, mirar por el visor y aguardar. Nada más que eso.

El tiempo pasaba lento, pero él ya estaba acostumbrado a esperar. Sabía que las prisas hacen que te pongas nervioso, te equivoques y que tu pieza se escape. Así que no tuvo más que dejar que el tiempo pasara sin pensar.

Fueron muchas horas muertas durante las que él ni se inmutó. No pensó en comer ni beber ni nada más. Únicamente estaba allí tumbado, esperando, porque sabía que, si se movía, ahora que ya se había colocado, era más que probable que su presencia fuera advertida por otros animales y estos, a su vez, pudieran poner sobre aviso al ciervo.

En uno de esos momentos en los que él no pensaba en nada y cuando la luz ya iba cayendo suave entre los árboles, lo que hacía que los colores de aquel lugar fueran más hermosos de lo que habitualmente eran, sintió las pisadas de un animal que conocía bien.

Casi dejó de respirar. Fue entonces cuando sintió que el ciervo que había estado buscando y del que le habían hablado, pasaba junto a él. Su intuición era la correcta. El animal iba a aquella pequeña zona, donde había una pequeña corriente de agua, a beber. Él no hizo ruido y dejó que pasaran un par de minutos porque el ciervo levantó la cabeza durante un instante. Sintió que el animal sabía que había algo diferente aquel día.

El hombre volvió a mirar por el visor y pudo contemplar la hermosura de aquel animal, mayor incluso de lo que había escuchado. Iba a ser la pieza más bonita de su colección. Aquellos cuernos eran perfectos, el cuerpo increíble, pero lo más hermoso de todo era el marco que constituían el ciervo y el paisaje que había a su alrededor.

Respiró muy suave, controlando que no se escuchara demasiado. Esperó durante unos segundos para escoger el momento adecuado, ese instante único de conexión entre la persona y el animal. La punta del dedo índice apretó en el momento justo, en el instante perfecto, y disparó.

Todo quedó en silencio. El ciervo huyó al escuchar el sonido de la ráfaga de disparos de la cámara de fotos. Él había tomado la serie de imágenes más increíble de toda su carrera.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

27 Infinitos.

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