La tormenta ya está sobre la ciudad.

Un manto oscuro, metálico, atronador y ensordecedor, que va devorando el cielo que, hasta hace unas pocas horas, estaba azul. Al mismo tiempo que ocurre eso, el mar se vuelve color gasolina turbia acero. Los barcos atracan con prisa o vuelven a puerto a toda máquina. En las calles parece que todo se ralentiza, se hace pesado y las personas se apuran para no se sabe qué, pero se nota que hay nervios porque nadie esperaba ese cambio de tiempo. La temperatura baja rápido sin darnos tiempo a cambiarnos. Noto el frío en la piel, no mucho, pero sí el suficiente para darme cuenta de que la cosa pinta mal.

Estoy detenido frente a una de las últimas cabinas de teléfono que hay en la ciudad, cada vez menos, debajo de un balcón de un edificio. Veo cómo la luz se hace más oscura, presagiando lo peor de la tormenta que está llegando y así ocurre. Las primeras gotas dan un pequeño margen a los transeúntes para guarecerse debajo de donde puedan, ya sean paraguas, paradas de autobús, alguna cafetería, algún toldo, un portal o simplemente tener unos segundos para correr hacía algún sitio donde poder cobijarse, pero son sólo eso, unos segundos.

La lluvia empieza a caer con las primeras gotas, grandes, pesadas y luego, como si fuera una catarata, empieza a tronar y se derraman en caída libre sobre toda la ciudad, mientras yo veo la cabina fija en su sitio, quieta y en silencio, intentando decidir si hago la llamada.

No es importante tener claro qué es lo que uno desea, hacia dónde quiere ir, con quién… Muchas preguntas que poco a poco vamos respondiendo, desgranando, haciendo que nuestro camino tenga más o menos sentido.

Me gusta sentir la lluvia, su humedad y el repiqueteo de las gotas en el suelo y, cómo después de unos minutos, el olor a tierra húmeda, a hierba, la notamos por encima del tráfico de coches y parece que esa misma lluvia caída de las nubes limpia las fachadas de los edificios, haciendo que sea un poco menos doloroso lo que voy a hacer.

Sigo mirando la cabina, pero al final sé que tengo que hacer la llamada. Avanzo unos pasos bajo la lluvia, mientras el lugar que he ocupado hasta ahora lo llena otra persona, que se ha guarecido en él para no mojarse.

Los dos o tres metros que tardo en llegar hasta cabina son suficientes para empapar la ropa que llevo puesta. Ahora ya no importa. Meto la moneda en la ranura, espero el sonido que indica que hay línea, marco el número y espero al tercer o cuarto sonido de llamada, sabiendo que la persona que la recibe tendrá dudas de descolgar porque le aparecerá como un número desconocido. Responde, descuelga y pregunta.

 ¿Quién es?

— Soy yo.

— ¿Dónde estás?

— Da igual.

— ¿Cómo que da igual? Llevo todo el día preocupada.

— Yo no.

— ¿No vas a venir a casa?

— No voy a volver.

— ¿Cómo?

— No voy a volver.

— Tenemos que hablar.

— No tengo nada de lo que hablar. Ya tengo la decisión tomada. Lo he pensado y sé qué es lo que quiero y, ahora mismo, no quiero volver. No voy a regresar a casa.

— Te juro que no ha significado nada para mí.

— Lo ha significado todo. Por eso no voy a volver a casa. De hecho, me da igual que te quedes con todo. No necesito nada. Sólo son cosas, nada más.

— Pero, ¿por qué me dices eso?

— Porque todo lo que había en la casa era parte de los dos, de lo que hemos vivido juntos, creado juntos, disfrutado juntos y todo ese mundo, que ya no existe, que no está, no tiene sentido porque ya no puedo estar contigo. Me importa lo que has hecho. Aun así, te lo agradezco, porque el que lo hubieras hecho significa que tus sentimientos hacia mí no era lo suficientemente fuertes como para no haber dado ese paso.

» Sé que me quieres, pero, si me hubieras amado de verdad, lo que tendrías que haber hecho es hablar conmigo, sentarnos frente a frente y decirme qué te pasaba. Lo hubiéramos hablado. Eso no quiere decir que se hubieran arreglado nuestros problemas. De hecho, sino hubiera sido así, cada uno habría seguido por caminos distintos y tú habrías hecho tu vida con quien hubieras querido al margen de mi vida, pero no hallaste los motivos, no dijiste nada. Dejaste que el tiempo pasara y, al final, tomaste tú la decisión de romper el vínculo que había entre nosotros dos. Lo que has hecho es romper y traicionar el vínculo que forjamos con mucho esfuerzo durante muchos años y, aun así, no siento odio, no siento nada. Simplemente te llamo para decirte que no voy a volver a casa. No voy a estar contigo, no tengo la necesidad de hablar contigo más que lo que te estoy diciendo ahora mismo. Ni siquiera tengo el ánimo ni las ganas para arreglar nada.

» Para ti no ha significado nada lo que hiciste. Para mí lo ha significado todo.

Cuelgo y me voy de allí, andando bajo la lluvia, notando como el agua entra en mi ropa húmeda para mojarla más, para que se pegue más a mi cuerpo y me sienta parte de la propia lluvia, parte de la tormenta, parte de esa oscuridad gris que está en la ciudad.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

27 Infinitos.

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