Era un día como otro cualquiera. La única diferencia estaba en que, en vez de sentarse tras una mesa, estar frente a una cadena de trabajo en una empresa de automoción o en un mostrador de comida rápida, su rutina era la de entrar en una comisaría, reunirse con los compañeros tras cambiarse de ropa, enfundar su arma y subir al coche patrulla con su pareja de servicio.

El turno estaba siendo tranquilo, sin mayor problema, salvo algunos avisos que terminaron con alguna identificación, multa, algún susto y poco más. Había días así, los menos, y los agentes lo agradecían porque el nivel de estrés era alto y, en ocasiones, costaba desconectar al llegar a casa cuando la jornada había sido dura, sobre todo cuando tenían que lidiar con una pelea, una violación o una muerte. Aquellos fantasmas, si se acumulaban, costaba apartarlos de la cabeza.

Así, el turno de trabajo ya pasaba su ecuador cuando, por la radio del vehículo, la voz de Andrea, la chica que estaba en la centralita, sonó diferente. Malo.

Un hombre armado, en una casa, retenía a una mujer. En cuanto indicó la dirección contestaron, avisando que estaban cerca de esta. Serían los primeros en llegar.

En un primer momento Carlos no fue consciente de la dirección dada. Sólo cuando se acercaban al lugar indicado se dio cuenta de que la zona le era conocida y, tras volver a preguntar a la centralita la dirección exacta, tuvo la certeza y preocupación de que conocía perfectamente la casa donde estaba ocurriendo la denunciado.

Se bajaron nada más parar el coche frente a la puerta de acceso a la casa. Hicieron un pequeño reconocimiento perimetral. Nadie. La puerta de acceso, que estaba junto al portalón para la entrada de vehículos, estaba abierta. Aquello era algo sospechoso.

Ángel miró a su compañero.

— Marcos, esta es la casa de mi cuñado.

— ¿Qué dices?

— Lo que oyes. Déjame llamarlo al móvil.

Marcos asintió. Nada, apagado. Luego llamaron al telefonillo varias veces. Tampoco recibieron respuesta.

 Ángel, avisa a la central. Vamos a entrar.

Lo hizo preocupado. Al acceder a la casa llevaron la mano a la funda, sin sacar el arma de ella.

— Marcos, ve tú a la puerta de la casa. Detrás hay un jardín con piscina. Lo conozco bien.

Entraron despacio. Una pequeña zona verde antes de la entrada principal de la casa. El coche aparcado. Nadie la vista. Al acercarse a la casa se separaron. Ángel bordeó la pared de la casa con calma. A medida que avanzaba pudo ver la zona de la barbacoa donde habían comido Carla y él muchos fines de semana. También una parte de la piscina. Unos pasos más y podría ver la terraza trasera, en la que muchas tardes habían reído, hablado y disfrutado de la compañía de la familia.

Fue en ese momento que escuchó pasos sobre los listones de madera de esta, que iban y venían. También algunos sollozos y voces bajas que no podía entender. Tomó la radio de su hombro.

— Marcos, detectó movimiento en la parte trasera de la casa. Si no has encontrado nada dentro, reúnete conmigo ya.

Unos segundos después de escuchar el recibido de su compañero, ya lo tenía detrás de él. Ángel habló en voz baja.

— No sé qué ocurre. Al menos hay personas. Ve por el otro lado. Cuando estés situado avisa.

Todo controlado. Se conocían mejor que bien y apenas necesitaban palabras para entenderse. Unos gestos conocidos por ellos y, tras avisar por radio, ya estaban situados cada uno en su posición.

— Ahora —indicó Ángel por el aparato—.

Movimientos mecánicos aprendidos en la academia repetidos en cada día de servicio. La mano seguía pegada la funda.

Cuando ambos tuvieron visión de lo que sucedía, a Ángel se le aceleró el corazón. Un hombre, cuchillo en mano, nada más verlos, se colocó detrás de una mujer y el filo de su arma acarició el cuello de esta, sin hacer ningún corte, pero con la amenaza real de que no tendría reparo en rajárselo.

— Roberto, ¿qué haces?

El hombre, que miraba a ambos nervioso, mientras la mujer estaba quieta, sin fijarse en el rostro de ninguno de los agentes, al oír su nombre dirigió la mirada a la voz que lo había pronunciado. Ángel volvió a dirigirse a él.

— Roberto, dime. ¿Qué haces?

— ¿Ángel?

— Sí, soy yo. Tranquilo, todo está bien.

— ¡Está bien los cojones, Ángel? Es mejor que te vayas.

— Sabes que no puedo.

— ¿Por qué?

— Porque soy policía. Mi compañero está avisando por radio. En nada vendrán más policías. Así que, como amigo, te pido que bajes el arma.

— No.

— Está bien. Entonces lo haré como policía. Señor, somos agentes de policía. Suelte el arma, aléjese de la mujer despacio y tírese al suelo boca abajo.

— Ángel, ¿sabes lo que ha hecho?

— No importa nada de eso ahora.

— Se ha estado follando a otro desde hace más de un año.

Ángel miraba a su cuñado, que tenía una tristeza en su mirada como nunca había visto. Luego sus ojos se posaron en los de su hermana, que estaban húmedos y, sobre todo, rotos al intentar justificarse ante él.

Los sonidos de sirenas de otros coches patrulla se oían cada vez más cerca. Ángel no pensó en nada. Volvió a dirigirse a su cuñado.

— Roberto, ¡baja el arma!

— ¿Para qué?

— Tú bájala y hablaremos.

— ¡Una mierda! Te juro que quiero que sufra. ¡Puta!

Aquellas palabras provocaron que Carla, la hermana de Ángel, hiciera un pequeño gesto de susto y que las lágrimas afloraran sin poder pararlas.

— ¿Ahora lloras? Seguro que cuando te follabas al otro no lo hacías ni te importaba lo que yo sufría.

Ángel conocía bien a su cuñado. Aunque pareciera que le iba a rebanar el cuello a su hermana, sabía que no lo haría. La quería demasiado.

— Roberto, mírame.

— ¿Qué quieres?

— Sé que no quieres hacerlo.

— ¿Y tú qué sabes?

— Es mi hermana. Sé que la quieres. Da igual lo que haya hecho, con quién se haya acostado. Si la matas, no volverá a estar.

Se acercó un poco.

— ¿Por qué lo ha hecho, Ángel?

— No lo sé, pero si la matas no lo sabrás nunca. Baja alarma, por favor. En cuanto entren mis compañeros no podré hacer nada para ayudarte.

Roberto separó un poco el filo del cuello de Carla.

— Roberto, por favor. Hazlo por mí. Todo saldrá bien. No lo empeores más. Eres mi cuñado, pero siempre serás mi amigo. No te voy a dejar solo. Piensa en Carolina.

Roberto miró Ángel y recordó cómo se conocieron. Eran vecinos de la misma calle y se habían hecho amigos desde pequeños, jugando al fútbol. Inseparables. Todo el mundo pensaba que eran hermanos.

De adolescentes, Ángel empezó a salir con su hermana, Carolina, que siempre le había gustado y poco después él también lo hizo con la hermana de Ángel, Carla. Se casaron juntos y fueron de viaje de novios juntos. No podían quererse más.

Roberto separó el filo del cuello y dejó que Carla se fuera. Marcos la tomó del brazo y la acercó a otro agente para que la alejaran del sospechoso. Roberto seguía de pie, con el cuchillo en la mano.

— Roberto, baja alarma, por favor.

— La he fastidiado, ¿no?

— Todavía no, todavía no. Tu suelta el cuchillo y hablaremos.

Manos nerviosas, sudorosas. Movimientos intranquilos, ansiedad. Malo.

— Lo siento, Ángel.

— No te preocupes, ya está. Has hecho lo más difícil.

Ángel miró a su compañero. Ambos pensaban lo mismo: cuando alguien se disculpaba de la manera en que lo hacía él, malo. Marcos le hizo un gesto a Ángel y ambos desenfundaron el arma cuando Roberto no los miraba. Marcos le hizo otro gesto y Ángel supo que, si ocurría lo que ellos pensaban, él era quien estaba mejor situado. ¡Menuda putada!

— Roberto, no hagas ninguna tontería.

— Lo siento, Ángel.

— No lo hagas, Roberto.

Roberto era su amigo, su hermano y, de pequeños adolescentes, cuando alguno le hacía algo malo al otro siempre se pedían perdón de corazón. Cuando fueron ya mayores y siempre, cuando uno estaba mal, el otro dejaba lo que fuera para estar a su lado y viceversa.

Ángel Vio el gesto de la muñeca de Roberto, que acompañaba el movimiento del brazo y que dirigía el cuchillo a su propio cuello.

La detonación detuvo el tiempo y dejó todo en silencio.

El cuchillo cayó al suelo, quedando clavado sobre la punta en el suelo de madera de la terraza. No había sangre en él. Ángel enfundo su arma rápido y corrió hacia su amigo, al que la bala que disparó había atravesado su hombro, lo que impidió que se rebanara el cuello y se suicidara delante de él.

Marcos se puso unos guantes y tomó el cuchillo, alejándolo de ellos.

Ángel taponaba la herida del hombro de su amigo, tras ponerse los suyos. Los sanitarios aparecieron casi el momento. Roberto gritaba de dolor. La mano del brazo bueno se asía al de Ángel.

— Lo siento, Ángel.

— No hables más. Te llevarán al hospital. Luego intentaré acercarme a verte.

— Pero….

No le dijo nada más. Los sanitarios se ocuparon del herido y dejó en manos de otros agentes la parte del traslado. Lo siguiente que hicieron Marcos y él fue alejarse un poco de la zona y se sentaron en unas tumbonas, que había junto a la piscina, a esperar.

Un poco más tarde se acercaron unos hombres, que eran los que iban a iniciar la investigación. Le pidieron el arma a Ángel, que se la entregó tras rellenar unos papeles. Luego la guardaron en una bolsa de pruebas precitada. Tras hacerlo, cada uno respondió a las preguntas que les hicieron por separado. Cuando terminaron y pudieron subir al coche patrulla, Ángel llamó por teléfono a su mujer. Después tendrían que ir a comisaría a hacer el informe de lo sucedido.

— Carolina, soy yo.

— Hola, cielo. ¿Qué tal?

— Mal.

— ¿Ocurre algo?

— Sí, tienes que ir al hospital.

— ¿Qué pasa?

— Roberto ha intentado matar a Carla.

— ¿Qué?

— No lo ha hecho, pero ha intentado suicidarse. Marcos y yo estábamos en la zona y fuimos los primeros en llegar. No tuve más remedio que dispararle en el hombro, para que no se rebanara el cuello. Ahora tengo que ir a comisaría. Luego iré al hospital. Te mando la dirección. No sé si te dejarán pasar. Lo siento.

— Hablamos cuando llegues.

Colgó. Ángel le mandó la dirección del hospital al que lo iban a enviar.

— Lo siento, Ángel.

— Yo también lo siento, Marcos, yo también. Vamos a comisaría. A ver si no tardamos en hacer el informe. Quiero ir al hospital.

— No te van a dejar pasar.

— Lo sé, pero quiero estar con mi mujer.

— Pues venga. No demoremos más.

Un par de horas más tarde Ángel entraba en el hospital y pedía información para saber dónde estaba Roberto. En la sala estaban Carolina y Carla. Ángel, al ver a su hermana allí, supo que ella no le había dicho nada a Carolina.

— ¿Qué cojones haces aquí, Carla?

Carolina jamás había escuchado hablarle así a su hermana.

— Ángel, yo…

— Lárgate de aquí ahora mismo. Ya has hecho suficiente.

— ¿Qué pasa, Ángel? —Preguntó Carolina—.

— ¿No se lo has dicho, hermanita?

— No es tan sencillo, Ángel.

— ¿No? Es tan sencillo como decirle a Carolina que la razón por la que Roberto te quiso rajar el cuello es porque te estabas acostando con otro. Mal por Roberto por lo que ha hecho, pero él no se merece que lo hayas traicionado. Así que, por favor, ahora te pido que te vayas porque, por si no te has dado cuenta, tú eres la que casi muere. Habrá una investigación en la que tu marido será acusado de intento de homicidio o asesinato y tú eres la víctima.

Carla miró a su hermano y luego a su cuñada, cuyos ojos acuosos expresaban el mismo desprecio que notó en su hermano cuando Roberto le tenía inmovilizada con el cuchillo en el cuello.

— Carolina…

— Vete, Carla. Ahora no puedo ni mirarte —respondió Carolina—.

Carla se fue vencida. Ángel miró a su mujer, que rodeó su cuerpo con sus brazos. Apoyó su cara contra su pecho.

— Cuéntame qué pasó.

Se lo contó así, de pie, abrazados, como si lo hiciera a otra persona, narrando una historia. Pero también le dijo lo que había sentido al ver a Roberto hundido, el miedo que tuvo de que su amigo cumpliera la amenaza, la decepción de la traición de Carla, la frialdad del disparo y el miedo ante la posibilidad de fallar el tiro. Ella lo acariciaba.

Cuando terminó, Carolina lo miró a los ojos.

— Gracias, Ángel. Y, ¿ahora?

— Habrá que ser fuerte y darle todo nuestro apoyo. Es tu hermano y es mi amigo. No va a estar solo.

En ese momento salió el cirujano de la zona de salas de operaciones del hospital. Todo había salido bien. Estaba fuera de peligro. Ahora venía lo peor.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

27 Infinitos

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