La alarma del despertador volvió a sonar nuevamente, ya era la tercera vez, y una mano asomada por debajo de las sábanas, esta vez sí, se puso a buscar con intención de apagar aquel aparato que había interrumpido un sueño mejor que bueno.

Ahora que ya se había activado todo fue más rápido. Se levantó de la cama, notando el calor de los rayos del sol que entraba por la ventana. Fue directo al baño, se ducho rápido y, antes de que se le secara el pelo, ya había desayunado, se había vestido y bajaba las escaleras para salir a la calle.

Como cada día, a pocos metros del portal compró en un Food Truck, aparcado allí todas las mañanas, un zumo de frutas de una de sus especialidades en bebidas frías, tes y cafés. Aquello le aportaba una energía extra a su ánimo matutino.

Llevaba varios años viviendo en aquella calle, en la que había alquilado un apartamento. Era un buen barrio y tuvo la suerte de poder alquilar una vivienda a un precio muy bueno. Le gustaba aquella zona por los edificios bajos, el bullicio de la gente, la vida que había en ella, lo multicultural del entorno y porque en un perímetro pequeño, relativamente, tenía buenos locales donde comer, tomar y beber algo, salas de exposiciones y locales con actuación, ya fueran musicales o teatrales. Aquello le venía mejor que bien para tener contactos y, después del tiempo que lleva viviendo allí, se había hecho con bastantes, sobre todo buenos, de los que realmente merecen la pena.

Esos contactos fueron los que le ayudaron a participar en algunas producciones teatrales de extra, en algunas películas o tener algunas frases en series, pero todavía no había conseguido demasiado. Por eso tenía que trabajar en puestos que le permitían poder ir a castings. Esos trabajos eran los menos gratos, como lavaplatos, limpieza, etc., pero a él no le importaba porque le daba para vivir bien, aunque trabajara horas. Al mismo tiempo, le permitían poder ir donde su representante le comunicara. Tenía buenos compañeros, que le cubrían el turno para que él se lo devolviera, normalmente, trabajando de noche.

Ese día era especial. Tenía una audición para el papel de una película. No era de gran presupuesto, pero su representante le comunicó que estaban buscando actores de su perfil y creía que tendría posibilidades.

Mientras iba en el metro hasta la parada cercana a la productora, repasó el texto que llevaba trabajando toda la semana. Lo tenía bien preparado en cuanto al tono, el tipo de voz y el gesto del personaje. El espejo del salón de su casa, de cuerpo entero, lo había gastado, era un decir, de tanto que se había reflejado en él repitiendo cada gesto, ademán, mirada, voz, pausas, la intención… Vamos, todo lo que un buen actor debe de hacer.

Sabía que no sería fácil conseguir el papel y más cuando entró, donde esperaban otros actores. Había muchos y reconoció a otros que tenían más posibilidades, o eso creía, porque los había visto de manera habitual en anuncios pequeños, papeles en series y películas, no de las taquilleras o muy conocidas, pero que les permitía dedicarse a ello sin necesidad de compaginarlo con un trabajo como el suyo o más bien ninguno.

Como se conocían, les saludó y conversó con algunos a medida que pasaba el tiempo y los candidatos iban pasando uno detrás de otro. Lo bueno es que salían por otra puerta al terminar y así no podían ver las caras de quienes se iban, evitando que les afectara en su audición.

Cuando escuchó su nombre se despidió de las personas con las que hablaba, mientras sonreía al escuchar el típico mucha mierda, a lo que contestaba: igualmente.

Entró en un espacio que parecía un escenario de un local con actuación. Unos focos iluminaban este y, al mismo tiempo, le impedían al actor ver quien le hablaba y observaba. Lo único que pudo intuir era que, al menos, eran tres personas las que le harían la prueba. Se colocó en el punto marcado en el suelo.

Buenos días.

—Buenos días.

—Michael, ¿verdad?

—Sí.

— Bueno, Jane te dará la réplica del diálogo que mandamos a tu representante. Haremos una grabación de la audición. ¿Estás listo?

—Si.

—Perfecto. Vamos allá.

No tuvo conciencia del tiempo que le llevó terminar el diálogo. De lo que sí la tuvo fue de que lo había hecho bien, lo sabía. De hecho, cuando terminó la prueba hubo un pequeño silencio y frases en voz baja entre los que no podía reconocer detrás de los focos. También hubo un silencio demasiado largo, hasta que la voz de quien le había hablado cuando entró volvió a escucharse.

—Muchas gracias, Michael. Lo has hecho muy bien, en serio.

—Gracias a ustedes. Espero que les guste como para que me llamen.  

—No podemos prometértelo, pero te tenemos en cuenta.

—Gracias de nuevo.

Salió por donde le indicaron con una sensación agridulce. Lo había hecho bien. De hecho, lo había clavado, pero tenía que pensar que lo más probablemente era que no lo llamaran. Era consciente de que no era el único y, quizás, otro lo hubiera hecho mejor. Había que ser realista, aunque su actuación hubiera sido perfecta.

Iba por un pasillo que daba a la entrada. Le preguntó a la chica que había en la recepción por el baño. Esta se lo indicó y entró.

Nunca le gustó mear de pie ni delante de otros, por lo que buscó uno de los cerrados. Nada más entrar en él y cerrar la puerta escuchó que la de la entrada de los baños se abría. Eran dos hombres que hablablan animadamente.

—Sigo sin entender por qué nos hacen preparar estos castings.

—Yo tampoco. Parece que es para cumplir un cupo con las agencias de actores y representantes.

—Lo que más me jode es ver actores que valen de verdad, que lo pueden hacer de punta madre y mejor que los que vamos a firmar, sabiendo que no los vamos a fichar.

—Lo dices por Michael.

—¿Vas a decirme que no es bueno?

—Ha sido el mejor.

—¿Y por qué no lo contratamos?

—Ya lo sabes.

—Ya, ya, ya… No lo conoce nadie y, lo más importante, ya han firmado con los que quiere la productora.

—Lo sé y me indigna engañar a los que han venido creyendo que tienen una oportunidad, cuando no es así.

—Por eso grabamos las audiciones. Igual, más adelante, tienen esa oportunidad.

—Mejor lo dejamos. Vamos, que nos quedan unos cuantos a los que ver, escuchar y grabar.

Se la acudieron bien, se lavaron las manos y se fueron. Michael salió del cubículo hundido, con la energía por los suelos. Se lavó las manos y salió del baño con la cabeza baja, mochila al hombro y cruzándose con varias personas, que se sorprendieron al verle salir por la puerta del baño y de la productora. Toda la ilusión volcada en aquella audición se fue a la mierda; todas sus ganas, pensando que tendría una oportunidad, seguro, tarde o temprano, tiradas y pisoteadas.

Todo el viaje de vuelta en el metro lo hizo con la mirada perdida a no se sabe qué. Cuando fue consciente de ello, se enfadó consigo mismo porque no quería sufrir más de lo necesario. Supuso que aquello era un toque de atención ante una realidad implacable; un aviso de que, tal vez, estaba enfocando mal su camino y que, a lo mejor, era positivo replantearse qué hacer a partir de ese momento.  

Cuando llegó a su estación ya estaba más animado y recuperó parte de la energía que había gastado en aquellos pensamientos negativos. Además, pensándolo bien, había cambiado el turno en la cafetería y tenía la tarde libre.

Al llegar a casa metió la ropa en la lavadora y aprovechó para limpiarla de arriba abajo. De esa manera no pensaba en lo sucedido unas horas antes. Todo lucía brillante cuando se metió la ducha, sudado y manchado. Todo lo negativo que podía afectarle se fue por el sumidero.

Después de salir de la ducha y vestirse algo cómodo, se preparó algo de comer y decidió descansar hasta que fuera la hora de marchar a trabajar. Dejo la televisión con el sonido en silencio y quedó dormido casi el momento.

Cuando se despertó, la tarde iba cayendo con lentitud y se filtraba a través de las ventanas al interior de la sala, lo que le aportaba una sensación de irrealidad más que agradable. Se vistió y salió de nuevo a la calle, saludo algunos vecinos, al dueño de un Kebab con el que había hecho amistad y se paró a charlar unos minutos con él.

En cuanto entró en el restaurante-bar en el que trabajaba, antes de que entrara en la cocina para lavar los platos, el dueño le llamó.

—Michael, ¿puedes pedir un momento?

—Dime, Frank.

—Tengo un problema. Evelyn no puede venir ha trabajar. Se ha caído en casa y se ha roto el pie. Tú llevas tiempo aquí, controlas bien el trabajo de ella. Puedes sustituirla esta noche.

—Claro, Frank. No hay problema.

—Te debo una. Ya he contratado a uno para que te sustituya hoy. Voy a buscarte la ropa y la placa con tu nombre.

Una vez que se hubo cambiado, con su bolígrafo y la PDA en su delantal de camarero, comenzó a trabajar en la sala y, como comprobó el dueño, no se equivocó al pedirle que trabajara en la sala aquella noche.

El turno estaba en el momento de mayor número de clientes. Michael trabajaba bien y el tiempo parecía que pasaba rápido. Aquella sensación le gustó, sobre todo porque ya no pensaba en lo ocurrido aquella mañana. Avanzado el turno, el ritmo se fue calmando, casi relajando. Michael recogía algunas mesas y colocaba sobre ellas, después de limpiarlas, un nuevo servicio, por si había nuevos clientes. En eso estaba cuando escuchó una voz tras él.

—¡Camarero!

Michael se giró. Una mujer le llamaba.

—Ahora mismo le atiendo.

Acabó de recoger la mesa y se llevó todo para dejarlo junto a la entrada a la cocina. Frank lo metió todo dentro. Michael fue hasta la mesa donde estaba aquella mujer sentada. Ahora se fijó un poco más. No era demasiado alta, de complexión delgada, no mucho pecho, pelo negro liso, tez ligeramente oscura, ojos negros, levemente maquillada y con un vestido de tiras de verano y zapatos de tacón bajo. A esto había que añadirle una sonrisa sincera.

—Buenas noches, Michael.

—Buenas noches. Le atenderé esta noche.

—Me llamo Kira.

—Encantado. ¿Ya sabe lo que va a tomar?

—Claro.

Mientras le tomaba nota de la comanda, no dejaba de notar la mirada de ella en él, lo que hizo que se pusiera nervioso, pero sólo un poco. La cena se la tomó con calma. Aquella mujer, que no estaba acompañada por nadie, disfrutaba de cada plato y de la copa de vino de la que, de tanto en tanto, tomaba un sorbo. Cuando terminó la cena apenas quedaban clientes. Volvió a llamarle.

—¡Michael!

—Dígame.

—Kira, Michael.

—Dígame, Kira.

—¿Podría traerme un café?

—Por supuesto.

—¿Y hablar un momento contigo?

—Lo siento. Estoy trabajando y no puedo hacerlo.

—Comprendo. ¿Podrías avisar a Frank?

—Por supuesto.

Le avisó con algo de preocupación. Esperaba que su negativa a hablarle no le causara problemas, sobre todo cuando miró a su jefe hablar con ella y cómo este le miraba varias veces, tras hablar con ella. Su jefe se acercó.

—¿La conoces de algo, Michael?

—La primera vez que la veo.

—Me ha pedido que te dé permiso para hablar contigo porque le has dicho que estás trabajando. ¿Es verdad?

—Claro.

—Me parece bien. Si quieres, ya puedes terminar tu turno ahora y así, ya podrás hablar con ella. Mañana es día de pago y esta noche preparo las nóminas. Ya me ocupo yo de atender las mesas que quedan.

Le dio un sobre.

—¿Y esto?

—Una buena noche. Tu parte de las propinas está dentro. La verdad, no está nada mal.

—Gracias, Frank.

—A ver qué quiere de ti.

—Ni idea.

Se cambió después de asearse un poco y volvió a la mesa donde se sentaba aquella mujer. Se sentó frente a ella.

—Me he permitido servirte una copa de vino, si no te importa.

—¿Nos conocemos de algo?

—De nada, Michael. Te puedo hacer una pregunta.

—Sí.

—¿Te gusta trabajar aquí?

—Bueno, tengo que pagar un apartamento, facturas y necesito trabajo para ello, además de ganar dinero para vivir, comer y, algunos días, disfrutar. ¿Si me gusta? Sí. Hay un buen ambiente y el dueño es legal.

—¿No te gustaría dedicarte otra cosa?

—Sí, claro, pero aún me lo estoy replanteando.

—¿Por qué?

—Tengo mis razones.

—¿Qué te gustaría hacer?

—Actuar.

—¿Eres actor?

—Sí, o eso creo, aunque esta mañana me he sentido estafado.

—¿Y eso?

—He ido a una audición para una película. Tenía preparado el papel, lo hice muy bien y, cuando salí de ella, fui al baño y escuché, a quienes realizaban el casting, que aquello era un paripé porque ya habían firmado al reparto.

—Lo siento.

—Bueno, digamos que el cabreo me duró hasta llegar a mi casa y mientras me daba una ducha. Ahora ya no pienso en ello.

—Un planteamiento sincero. ¿Vas a seguir haciendo audiciones?

—Sí, pero quiero hablar con mi representante y ver la forma de enfocar mi trayectoria de otro modo.

—Veo que no te rindes.

—No va con mi carácter, pero tengo que hacer algunos cambios. Mientras lo hago, y deseando que la oportunidad llegue, sigo trabajando aquí. ¿Y tú quién eres?

—Tu oportunidad.

—¿Perdona?

—Tu oportunidad.

—No entiendo.

—¿Recuerdas que, a salir del baño, te cruzaste con dos hombres?

—Ni me acuerdo.

—Aquellos hombres fueron los que te hicieron la prueba, se dieron cuenta de quién eras y que los había escuchado. A uno de ellos le gustó tu audición mucho.

—Gracias.

—Se la jugó, porque no estaba de acuerdo con lo que hacían y pidió hablar con el director de la película. Le enseñó tu grabación.

—Entiendo.

—No lo entiendes. El director se enteró del paripé que montó la productora con el casting y hablo con los gerifaltes. Se montó una buena porque se ha filtrado a los medios y la productora ha quedado como el culo. Necesito solucionarlo ya.

—¿Y qué pinto yo en todo esto?

—Queremos ofrecerte un contrato para participar en la película.

—Gracias, pero no.

—¿Cómo?

—Yo me presenté a un casting para conseguir un papel. Tú me ofreces un contrato por culpa de vuestra cagada y así quedar bien. Soy un buen actor.

—No sabes por cuánto te ofrecemos el papel.

—No es cuestión de dinero y lo sabes si estás sentada frente a mí esta noche.

Kira lo miró en silencio durante unos segundos. Luego bajó la mirada al bolso, tomó un teléfono móvil entre las manos y marcó un teléfono. A los dos tonos descolgaron.

—Ha dicho que no.

Michael escuchó un nítido ¡Joder!, sin necesidad de altavoz, al otro lado de la línea. Kira le acercó su móvil.

—Quiere hablar contigo, por favor.

Se llevó el teléfono a la oreja.

—¿Con quién hablo?

Aquella pregunta cogió a contrapié a quien estaba al otro lado de la línea. Hubo un pequeño silencio.

—Tom Connor.

La mirada de sorpresa de Michael se clavó en la Kira. Recuperó su firmeza.

—¿Qué quiere de mí?

—Que estés en mi película. He visto tu audición. Eres bueno, convincente y creíble. Encajas en el papel de uno de los protagonistas. Tienes lo que busco.

—Le voy a decir algo. Si cree que así me va a convencer está equivocado. Me ha faltado el respeto como actor y como persona. Quiere lavarse el equívoco haciéndome un contrato que cualquiera firmaría con los ojos cerrados por trabajar para usted, pero yo no soy ellos. Tengo unos principios de los que muchos carecen y, además, usted pide algo sin hacer algo antes.

 Kira abrió los labios e hizo un gesto de no saber qué hacer, sorprendida de lo que escuchaba y, sobre todo, a quién iban dirigidas.

—No te entiendo.

—Bueno, mientras lo piensa le paso con Kira y estaría bien hablarlo cara a cara. Ahora mismo estábamos cenando. Podemos esperarle.

Le pasó el móvil. Aquel director habló algo con ella y colgó después de unos segundos.

—Es la primera vez que alguien le habla así.

—Siempre hay una primera vez para todo.

—Va a venir.

—Eso espero.

—¿Qué quieres conseguir?

—Nada. No busco nada. Sólo respeto hacia mí, mi profesión y a los que nos buscamos la vida para conseguir un sueño que muy pocos lograrán. No me importa si lo consigo o no, lo que me importa es tener la oportunidad de poder ser elegido por mi capacidad.

Aquel aplomo sorprendió a Kira, a la que le costaba no sentirse avergonzada por el motivo por la que la habían enviado allí, tras escuchara aquel joven. Siguieron hablando hasta que, un rato después, escucharon que entraba alguien en el local. Era el mismísimo director en persona, que se acercó con andar seguro hasta su mesa, se sentó junto a Kira y miró a Michael fijamente durante unos segundos,

—Michael, no sé qué es lo que esperas, pero después de pensar, mientras venía hacia aquí, creo que debo decirte algo.

Hubo un silencio que el propio director corto.

—Quiero pedirte mis más sinceras disculpas. Tienes razón al estar enfadado. No está bien que hubieran hecho las pruebas sabiendo que nadie de las mismas iba a ser elegido para la película.

Nuevo silencio. Michael le habló.

—Gracias. Es lo único que quería escuchar.  

La cara de Tom entonces se relajó, lo mismo que la de Kira. El director tomó la iniciativa.

—¿Hablamos de la película, entonces?

—Claro. Mañana tendré que hablar con mi representante.

—Kira ya ha contactado con él a primera hora de la tarde. Nos sentaremos para revisar el contrato a primera hora de mañana.

—Entonces, si me lo permitís, brindemos por una noche distinta.

Michael avisó a Frank, que estaba sorprendido por la presencia de aquel director tan famoso y, sobre todo, por verlo hablar con su empleado, sentados a la misma mesa. Llevó la botella de vino que el joven le pidió, les sirvió y la dejó sobre la mesa.

Los allí reunidos levantaron las copas, brindaron y fue el sonido de estas el que rompió la poca tensión que podría quedar. La sonrisa asomó a sus labios.

El resto de la noche forjó una gran amistad entre ellos, propició que Kira y Michael compartieran camino, casa y dormitorio; llevó a un éxito de taquilla a aquella película y que su carrera como actor despegara y se reconociera.

Abrazos literarios

Alejandro Guillán

27 Infinitos

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