Claudio era un buen chaval. Alto, enjuto y de mirada sincera. Su físico no tenía nada que ver con comer poco o mal. Lo que a él le ocurría era que los nervios lo comían por dentro y lo que más le jodía era que no podía evitarlo ni controlarlos.

Nadie sabía el porqué de que le pasara aquello, pero él sí. Desde pequeño lo presionaron para que estudiara, sacará buenas notas, supiera comportarse, se esforzara, obedeciera en casa… Además de tenerlo completamente controlado y casi sometido hasta que fue mayor de edad.

Con el “ya eres un hombre”, a los dieciocho años, lo soltaron a un mundo en el que no sabía manejarse y ocurrió lo mismo que en la escuela y el instituto: que no tenía recursos con los que defenderse de un ataque, ahora diferentes; confiaba en la gente demasiado, con lo que se aprovechaban de él. Intentar interactuar con otras personas era complicado y con mujeres casi imposible porque no entendía los códigos.

Era inteligente. Sabía hablar a la hora de explicar y comentar aspectos teóricos sobre muchos temas. Le apasionada leer y escribir relatos breves y cuentos, que los pocos que los habían leído consideraban muy buenos, pero el contacto con la mayoría de seres humanos lo bloqueaba, le hacía entrar en una especie de espiral nerviosa que le afectaba en su vida diaria, lo que a ojos de los demás le hacía verle como extraño, introvertido y algo raro.

El problema es que nadie se paraba de verdad con él para conocerle a fondo. Sólo se quedaban con la fachada y no eran capaces de comprender el sufrimiento que llevaba por dentro, sobre todo porque no era de los que buscaba dar explicaciones a cualquiera que se acercara a él.

Tampoco le ayudaba esa especie de vergüenza que lo acompañaba junto con la mirada esquiva, consecuencia de los muchos palos recibidos.

Al menos, en la carrera de filología hispánica podía centrarse en estudiar, leer, preparar los trabajos, bucear en la biblioteca, hacer los exámenes y todo ello sin necesidad de relacionarse con nadie. Incluso era allí donde aquellos nervios casi desaparecían.

Por cierto, decir que todo lo que padeció desde pequeño le hizo desarrollar ciertas manías relacionadas con el orden: posición del material de clase, algún tic que otro… No es que fueran graves, pero sí evidentes, lo que le apartaba un poco más de cualquier entorno o de unas relaciones que se consideraran “normales”.

Aun así, no quiso echar la culpa a sus padres… o no lo había pensado lo suficiente. Lo que no dejaba de angustiarle era que no había sabido pararlos, imponerse como persona. Si lo hubiera hecho, seguramente hoy su vida sería diferente. Pero él creía que no era justo lamentarse ahora que estaba acabando la carrera.

Tenía un trabajo en una editorial revisando y corrigiendo textos y, lo que más le gustaba, vivía sólo en una casa que había comprado al poco de empezar a trabajar y que pagaba con su salario y lo que había ahorrado con las becas. Necesitaba su espacio.

Entre las clases, el trabajo, los plazos con los manuscritos y estudiar dormía poco, pero no le costaba hacerlo porque, con todos sus defectos, miedos, tropiezos, y excepciones, era su vida.

Fue como en las películas, pero al revés. En este caso, él llevaba varios libros en las manos, para devolverlos a la biblioteca de la facultad. Se había levantado de la mesa en la que tenía todo su material de estudio y se acercaba al mostrador de la bibliotecaria. En ese preciso instante, una chica despistada tropezó con él, haciendo que los libros se precipitaran al suelo junto con su propio cuerpo. Aquello, además del estropicio de la caída, provocó dos cosas: por un lado, que todo el centro de atención se dirigiera hacia él, provocándole una sensación de ridículo, bochorno y sonrojo imposibles de ocultar. Por otro lado, la mirada avergonzada de quien había provocado aquella escena.

Se levantó rápido, recogió los libros, los dejó sobre el mostrador sin decir nada. No escuchaba lo que ella le decía. Fue a su mesa, ante la mirada atenta de los que estaban allí, recogió todo, lo guardó y se fue sin ver que dejaba a la mujer con la palabra en la boca. Fue hasta el aparcamiento de la facultad, se subió al coche y, al llegar a casa y sentarse en el sofá, pudo respirar profundamente y conseguir expulsar la ansiedad provocada por lo sucedido.

Al día siguiente, de nuevo en la biblioteca y concentrado, tomaba notas de un libro y las pasaba a limpio directamente al ordenador. En ello estaba cuando escuchó una voz que se dirigía a él y sabía que era así porque quien le hablaba se había sentado a su lado. La miró sin saber qué hacer.

 Perdona, ¿qué has dicho?

— Que si estás bien.

— Sí, ¿por qué?

— Por lo de ayer. Te tiré al suelo sin querer. Iba despistada. Te diste un buen golpe y bueno… te he visto aquí, porque ayer que largaste pitando, y no puede disculparme como quería.

Claudio la miró sin decir nada durante unos nos segundos.

— Estoy bien. No me he roto nada y los libros están a salvo en las estanterías. Gracias por tu preocupación.

La cara de ella era de sorpresa, pero se recuperó rápido.

— Disculpa, ¿siempre eres tan borde cuando alguien te pido perdón?

Aquella pregunta le cambió el gesto y los nervios volvieron.

— ¿Lo parezco?

— Sí.

— Pues entonces, perdóname tú a mí. No soy muy bueno interactuando con otras personas. De verdad, estoy bien.

— Mejor. Por cierto, por si no lo sabes, estamos en las mismas clases.

— No lo sabía.

— Una pregunta. Ayer mojé los apuntes de Pragmática y Discurso y he tenido que tirarlos. Por casualidad no los tendrás tú, ¿no?

— Sí, los tengo. Si me das tu correo electrónico te los envío.

— Si no te importa….

— No, no me importa.

Le dio su correo electrónico y Claudio lo anotó en un papel.

— Te lo envío ahora mismo.

Tecleó en el portátil durante unos segundos y la volvió a mirar.

— Imagino que te habrá llegado ya.

Ella lo comprobó y sonrió.

— Sí, me ha llegado. Gracias. Mañana nos vemos. Por cierto, soy Sabela.

— Yo, Claudio.

Ella le tendió la mano y él, con cierto miedo y más nervios, se la estrechó.

— Encantada. Lo dicho, hasta mañana.

Cada uno volvió lo suyo: él a estudiar y ella a su casa, con la tranquilidad de haberse disculpado y la de no haber perdido los apuntes de la asignatura.

Al día siguiente, cuando Claudio estaba en clase, vio como ella entraba con sus amigas. Esta le vio, le sonrió y se paró a su altura.

— Hola, Claudio.

— Hola, Sabela.

— ¿Luego vas a la biblioteca?

— Sí, ¿por?

— Necesito hablar contigo de un tema. Es por los apuntes.

— ¿No pudiste abrirlos?

— Claro que puede. Es otra cosa. Luego te veo.

Y lo dejó con la palabra en la boca para sentarse, justo cuando el profesor empezaba la clase.

Cuando se sentó en la mesa de la biblioteca notó cierta ansiedad por la espera. Esta no fue mucho, apenas diez minutos. Sabela se sentaba en la silla que tenía su lado, hablando en voz baja.

— Hola, Claudio.

— Hola, Sabela. Tú dirás. ¿Algún problema con los apuntes?

— Todo lo contrario. Me has mandado todos los que hemos dado hasta ahora. No me enteraba de nada, pero con tus apuntes he visto la luz y no sólo no tengo dudas, sino que comprendo los conceptos, los he memorizado y no los olvido. Eres muy bueno en esto.

— Si tú lo dices. Siempre lo he hecho así desde pequeño. Igual por eso tengo buenas notas.

— ¿Cuál es tu media?

— Matrícula. Siempre he estudiado con becas.

— ¿En serio? ¡Qué bien! Bueno, no te quiero molestar mucho, pero… ¿podría pedirte algo más? Claudio la miró serio.

— Verás, seguro que pensarás que soy una aprovechada, pero lo de esta asignatura me pasa con alguna otra y he pensado que, a lo mejor….

— Sí, eres una aprovechada.

Sabela se puso seria.

— Vaya, no tienes pelos en la lengua.

— Perdona, son los nervios. ¿Qué necesitas? No me hagas mucho caso. Soy bastante vergonzoso, aunque no lo parezca. Creo que eres la primera persona con la que converso en la carrera.

— Estamos en el último curso, Claudio.

— Lo sé. Bueno, tú dirás.

— No tengo aquí la lista. ¿Podíamos quedar fuera de la facultad? La he dejado en casa. Seguro que me quedó en la habitación y como me puse a charlar con mi madre, me despisté y la olvidé. ¿Qué te parece si vamos a un local de Rosalía de Castro que conozco?

— Me gustaría, pero luego tengo trabajo y hasta última hora de la tarde-noche no voy a poder, salvo que quieras venir a casa a cenar.

— ¿Y tus padres?

— Vivo sólo. No hay problema.

— ¿Me estás invitando a cenar a tu casa? Vaya con el tímido.

Ahí fue consciente de la invitación que había hecho.

— Bueno, no pienses raro. Es que tengo poco tiempo. No…, no me gustaría que creyeras que yo… Vale, vale… Igual es mejor quedar en una cafetería….

Sabela dejó caer su mano sobre la de Claudio de manera natural.

— Estás temblando. ¿En serio no estás acostumbrado a estar con gente?

— Pánico. Es superior a mí.

— Está bien. Iré a cenar a tu casa. Vamos a hacer esto. Es una cena de estudios entre amigos, nada de velada romántica o parecido.

— Mejor. Estaré más tranquilo así. ¿Te parece bien a las ocho y media?

— Perfecto. Llevo el postre.

— Seguro que estará rico.

— Pues hasta luego.

— Hasta luego, Sabela. Te mando la dirección a tu correo.

— ¡Es verdad! No, mándamelo al móvil. Espera.

Se lo anotó en una hoja de su cuaderno y se la dio.

En cuanto se marchó, volvió a centrarse en los libros y a teclear en el portátil. Por primera vez en su vida sentía que podía tener una conversación de verdad con alguien. Sabela, creía, podía convertirse en una buena amiga o algo parecido a ello. Le mandó el mensaje al móvil con la dirección y la hora.

Su casa le gustaba mucho. En cuanto entró en ella, cuando buscaba donde vivir, supo que era allí su espacio. Había respondido a un anuncio por el que alquilaban una casa con vistas al mar. La terraza daba hacia la puesta de sol. La terraza tenía el tamaño suficiente para comer en ella cuando el tiempo acompañara. Cuando supo que también estaba a la venta no se lo pensó. Tenía dinero ahorrado de las becas recibidas durante años, trabajo y, gracias a Dios, un amigo que lo avaló. No acudió a sus padres porque nada le unía a ellos salvo los apellidos.

Aquella tarde hacía calor. Estaba sentado en la terraza, con un manuscrito entre las manos. Concentrado en la lectura y una cerveza en la mesa, en la que estaba apoyado el portátil.

Le gustaba la sensación de leer y notar al mismo tiempo el calor del sol. Las horas podían pasar sin que él se diera cuenta y eso último es lo que pasó.

Leía unas páginas cuando el timbre de la entrada lo sobresaltó. Se levantó y fue a comprobar quién era. Al mirar la imagen en la pantalla de la mirilla electrónica, cayó en la cuenta de que era la hora a la que había quedado con Sabela, que era quien llamada. Apretó el botón de apertura del acceso exterior y dejó la puerta abierta de casa. Mientras la esperaba en la entrada vio su cara de sorpresa.

— ¿Vives aquí?

— Ya ves.

Llegó a su altura y le dio dos besos, que el correspondió con poca naturalidad. No estaba acostumbrado a ese tipo de gestos. La dejó pasar. El espacio, luminoso, pero decorado de manera minimalista, era agradable y acogedor.

— ¡Qué pasada! Me encanta.

— Gracias. A mí también.

— Te saldrá caro el alquiler.

— La he comprado.

— ¿En serio?

— Sí.

— ¿Eres rico?

— No, ahorrador. Perdona si no tengo nada hecho, estaba sumergido en la lectura de un manuscrito y el tiempo dejó de tener sentido.

— Que literario. ¿Es tuyo el libro?

— No. Ve a la terraza y llevo unas cervezas.

— Perfecto.

Sabela salió a la terraza y miró el manuscrito.

— ¿Es de un amigo?

— No, de hecho, no conozco al autor. Me lo ha enviado la editorial junto a otros manuscritos, para que los lea y corrija.

— ¿Trabajas para una editorial?

— Sí.

— ¿Cuál?

— No puedo decírtelo.

— Confidencial.

— Más o menos.

— ¿Puedo leerlo?

— Puedes echarle un vistazo.

— No se lo diré a nadie.

Claudio sonrió. Aprovechó para preparar algo de picar: un poco de queso, jamón, aceitunas, algunos encurtidos… Vamos, una tabla para disfrutar mientras bebía.

Al mismo tiempo que la preparaba, de vez en cuando miraba a Sabela, que estaba con las piernas cruzadas en el asiento, descalza, concentrada en la lectura. También observó cómo se bebía su cerveza.

Puso algo de música en el equipo conectado al ordenador de sobremesa. Era tranquila, muy chill-out, y sonaba a mar. Sabela no se inmutó porque estaba ensimismada en la lectura.

Se fijó un poco más en ella. Llevaba un vestido de verano blanco, con una decoración de ramas de almendro en flor, que hacía destacar su piel morena y pelo oscuro. No era alta, pero tampoco baja. Era guapa o, al menos, eso le parecía a él. Tampoco quiso pensar en ello.

Dejó la tabla que había preparado sobre la mesa y comprobó que se había terminado su cerveza. Ella seguía leyendo.

— Me la llevo.

Sabela salió de su ensimismamiento y quedó cortada al comprobar que se había tomado toda la cerveza de Claudio.

— Oh, perdona.

— No te preocupes. Hay más.

Volvió con dos cervezas y las abrió en la mesa. Le pasó una a ella.

— Me siento un poco tonta.

— ¿Por?

— Me he bebido tu cerveza.

— ¿Estás cómoda?

— La verdad es que sí.

— Pues ya está. ¿Qué tal el libro?

— Pues me ha enganchado.

— Lo he notado cuando te has sentado, descalza y has comenzado a leer.

— Con esta terraza, la cerveza y el manuscrito…, me he sentido en casa. ¿Quién no? Por cierto, no es normal que una editorial contrate a un corrector ortotipográfico y de estilo con tu perfil, ¿no?

— La verdad es que no. Me presenté a una entrevista de trabajo y creo que les convencí. Era mi primer año de carrera, pero llevo toda la etapa escolar devorando libros y soy un maniático de la gramática, la literatura, la lengua… Me resulta fácil hacer este trabajo y me gusta. Tengo un método que me funciona bien y en la editorial están contentos conmigo.

— Bueno, el espacio también ayuda.

— También, pero son muchas horas las que le dedico, además de a la carrera, aunque este año sea el último.

— ¿Qué vas hacer cuando acabes?

— No lo he pensado, ni quiero. Me gusta centrarme en algo y luego, al terminar, en otro proyecto vital. ¿Y tú?

— Me gusta la carrera, pero cuando acabe quiero viajar por Europa un poco, para desconectar. Luego ya veré.

— No está mal la idea.

A medida que hablaban el sol iba cayendo. Se tomaron varias cervezas más, además de otra tabla de comida. La verdad, Claudio estaba relajado, conociendo mejor a Sabela y viceversa.

— Bueno, me dijiste que necesitabas otros apuntes.

— ¿Cómo?

— Los apuntes que me ibas a pedir.

— Ah, es verdad. Espera.

Buscó en el bolso y extrajo de su interior un papel. Lo miró antes de dárselo, ligeramente titubeante.

— Me siento un poco mal por pedírtelos. Ahora creo que me estoy aprovechando de verdad y no me gusta.

— Ya te dije que no me sentía obligado. Dame el papel.

Le tendió la mano y ella el papel. Se levantó y fue al ordenador. Eran los apuntes de algunos temas de tres o cuatro asignaturas. Decidió imprimir los apuntes completos de las asignaturas y enviárselos a su correo también.

Volvió a la mesa.

— Ya está. Todo listo.

— ¿En serio?

— Sí, todo. Se está imprimiendo y también te lo he mandado a tu correo. Así, si tienes alguna duda, la puedes volver a imprimir.

Lo comprobó en el móvil.

— Oye, te pedí unos temas, no todo el curso. No tenías por qué hacerlo. Eres muy amable. Me va a venir muy bien. Espera, ¿también de las demás asignaturas?

— Bastabas con pulsar una tecla y ya está.

— Me siento mal. No quiero que creas que estoy por interés aquí.

— Lo sé. Estás por la puesta de sol y la compañía.

Sabela se rió a carcajadas, con sinceridad, entrecerrando los ojos y con brillo en la mirada.

— Aquí no pareces tan tímido ni a punto de entrar en pánico.

— Es mi espacio personal y me siento seguro. Aun así, cada vez más, fuera lo llevo un poco mejor. ¿Quieres mirar algo bonito?

— Claro.

— Gira la cabeza.

En ese momento, la luz del sol entraba de lleno en la terraza y el interior de la casa. Todo era luz y calor, silencio, tranquilidad y un momento inolvidable.

— Por esto la compré. Cada euro que pago con esfuerzo lo vale.

— Te envidio.

— No lo hagas. Yo también te envidio. Alguna vez te he visto con tus amigas y cómo interactúas con ellas y otros compañeros. Soy incapaz de hacer nada de eso, por ahora.

— Sólo necesitas tiempo y entender ciertos códigos del ser humano.

— No me gusta verlo como una especie de investigación empírica. Las casualidades son importantes. Ya ves, si no hubieras tropezado conmigo en la biblioteca, jamás hubiéramos hablado ni estaríamos aquí, en mi casa, en la terraza, mirando la puesta de sol.

— No hablas de tus padres. ¿No te gusta hablar de ellos?

Claudio cerró los ojos un momento y miró al horizonte, pensando en cómo expresar la respuesta

— A mis padres no es que no los quiera. Supongo que no entendieron lo que era tratar a un niño y lo que hicieron es lo que habían aprendido y su propia manera de educar.

» Desde pequeño controlaron todo lo que hacía. Me forzaron a aprender a caminar, hablar, aprender a leer, estudiar. No salía de casa salvo para ir al colegio y el fin de semana a dar un paseo con ellos los domingos. No he tenido amigos. Cada día, después de clase, me pasaba las tardes estudiando y luego ayudando a mis padres en casa. Nunca me pegaron, pero fueron duros en la disciplina y los regalos que tuve parecían un premio a respuestas positivas.

» Lo único bueno de esa disciplina es que creó una rutina de trabajo en mí y una concentración que me sigue ayudando hoy día. Mi mundo afectivo se concentra en los libros, devorándolos desde pequeño, y en textos que escribo y guardó casi desde que aprendí a manejarme con un lápiz. Por eso, en cuanto pude, me fui de casa. Busqué y encontré mi espacio y, tras mucho esfuerzo, poco a poco me voy abriendo a todo lo que temo, personas incluidas.

» Si me preguntas por el trabajo, un conocido de mis padres, que trabaja en la misma editorial, me comentó un día que nos encontramos por la calle, que buscaban a una persona con mi perfil. Me conocía desde pequeño y mis capacidades. Le habló de mí a quien llevaba el tema y este me llamó para una entrevista para quedar bien con él, pero cuando terminó ya tenía el puesto. No te miento si te digo que me gusta lo que hago. Imagínate: me pagan por leer, corregir y mejorar un manuscrito y la remuneración es muy buena, al menos eso es lo que creo. ¿Y tú?

— Pues, después de escucharte, creo que mi vida ha sido un cuento de hadas. Mucho amor, cariño y me han dejado que yo misma escogiera lo que quería estudiar. Supongo que nunca me he planteado que otras personas no tengan la libertad que yo he tenido. Soy abierta, cercana, confiada, pero también sé lo que quiero estudiar y creo que tengo claro quiénes son mis amigos.

— Somos muy diferentes.

— Creo que por eso te entiendo y me parece que tú a mí también. Necesitas arrancar en una parte de tu vida y yo frenar un poco.

El sol seguía cayendo, el calor bajó un poco su temperatura. Un par de cervezas más se abrieron en la mesa.

— Me está gustando esta tarde, Claudio.

— A mí, también.

— Por cierto, la música está muy bien.

— Creo que es la más adecuada para esta tarde.

— Si fuera por mí, vendría a estudiar aquí para los finales cada día.

— Si quieres, puedes venir cuando quieras.

— Ah, pues no se diga más. Después de clase me vengo.

— Estaré en casa.

Sabela lo miró ligeramente sorprendida hasta que se dio cuenta de que lo decía en serio.

— ¿Lo dices en serio? Estás de broma, ¿no?

— No. Cuando estoy en casa, por las tardes, estudio unas horas y luego me dedico a leer los manuscritos que me envían. Vamos que, si quieres estar aquí, será como si estuvieras sola.

Sabela lo miró y supo que no se había equivocado al pensar aquello.

— Apenas me conoces, Claudio.

— Creo que puedo confiar en ti. Voy a dar un paso. Hacemos esto: tú piénsalo. Si quieres venir a estudiar aquí para los finales y te ayuda, ven. Te abro las puertas de mi casa. No tienes que decir nada. Ven cuando quieras.

» Ahora miremos la puesta de sol.

Y fue lo que hicieron. En silencio, disfrutando del calor y la brisa cálida, el sol se fue ocultando detrás de los montes. La primera estrella comenzaba a titilar del otro lado del cielo, mientras este, entre amarillo y rojo, era un pequeño sueño de colores.

Después de aquella tarde, en clase se saludaban. Sabela apareció en su casa un par de veces la primera semana, temprano, y luego se iba antes de que pasara el último autobús que llegaba allí. A la semana siguiente fue a diario. Era como si hubiese probado a ver si era verdad la proposición de Claudio.

La rutina era sencilla. Ambos se sentaban frente a frente para no despegar la cara de los apuntes. Sabela no tenía que pedir permiso para ir al baño, beber o comer algo de la nevera. Cada par de horas se tomaban un descanso, desconectaban un poco, hablaban de algo y seguían. Al final de la tarde, mientras ella seguía con los apuntes, Claudio dejaba los suyos y tomaba uno de los manuscritos que le habían mandado, un rotulador rojo y devoraba, escrutaba, escaneaba cada página con la mirada y realizaba su labor para la editorial. Había días en los que ella se iba y él se enteraba cuando la tenía su lado y se agachaba para darle un beso en la mejilla de despedida.

Unos días antes de los finales, Claudio le comentó a Sabela que no estaría en casa durante unos días.

— Tengo que ir a Madrid, a la central de la editorial. Temas de trabajo.

— Ah, vale. Nos vemos a la vuelta.

Claudio le dio unas llaves.

— ¿Y esto?

— Son las llaves de mi casa, por si quieres venir a estudiar y, si no te importa, me quedo más tranquilo si hay alguien aquí.

— ¿No te importa?

— Como si fuera la tuya.

Al día siguiente, ya que no había clase como tal, sino tutorías con los profesores para quien tuviera dudas, se fue directamente a casa de Claudio. Todo estaba ordenado y encontró un papel en la isla de la cocina con la contraseña del WI-FI y una nota: “Quédate todo el tiempo que quieras. La nevera está llena. Volveré en tres o cuatro días”. Y era cierto que estaba llena.

Llamó a un taxi para volver a casa de sus padres. Preparó una pequeña maleta, dijo a sus padres que iba a casa de una amiga para preparar los exámenes finales y volvió a casa de Claudio. Se conectó al WI-Fi con la contraseña que le había dejado. Además de la maleta, también llevo su portátil, libros, los apuntes actualizados hasta el último día que tuvieron clase, etc. Cuando lo tuvo todo colocado, llevó algunos temas, libros y el ordenador a la terraza. Luego fue a la cocina, tomó una cerveza de la nevera, se sentó con ella frente a los apuntes, miró el mar y se puso a estudiar. No paró hasta la hora de comer. Se hizo algo rápido en la cocina y, tras tomárselo, siguió con la lectura y más estudio. A última hora de la tarde estaba exhausta y con la cabeza embotada. Se duchó, se cambió de ropa, tomó una botella de agua de la nevera y esperó hasta que se puso el sol.

Tras hacerse una cena ligera, escogió un libro de los muchos que tenía Claudio en la estantería. Volvió a terraza y colocó una pequeña lámpara sobre la mesa, que encendió cuando el nivel de luz natural le impedía ver bien las palabras de las páginas.

Al notar que el sueño asomaba en su interior, decidió dormir en el sofá. Hacerlo en la habitación de Claudio era demasiada confianza, violar su intimidad.

Los días pasaron en un suspiro. El último día limpió la casa de arriba abajo. Tampoco es que estuviera sucia porque a Claudio también le gustaba el orden y que todo se viera arreglado o como decía su madre, curioso. Al terminar siguió estudiando y, para cuando quiso darse cuenta, estaba dormida, agotada en el sofá.

Claudio entró sin hacer ruido al ver la luz del salón encendida. Ya era de madrugada. Dejó la maleta en la entrada, fue hasta la habitación, tomo una manta ligera y tapó a Sabela. Después recogió el ordenador, los libros y sus apuntes de la terraza, para que no les afectara la humedad. Finalmente, se fue a su habitación y se durmió.

Cuando se despertó aún era temprano y la luz del día ya iba iluminando el interior de la casa. Sabela seguía dormida. Puso la cafetera eléctrica a funcionar con el café de mezcla de varios granos que compraba en un local y que le molían al momento. Pasó un buen rato preparando el desayuno: tostadas, mermelada, zumo, cereales, leche, café y algo de picar. Ella seguía en los brazos de Morfeo. Llevó todo a la terraza y luego se sentó frente al sofá en una silla.

La llamó por su nombre, pero no despertaba. Como no respondía de ese modo, acercó su mano al hombro de Sabela y la movió ligeramente. Ahí pareció volver a la vida porque inició una serie de movimientos y estiramientos a cámara lenta, con los ojos cerrados, mientras hablaba a alguien en voz alta que no era él.

— Déjame dormir, mamá. He estado estudiando toda la noche.

Claudio sonrió.

— Toda la noche, no creo.

Al escuchar la voz de Claudio, Sabela abrió los ojos como platos. Parecía querer ubicarse y, tras comprobar quién era la persona que le hablaba, se irguió rápido hasta quedar sentada. Llevaba puesto una camiseta y un pantalón corto de pijama.

— ¿Has llegado ahora?

— No. Esta madrugada. Estabas tumbada en el sofá y te tapé con una manta.

— La idea era que, cuando llegarás, no estuviera.

— Pues el plan ha fallado.

— Estaba agotada. Llevo estos días estudiando desde la mañana hasta la madrugada.

Claudio miró la maleta de ella.

— ¿Has dormido aquí?

— Espero que no te haya importado.

— Para nada, pero podías haber dormido en la cama.

— No he querido. Esto tu espacio íntimo. Además, el sofá es muy cómodo y dormir mientras escuchas el mar y notas la brisa no está nada mal.

— Bueno, pues ahora que estás despierta, vamos a desayunar con calma. Te relajas y, si quieres, después estudiamos más.

— Vale, pero sin prisas. Hoy necesito un poco de tiempo de recuperación.

— A tu ritmo.

Charlaron animadamente mientras comían y bebían. Él le contó lo que había ido a hacer a Madrid; con quién había hablado; que estaban contentos con su trabajo, mucho, y que querían contar con él para nuevas responsabilidades, lo que le iba a obligar a tener que ir a Madrid varias veces al mes.

— ¿Estás contento?

— Sí, la verdad. Más responsabilidad, más lecturas, más trabajo, más viajes, mejor sueldo… Estaré ocupado cuando termine los exámenes.

Ella le contó su rutina de estudio y lo que había hecho en la casa. También lo a gusto que estaba allí, cómo se le había pasado de rápido tiempo.

— Tus apuntes me han hecho memorizar y comprenderlo todo mucho mejor.

Se rieron durante el desayuno varias veces.

— ¿Ya sabes dónde vas a ir de viaje?

— ¿Cómo?

— Lo que me contaste de viajar cuando acabes los exámenes y apruebes todo.

— Ah, pues todavía no lo he pensado.

— No lo dejes sin hacer. Ya verás lo bien que lo pasas y lo que descubres de ti misma.

— ¿Lo dices por experiencia?

— Pues sí. He viajado a unos cuantos países de Europa y más allá. Me cuesta relacionarme, pero no viajar o conocer otras culturas.

Siguieron hablando un rato. Claudio recogió todo y dejó la mesa libre.

— ¿Estudiamos un poco, Sabela?

— No me apetece, pero en unos días comienzan los exámenes. ¡Qué pereza ir a casa luego!

— Si es por eso, quédate hasta que los hayamos terminado. Subimos juntos a la facultad en mi coche y, así, sólo tenemos que concentrarnos en estudiar.

— Le he dicho a mis padres que estoy en casa de una amiga.

Claudio se rió.

— Bueno, yo no te voy a traicionar. Te llevo la maleta a la otra habitación. Llámalos. Voy a buscar mis apuntes.

Y ocurrió que, en aquellos días, casi dos semanas, aquella casa se llenó de horas de estudio, desde temprano hasta la madrugada; descansos en los que charlaban sobre ellos y se conocían más; comidas y puesta de sol; libros y manuscritos; pequeños paseos junto al mar para desconectar. Cuando quedaban un par de días para el último examen, durante la puesta de sol, Claudio quiso decirle algo a Sabela.

— Me gustaría comentarte algo.

— Tú dirás, Claudio.

— Desde que estás aquí, me he dado cuenta de que me siento mejor conmigo mismo y me has ayudado a tener más autoestima y seguridad. Hay muy poca gente en mi vida, y menos en mi intimidad. Quiero que sepas que no esperaba conocer a alguien como tú y que siento que tu amistad es importante para mí. Eso es lo que quería decirte: que te considero mi amiga.

Sabela lo escuchó en silencio y, cuando terminó, dejó pasar unos segundos.

— Siempre he estado rodeada de personas, amistades, conocidos… Gente que viene y va, pero es la primera vez que me aíslo de todo ese murmullo y no me siento agobiada. Necesitaba esto y agradezco lo que has hecho por mí.

Tomó la mano de Claudio con la suya.

— Para mí también eres un amigo y me alegra haberte descubierto. Estoy tan acostumbrada a tener personas a mi alrededor que están vacías por dentro, que ahora tengo un poco de miedo de salir de aquí y volver a ser la que era.

— Los dos hemos cambiado y para mejor, creo, y, si todo va bien, con la carrera terminada.

La puesta de sol seguía su curva.

Aprobaron con las mejores notas de la clase. Claudio fue el mejor de la promoción. Sabela le convenció para quedar ese sábado y salir de noche. Sus amigas le habían llamado para quedar con otros compañeros y le hacía ilusión que él se uniera a todos para celebrar el final de la carrera.

Aquella era una prueba de fuego. Le dijo que sí. Al caer la noche llegó al local a la hora en la que habían quedado y la encontró rápido entre la gente. Ella, al verle, se acercó, le abrazó y le dio dos besos. Le costó acostumbrarse y aguantar los nervios, pero lo pasó bien. Se sintió integrado y no pensó más que en estar a gusto. Avanzada la noche, notó que algo le decía que lo mejor era irse a casa. Sabela se acercó a él.

— Vamos a ir a otro local.

— Yo me voy a casa, Sabela.

— ¿Por qué?

— Porque es el mejor momento y noto, mi cuerpo lo nota, que debo hacerlo.

— ¿Seguro que te tienes que ir?

Sabela levantó la mirada y, durante unos segundos, sólo estuvieron ellos. Sólo tenían que dar un paso, cualquiera de los dos, y aquella noche sería inolvidable y el inicio de algo más. Claudio lo dio. Se acercó a ella, bajo su cara a la altura de su rostro, besó su mejilla y la abrazo.

— Gracias por esta noche, Sabela. Me voy a casa. Mañana, si quieres, ven a la tarde y tomamos un café.

Sabela acarició su cara.

— Vale. Además, tengo que ir a buscar la maleta.

— También.

Ella le vio marchar hasta que una de sus amigas la agarró del brazo, la miró, le sonrió y se fueron juntas con el resto del grupo.

Al día siguiente, la tarde caía cuando llamaron al timbre de la casa de Claudio. Abrió al ver a Sabela. Encendió la cafetera eléctrica y llevó una bandeja de dulces y salados a la terraza.

En cuanto la vio entrar notó que algo le pasaba, pero no dijo nada. Ella se acercó a él, le dio dos besos, pero eran como los de siempre. Cuando se sentaron con el café servido en la casa, Claudio rompió el silencio.

— ¿Está todo bien, Sabela?

— ¿Qué pasó ayer, Claudio?

— Nada, ¿por qué?

Ella levantó la mirada.

— ¿Nada? Ah, vale.

— ¿Por qué estás enfadada?

— Claudio, ¿te gusto?

— Sí.

— ¿Entonces porque te fuiste?

— Porque, de no haberlo hecho, habríamos cometido un error.

— ¿Cuál?

— Tú, renunciar a tus proyectos y tu viaje.

— ¿Y cuál sería tu error?

— Aferrarme a ti y pedirte que te quedes a mi lado.

— ¿Y si es lo que quiero…?

— Todavía no sabes lo que quieres.

— ¿Y tú?

— Yo, sí. Y lo sé porque he hecho lo que he querido hasta descubrir cuándo parar y para qué. Tengo mucho que vivir, pero una parte de esa vida la he podido disfrutar. Tú tienes que hacer lo mismo para no echar en cara, ni a mí ni a nadie, que hayamos cortado tus alas cuando querías volar.

Hubo silencio.

— Sabela, yo voy a seguir aquí. Somos amigos. No voy a dejar que renuncies a nada. Mírame.

Lo hizo.

— ¿Vas a hacer el viaje?

— Mis amigas quieren que lo hagamos, pero no estoy segura.

— ¿No estás segura de que? ¿Tienes miedo de ser la mujer que conocí, de sonreír, de conocer otros países, a otras personas, de enamorarte…?

Aquella última palabra hizo que ella lo mirara y su cara se girara hacia la puesta de sol.

— ¿Es eso, Sabela? Sabela, no me debes nada y no voy a pedirte que seas una persona que no eres.

— Quieren que viajemos un mes entero y han comprado los billetes para el Interrail. Para todas…

— ¿Cuándo te irías?

— En tres días.

— No has dicho que no, ¿verdad?

Sabela le miró con expresión de culpabilidad.

— Sí.

— Ahí lo tienes.

Ahora fue él quien se acercó a ella y le tomó de la mano.

— No puedes sentirte culpable por ser feliz y sonreír. Tú me haces feliz y haces feliz a quienes están a tu lado. Me he fijado el otro día. Atraes a la gente. El mundo merece conocerte y quien diga lo contrario es un egoísta y yo no lo voy a ser jamás.

Sabela tenía los ojos húmedos. Él la abrazó y ella se recostó sobre su pecho. El sol los bañaba con su calor. Así quedaron un buen rato, hasta que notó la respiración de ella más tranquila. Se separó con delicadeza y sirvió más café. Siguieron hablando.

— Me tienes que contar cuál va a ser el itinerario, venga.

Ella dibujó un esbozo de sonrisa en su boca, bebió un sorbo de la taza de café.

— Primero, Francia.

— Genial. ¿Cuál es el plan?

— La idea es…

El mes se convirtió en dos, que pasaron sin que ninguno de los dos estuviera en contacto. Fue algo que decidieron hacer para que lo que tuviera que suceder, sucediera.

Sabela volvió feliz. El viaje había sido alucinante. Recorrió parte de Europa y el mediterráneo con sus amigas. Descubrió lugares alucinantes, disfrutó de comidas que jamás había probado, experimentó emociones y sensaciones nuevas y vivió amores fugaces de verano, que guardó en su recuerdo y que le hicieron feliz, pero no por completo porque, en el fondo, no había dejado de pensar en Claudio.

Se acercó a la puerta de casa, giró la llave en la cerradura, abrió, entró y no había nadie. El sol entraba a través de la terraza e iluminaba el espacio, tal como lo recordaba. Fue hacia ella. Apoyó las manos en el borde de esta y su mirada se perdió en el mar.

— Perdona. ¿Quién eres?

Sabela se sorprendió al escuchar una voz de mujer en la casa de Claudio y se giró preocupada y algo asustada.

 ¿Cómo has entrado?

Los nervios de Sabela eran más que evidentes, pero se recompuso, como lo hacía siempre.

— Tengo las llaves de casa. ¿Quién eres tú?

— Me llamo Gloria, pero no me has contestado a la primera pregunta.

— Mira, no quiero que pienses que soy una ladrona o una okupa. Toma las llaves y me voy. Venía a ver a Claudio, pero imagino que no es el momento y más ahora que estás con él. Perdona por haber entrado sin avisar.

— Tu eres Sabela, ¿verdad?

— Sí.

— ¿Quién crees que soy?

— Bueno, si estás en casa de Claudio imagino que serás su novia. Perdona, de verdad. No quiero molestaros. Saluda a Claudio de mi parte y dile que tenía razón, que el viaje me ha cambiado y que por eso he venido. Espero que seáis muy felices.

 Sabela.

— ¿Qué?

— No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad? No te ha hablado de mí.

Sabela respondió dubitativamente.

— No.

— Soy su hermana. Seguro que no te ha hablado de mí nunca.

— Es cierto, nunca.

— ¿Te apetece una cerveza? Quiero hablar contigo, ahora que ya le pongo rostro a la mujer de la que me ha hablado tanto mi hermano.

— Vale.

Sabela se sentó donde lo hacía siempre y, sin darse cuenta, de la forma en la que se sentía cómoda, dejando el calzado en el suelo y recogiendo las piernas para cruzarlas en el asiento. Hacía calor y la luz del sol acarició su cara, que giró, mientras cerraba los ojos, en dirección al mar.

Escuchó los pasos de Gloria y volvió la cara para mirarla. Además de las cervezas, había algo de picoteo.

— Haces lo mismo que tu hermano.

— Algo bueno tengo. Menos mal.

Le tendió la cerveza y se sentó frente a ella.

— No entiendo por qué no me habló de ti.

— Claudio es una persona que guarda con mucho celo y protege aquello que quiere. Conocerlo exige tiempo. Saber y descubrir cómo ha sido su vida es algo que va desgranado a medida que profundiza en la relación con una persona y, hasta ahora, eres la primera, aparte de mí, que es parte de su intimidad.

— Aun así, podría haberme dicho que tenía una hermana.

— Podría, pero no lo hizo. Eso no quiere decir que no quiera hacerlo o que su vida sea la misma que antes de concerté. Verás, llevo viendo solo a mi hermano desde que tengo memoria. Mis padres no han sido lo que se dice una referencia en nuestras vidas. Todo lo contrario.

» Seguro que te ha contado que compró esta casa y que aquí se siente bien, pero seguro que no te contó que mis padres lo echaron de casa a los dieciocho; que de no ser por un amigo en común estaría en la calle y que ese mismo amigo fue el que le consiguió la entrevista de trabajo en la editorial. Ahora sí, el puesto se lo ganó por lo bueno que es en lo que hace y sus conocimientos. Ese mismo amigo fue el que le avaló para la hipoteca.

— No me dijo nada de eso.

— Ni tampoco que, en cuanto entró por esa puerta por la que lo hiciste tú, me rescató de la casa de nuestros padres y consiguió mi custodia y tutela para que no le pasara lo mismo que a él.

» En esta vida hay muy pocos héroes y la mayoría de ellos son silenciosos. Para mí no hay amor más grande que el de él. No sé cómo aguantó todo lo que sufrió en casa de nuestros padres, pero él tenía un plan trazado desde nadie sabe cuándo y, en cuanto tuvo la mayoría de edad, lo llevó a cabo. Para él lo más importante en la vida era salvarme y lo hizo sin importarle lo duro que sería para él.

Sabela tenía los ojos acuosos.

— No sabía nada. Lo siento.

— ¿Por qué? Si no te habló de mí es para protegerme, aunque ya no haga falta. He querido hablar contigo porque mi hermano jamás ha cambiado en todos estos años hasta que te conoció. Ha sido duro porque he querido que devolverle todo el amor y la fuerza que vació en mí. De hecho, me costaba sacarlo de casa para que viajáramos juntos y que, así, fuera recuperando la autoestima. Su mundo era solamente estudiar, protegerme y el trabajo para la editorial.

— ¿Los viajes que hizo fueron contigo?

— Sí. Aquello le ayudo a relajarse y a abrirse un poco, pero los miedos a interactuar con otras personas, salvo conmigo y su amigo, eran algo que le podía. Por eso, cuando me empezó a hablar de ti, apenas podía creerlo. No sé qué tienes o qué le has hecho a mi hermano, pero tiene un brillo diferente, nuevo en los ojos, habla de otro modo y, para mi sorpresa, muchos de esos miedos han desaparecido. Es el mismo y otra persona a la vez.

— No sé qué te ha podido decir de mí.

— Todo. Me lo ha dicho todo sobre ti: vuestra amistad y, perdona si te incomoda lo que voy a decir, lo que ocurrió la noche en que salisteis juntos y la tarde siguiente. Renunciar a lo que sentía, para que no te creyeras atada a nada, ha sido la decisión más importante que ha tomado en mucho tiempo, pero entiendo que lo ha hecho por el cariño y, creo no equivocarme, el amor que siente por ti.

— ¿Por qué me cuentas todo esto?

— Porque amo a mi hermano y porque no quiero que nadie le haga daño. Dime, ¿por qué has venido?

— Quería… no, necesitaba verle.

— ¿Por qué?

— No sé cómo explicarlo. Tengo todo lo que necesito, he viajado y conocido muchas personas que han significado mucho en mi vida, en mi intimidad y que me han aportado experiencias importantes. Y, aun así, siempre ha habido algo que, no sabía el porqué, faltaba y lo había dejado en un rincón para no pensar en ello.

» Este viaje que he hecho con mis amigas me ha abierto los ojos a mucho más de lo que creía, pero también me ha hecho descubrir algo en lo que hacía tiempo que no pensaba. Ese algo que me faltaba seguía en el rincón y sólo se iba cuando pensaba en tu hermano. En ese viaje, varias noches, cuando mis amigas dormían, me paré a pensar en qué momentos se había llenado aquello que me faltaba. Me di cuenta de que fue cuando conocí a Claudio, cuando me abrió las puertas de su casa y me dejó entrar en su vida. Lo tenía todo porque lo tenía a él también y cuando no he estado estos meses a su lado, ese algo que me faltaba ha vuelto.

— Y… ¿ahora?

— No lo sé. Por un lado, quiero acercarme a él, poder estar a su lado, pero no sé qué querrá él, qué habrá pensado todo este tiempo que no hemos sabido el uno del otro. Si seguirá queriendo únicamente una amistad o querrá algo más. Ahora soy yo la que tengo dudas, la que no confío en mis sentimientos y los nervios me pueden pensando que haya cambiado o que me vea de otro modo al que lo hacía cuando estuvimos juntos.

El sonido de la cerradura de la puerta de casa detuvo la conversación. Gloria y Sabela se giraron hacia la puerta.

— Tú no hables, Sabela.

Claudio entró por la puerta con una bolsa. Fue directo a la cocina y metió dentro de la nevera lo que había comprado. Luego se fue a la habitación. Escucharon cómo se duchaba y le vieron salir de la habitación descalzo, desnudo y con una toalla rodeando su cintura. Sabela se fijó en su cuerpo y pudo ver cicatrices y quemaduras en varias zonas de la espalda, un cuerpo fibroso y fuerte, que distaba de la imagen que aparentaba con la ropa que llevaba normalmente. Le llamó la atención un tatuaje tribal que ocupaba parte de su espalada y que no pegaba para nada con lo que ella pensaba sobre él. ¡Qué equivocada estaba y cuánto le quedaba por conocer de Claudio!

En esos pensamientos estaba cuando aquel hombre se giró hacia la terraza con una manzana en la mano, a la que le iba a dar un mordisco y cuyo movimiento se detuvo al ver a su hermana y Sabela juntas. Esta última pudo ver algunas cicatrices más y marcas en su torso. Gloria se quedó callada, en un segundo plano, como si fuera una espectadora.

— Sabela…

— Hola, Claudio.

— ¿Cuándo has llegado?

— Esta mañana. Estaba deseando verte y me acerqué a casa con tus llaves. Al entrar estaba tu hermana y hemos estado charlando hasta ahora.

Claudio miró a su hermana, que no decía nada. Su mirada volvió a Sabela.

Ella se había ido irguiendo y acercando a él a medida que hablaba, hasta que quedaron uno frente al otro. Sabela posó una mano en su pecho, sobre una de las cicatrices y marcas. Las fue acariciando durante unos segundos hasta que levanto la mirada hacía sus ojos.

— Lo siento, Claudio. Jamás me hubiera imaginado el dolor por el que pasaste.

Él bajo el rostro.

— No importa. Ahora ya no importa. Ya no queda nada de aquello. No podía contártelo. No sabía cómo hacerlo. Lo…, lo siento.

Las manos de Sabela tomaron su rostro.

— No tienes que sentir nada.

Claudio sonrió ligeramente.

— ¿Qué tal tu viaje?

Sabela sonrió también.

— El mejor de vida y el más triste.

— ¿El más triste por qué?

— Porque estaba lejos de ti y fue entonces, cuando me di cuenta de que me faltabas, que deseaba volver para estar a tu lado. Ahora que estoy aquí tengo miedo.

— ¿De qué?

— De que sólo me quieras como amiga, pero si es lo que deseas, me conformo con ello.

Claudio vio en los ojos de Sabela que necesita una respuesta, un gesto, una palabra que aclarara lo que pasaba allí, lo que había entre los dos. Vio que ella había mostrado su corazón y que buscaba que él también lo hiciera.

— Deseaba que volvieras, que abrieras esa puerta y te quedaras, pero no podía pedírtelo, no podía cortar tus alas. Tenías que ser libre y decidir tú si querías quedarte a mi lado. Puede que estuviera equivocado, pero es lo que quería que hicieras, es lo que deseaba para ti.

— ¿Y tú?

— Seguir con mi vida, nada más que eso. Pero no te voy a mentir. Cada tarde me he sentado en la terraza, frente a la silla vacía que ocupabas y te veía con las piernas cruzadas en ella, con tus apuntes y la cerveza sobre la mesa y…, sí, te he extrañado porque las puestas de sol eran más hermosas cuando estabas aquí, conmigo. ¿Quieres saber algo más?

— ¿Me quieres?

Claudio estaba haciendo verdaderos esfuerzos para decir todo aquello, para abrir su corazón y aquella pregunta era un todo o nada. Respiró hondo, cerró los ojos y al abrirlos, mientras soltaba aire, Sabela escuchó de sus labios.

— Sí, Sabela. Te quiero y eres la única persona que lo ha escuchado de mis labios porque no ha habido nadie más. Yo, yo…

Sabela no le dejó seguir. Acerco sus labios a los suyos y selló lo que ambos sentían con un beso apasionado. Gloria miraba aquella imagen sentada, como aislada en la terraza, mientras seguía cayendo el sol, mientras el calor recorría sus cuerpos. Así estuvieron unos minutos, de pie, reconociéndose con besos, caricias y tactos que sustituían a las palabras.

Claudio miró a su hermana, que sonreía. Esta se levantó despacio.

— Creo que es mejor que me vaya.

Su hermano le hizo un gesto con la mano para que se detuviera.

— No lo hagas, Gloria. Quédate a cenar. Lo necesito.

— Sí, por favor. Quiero concerté más y saber quiénes sois. Además, está muy nervioso, casi temblando —contestó Sabela—.

Gloria se acercó a su hermano. Lo abrazó con mucho cariño.

— Vale, pero tú haces la cena. Yo quiero conocer a Sabela un poco mejor. ¿Unas cervezas?

Todos asintieron. Claudio se fue a vestir y luego se unía a la conversación en la terraza. Sabela le habló.

— He llamado a casa de mis padres.

— ¿Qué les has dicho?

— Que me quedo a dormir en tu casa. ¿Te parece bien?

— Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

— Entonces me quedo a tu lado.

Sabela tomó la mano de Claudio, Claudio la de ella y la de su hermana. Se miraron los tres.

— Tengo todo lo que me hace feliz. No necesito nada más.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán.

27 Infinitos

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