Todo empezó a torcerse cuando aquel tipo entró en el vagón y se sentó al final del mismo en dirección a mi asiento.

Yo miraba a través de la ventana el paisaje para descansar la vista un poco, ya que llevaba mucho tiempo concentrado en los documentos que tenía sobre la mesa, frente a mí.

Para no tener problemas de espacio, había comprado los cuatro asientos y así me aseguré de poder consultar la información de aquellos papeles sin nada ni nadie que me distrajera.

Seguramente piensa que no me dado cuenta porque el vagón no estaba vacío, porque no giré mi cara cuando abrió la puerta para acceder a este y porque, seguramente, cree que pasa desapercibido, pero no es así, lo siento.

Espero unos minutos mientras miro el paisaje a través de la ventana. Luego, de manera natural, vuelvo a los papeles y, gracias a mis gafas polarizadas, puedo fijarme en él durante un instante mientras parece que leo.

Lo peor de toda esta situación es que sólo dos personas sabían en qué tren, vagón y asiento iba a viajar y uno era yo. Supongo que la lealtad está sobrevalorada. El problema es que sí sé por qué lo ha hecho. Todos tenemos un punto débil y el de él es su familia.

Hace unas horas, antes de subir al tren, ya me ocupé de ese problema. Su mujer e hija están custodiadas y, protegidas por gente de mi confianza, a salvo en un hotel. Él no sabe nada; bueno, ni él ni nadie hasta que vuelva. Si yo fuera otro estaría muerto y su mujer e hija lo mismo, pero no soy así. El trabajo que realiza para mí es importante. Es un recurso valioso, pero tendrá que hacerme caso de ahora en adelante si quiere vivir, más o menos, tranquilo.

Queda poco para llegar al destino y es momento de guardar los documentos. Lo hago con tranquilidad, despacio, despreocupado, creando la ilusión de no darme cuenta de su presencia.

La velocidad del tren baja gradualmente, seguramente porque nos acercamos a la estación, lo que hace que varios pasajeros se levanten para descargar el equipaje que hay sobre ellos. Cuando se detiene todos hacemos lo mismo: colocarnos en el pasillo para salir.

De pie, con mi maleta en la mano izquierda, sé que él esperará a que yo pase para ponerse detrás de mí. Avanzamos despacio, sin prisa. Mis pasos son un poco más lentos, lo que hace que deje una ligera distancia respecto a la mujer que tengo delante.

En cuanto llegó la altura de aquel tipo, hago un gesto de hastío, bufo como cansado de esperar y levantó la maleta ligeramente, girando la muñeca, como si fuera a comprobar la hora en mi reloj. Ese movimiento detiene el de aquel hombre, que sigue de pie junto a su asiento.

Rápidamente, con un movimiento de mi mano derecha y ante la sorpresa de su mirada, golpeó su cuello con un gesto certero, seco, duro y mortal. Paro su caída de manera natural hasta dejarlo sentado de nuevo en su asiento, con los ojos cerrados, como si estuviese dormido.

Sin perder tiempo, pero tranquilo, bajo del vagón y avanzo con paso firme hacia la salida. Cerca de esta hay dos vigilantes de seguridad que, de pronto, detienen sus pasos, llevan sus dedos al pinganillo que hay en su oreja, se miran entre ellos y salen apurados, que no corriendo, hacia el tren

En cuanto salgo al exterior, todo lo llena de luz del sol y el calor. Me encanta, ahora centrémonos en el trabajo.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán.

27 infinitos

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