Tras la puerta, que está frente al banco corrido con butacas en el que me siento, mi padre se muere, pero no soporto lo que hay alrededor de éste.

Son muchos los que creen que es positivo despedirse de la persona que está cerca de expirar y están en lo cierto. Es bueno, pero cuando se convierte en un concierto de las plañideras de Cangas, junto a la mayor concentración humana por centímetro cuadrado, porque se supone que es lo que tiene que ser, entonces… Lo siento, ni entro ni entraré porque ese momento íntimo de despedida se convierte en un sarao, fiesta o cualquier cosa menos lo que tiene que ser: un adiós para siempre.

Por eso estoy en el pasillo, sentado frente a la puerta cerrada, sólo y tranquilo, dejando que el tiempo pase hasta que los sanitarios, que se ocupan del tema, se lleven el cuerpo de quien estuvo vivo hasta hace unos pocos minutos.

Lo reconozco, no soy como muchas otras personas. La muerte no me da miedo, pero sí me inspira respeto y, si es de alguien a quien quiero o aprecio, lo llevo mal, pero por dentro. Por eso soy consciente de que otras personas me ven como alguien distante, sensible, frío, etc. Yo dejo que lo crean, que lo piensen. No tengo que dar explicaciones o justificar quién soy, como me siento o debo expresar mi dolor, tristeza, alegría o el amor.

Todos los pasillos de los hospitales son fríos, nada o poco acogedores y demasiado impersonales. A nadie le gusta estar en ellos más que lo suficiente. Cuando no queda más remedio que ir, prefiero leer un libro u observar a las personas que estén en el mismo espacio que yo.

Me fijo en detalles como la ropa, en cómo se mira matrimonios o parejas, cómo se dirigen a los niños, cómo los gestos nos desvelan secretos que las palabras no dicen, en la manera en que se miran y ven… Aprendes a reconocer qué tipo de relaciones existen entre las personas.

Pero en el pasillo, en el que estoy ahora sólo, está mi presencia, los dedos entrecruzados de mis manos, la mirada al suelo y el sonido que sale del interior de la habitación.

Silencio o eso creo hasta hace un segundo. El sonido casi imperceptible de las ruedas de una camilla se acerca junto con dos celadores. Me ven sentado, frente a la puerta. Me dan las buenas noches, pero lo que dicen realmente significa lo contrario, además de expresar un sentimiento de pesar. Me miran como pidiendo permiso y les digo que, por favor, se lo lleven ya porque no soporto más lloros y ayes. Se miran entre ellos y, casi en voz baja, me contestan con un: le entendemos. Le doy las gracias.

Abren la puerta y los sonidos de dentro del pequeño espacio se amplifican hasta parecer distorsionados, creando una sensación desagradable, incluso de mala educación. No queda más que esperar a que se lo lleven y dejen que el cuerpo descanse en paz.

En cuanto desaparecen por el pasillo con su cuerpo, me levanto y me voy. Ya no queda nada que ver ni nadie con quien estar.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán.

27 Infinitos

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