El coche aparcó en plaza. El motor quedó en silencio, pero nadie parecía bajar de su interior. El tiempo pasaba y nada, todo seguía igual. A mí me daba igual porque tenía todo el tiempo del mundo.

De pronto, la puerta del conductor se abrió un poco, haciendo que las luces del interior se encendieran e iluminaran dos contornos de cabeza. Aquello fue lo que me puso en guardia para preparar la cámara fotográfica. Los ajustes ya los había realizado en casa, tras consultar en el teléfono móvil el tiempo, pero asegurándome del todo con el método tradicional: abriendo la ventana y mirando al cielo.

No me resultó complicado dar con el objetivo, sobre todo porque, tal como me aseguró quien me había contratado, era un animal de costumbres que pensaba que nada podía con él. Como siempre, todos nos equivocamos o somos estúpidamente confiados, aunque eso no es algo que me competa en mi trabajo. Lo hago y ya está.

A lo que estamos, que luego me enredo en mis rollos mentales. Lo dicho, que tenía la cámara preparada con mi teleobjetivo. No soy un paparazzi en busca de famosos, aunque no es el primero de estos personajes que contrata mis servicios. La diferencia entre otros que trabajan en la misma profesión y yo es que paso de cobrar después. El que me contrata sabe que me paga antes y, si el trabajo no sale, devuelvo el dinero. Todo por escrito y estipulado en los contratos. ¿Por qué? Porque luego me evito tener que andar detrás de nadie o que, si no les gusta lo que averiguo, no quieran pagarme. Y no soy barato porque, de serlo, todos pensarían que soy un tirado o me querrían pagar menos de lo que valgo.

Así que aquí estoy, bajo la lluvia, oculto a cualquier mirada indiscreta o molesta, esperando, como casi siempre. Ese es mi trabajo: esperar, esperar y esperar hasta que puedo cerrar el círculo de aquello que tengo que investigar. Hoy no va a ser distinto, aunque sí por un detalle.

La semana pasada mi mejor amiga, a quien conozco desde que nacimos en el mismo barrio y hasta ahora, entró por la puerta de mi preciosa, amplia y céntrica oficina a mi despacho, tras hablar con mi secretaria. Cuando se sentó frente a mí creía que venía a hacerme una visita, como lo había hecho otras veces, pero al mirarle a los ojos supe que, en aquella ocasión, no iba a ser así.

Rompió a llorar y no pude evitar apretar los labios y cerrar los ojos un instante. Ya había visto aquellos gestos anteriormente en otras mujeres y hoy no parecía que fuera distinto. Me acerqué en ella, me agaché y ella me abrazó con fuerza, derramando sus lágrimas sobre mi hombro. Sé que no es muy profesional, pero ¡qué coño! Era mi amiga.

Después de consolarla y de que ella secara sus lágrimas, le acerqué un café, que pedí a Beatriz, la mujer que, además de secretaria, es administrativa y mi persona de confianza. El primer sorbo pareció aportar la dosis de tranquilidad y calma necesarias para que se acomodara en el sillón. Tomó un poco de aire, que rompió el silencio de los minutos previos y levantó la mirada para enfrentarla con la mía.

— Lo siento.

— ¿Qué sientes, Isabel? No te preocupes, no se lo voy a decir a nadie. ¿Qué ocurre?

— ¿Necesitas que te lo diga?

En ese momento es cuando comprendí que tenía que activar el modo profesional, aunque fuese mi amiga, porque eso es lo que soy, y en ese instante era lo que tenía que hacer.

— Sí, necesito que me lo digas porque me vas a pedir algo al margen de nuestra amistad o de lo que nos queramos. ¿Por qué estás aquí?

Ella me miró y se dio cuenta de que hablaba en serio.

— Creo que Rodrigo tiene una relación con otra mujer.

— ¿Estás segura?

Nuevo silencio.

— Sí, lo estoy.

— Está bien.

— ¿No me preguntas por qué lo sé?

— Nos conocemos hace mucho, Isabel. Si tu me dices que es así, es así, sin más. El porqué es algo que no me interesa. Ambos conocemos a tu marido. Si tu dices que te engaña con alguien, mi trabajo consiste en averiguar si es verdad o no. Que seamos amigos no tiene nada que ver en esto.

 Es que no entiendo por qué lo hace.

— Lo primero que tienes que saber es que, hasta que no se sepa la verdad, lo mejor es que no elucubres y lo segundo, no te voy a enumerar las razones por las que un hombre puede engañar a su pareja. Además, no lo hago para que tú no te sientas peor de lo que estás.

— Está bien.

— Entonces, tienes que comprender que puede que no te guste lo que averigüe.

— No me importa. Sólo quiero saber la verdad. Por cierto, quiero pagarte.

— Lo haría si fueras una cliente cualquiera o que no conociera de nada, pero eres mi amiga y no voy a hacerlo por un motivo.

— ¿Por qué?

 Porque quieres pagarme. No te quieres aprovechar de nuestra amistad y eso lo valoro. No te preocupes ni digas nada más. Me pongo a ello ahora mismo. Con lo que sea te aviso. Hoy es lunes…, el viernes te digo algo, pero, sobre todo, no cambies la rutina en tu vida o sospechará algo.

Antes de salir de mi despacho nos volvimos a abrazar y noté que estaba más tranquila. En cuanto estuve solo preparé una carpeta personalizada de Isabel. No es algo que me guste hacer cuando se trata de una conocido, pero es a lo que me dedico y mi trabajo. Avisé a Beatriz que tenía que salir para un seguimiento y que la llamaría no iba a volver durante la mañana.

Lo que hace diferente este trabajo es que conozco de sobra al sujeto a investigar, así que me dirigí directamente al trabajo del marido de Isabel. Aparqué frente al edificio. El coche que utilicé no era el mío sino el del trabajo, más discreto y, sobre todo, que nadie conoce más que yo y mi secretaria, que fue quien gestionó la compra.

Como es lunes y habrá pasado el fin de semana con Isabel, si la engaña con alguien, seguro que estará deseando volver al lado de la amante. Las horas pasan lentas, aunque llevo una nevera con bebida fresca —agua, nada de alcohol— y algún bocadillo. Cuando está llegando la hora de comer lo veo salir junto a alguno de sus compañeros de trabajo. Se monta en su coche y se marcha. Yo voy detrás a una distancia prudencial y, sobre todo, adecuada para que no note nada extraño. Se dirige a casa.

Aviso a Beatriz para que no me espere y se pueda ir a casa. Como algo más, bebo otra botella de agua y un par de horas más tarde lo veo salir de nuevo del portal de la casa en la que viven. Vuelvo al centro tras él y, con mucha suerte inesperada, consigo aparcar de nuevo en la misma plaza de la mañana. Entra de nuevo en el trabajo.

Todo parece normal hasta que, sólo una hora después de entrar, le veo salir, esta vez solo. Sube a su coche de nuevo, mirando a ambos lados de la calle. Malo.

En cuanto arranca, yo hago lo mismo y mantengo la distancia. Me parece que esto no va a acabar bien y, normalmente, no suelo equivocarme. Lo peor es que esta intuición me dice que hay algo más y no me gusta.

Ahora gira en un cruce hacia la derecha y se detiene poco después. Conozco la calle y, lo peor, a la mujer que se sube al coche. Algo me come por dentro y siento una decepción y asco muy grandes, pero tengo que ser más profesional todavía. No puedo dejarme llevar por los sentimientos.

Un rato más al volante y poco más hay que pensar. El automóvil entra en un motel que conozco de sobra. No es la primera ni la última vez que he tenido que venir aquí por mi trabajo. Lo bueno es que, al estar a las afuera y por su situación, hay un pequeño alto desde el que se puede tener una visión de la salida y entrada de los coches y de alguna de las entradas a las habitaciones. Tendré que esperar a que terminen y eso es algo que no me gustaría tener que hacer.

Lo dicho. Ahora estoy con la cámara preparada. Los veo bajar del coche y disparo fotografía tras fotografía tras fotografía, varias por segundo hasta que entran. No controlé el tiempo que estuvieron dentro, pero cuando dejaron la habitación y salieron del motel, varias ráfagas de mi cámara se almacenaron en la memoria de las tarjetas.

Cuando me monté en el coche revisé las imágenes y no pude evitar la tristeza y decepción por lo que me mostraban.

El resto de la semana fue una confirmación de lo sucedido el lunes. Tres encuentros durante la misma. El viernes por la tarde llamé a Isabel. Media hora después estaba sentada frente a mí.

— Dime.

— Lo siento, Isabel. Tus sospechas eran ciertas.

— ¡Qué hijo de puta!

— ¿Mañana tenéis la noche libre?

— Sí, ¿por?

— Os invito a cenar.

— ¿Qué dices?

— Te puedo asegurar que va a ser muy especial. No quiero que le digas nada de nada.

Lo bueno de la amistad es que, a menos que la jodas, dura toda la vida y, sobre todo, muchas veces no necesitas hablar demasiado para que la otra persona entienda lo que quieres decir.

Cuando entramos en el restaurante, mi mujer y yo, ellos ya estaban esperando en la mesa. Él muy sonriente e Isabel intentando parecer normal, pero conseguiendo su objetivo más o menos. Los besos de rigor, todos encantados de vernos… Vamos, lo habitual.

El camarero se acercó para anotar. Me adelanté.

— Disculpe, ¿puede venir en unos minutos?

— Por supuesto, señor.

Todos me miraron con extrañeza, sin saber muy bien qué decir, aunque Isabel era la que me miraba con más interés.

— Bueno, tengo una sorpresa para vosotros.

Todos relajaron la mirada salvo Isabel, cuya cara se puso tensa. No demoré el momento. Les entregué un sobre a mi mujer y al marido de Isabel, que abrieron con interés, sin darse cuenta de que era a los únicos que se los había entregado. En cuanto miraron las fotografías que había en el interior palidecieron y se miraron entre ellos sin saber que decir y sin atreverse a dirigirse a nosotros. Ahí fue donde hablo Isabel, que no podía soportar más la situación.

— Esta mañana ya he hablado con mi abogado para una demanda de divorcio. Espero que haya merecido la pena la gran cagada que has cometido.

Yo también les hable a ellos, aunque miraba a mí mujer.

— Yo también he hecho lo mismo que Isabel. De hecho, es el mismo abogado y ya tiene copia de las fotos y del resto de pruebas. Ahora, sino os importa, Isabel y yo tenemos asuntos de los que hablar y una cena de la que disfrutar.

El camarero se acercó ajeno a la conversación y su frase me dio pie para decir la mía

— ¿Ya saben lo que van a pedir?

— Sí, que mi mujer y su marido se vayan porque no queremos verles la cara nunca más. La cena será para dos.

Se levantaron avergonzados, callados y como perdidos. En cuanto salieron del restaurante, tomamos la carta y pedimos la cena. Cuando el camarero se retiró, Isabel tenía los ojos ligeramente sonrosados.

— Eh, no lo hagas ni te culpes. Aquí los únicos que han hecho algo malo, los que nos han traicionado, han sido ellos. El lunes no queda más remedio que seguir con nuestra vida.

— ¿Y tú?

— Supongo que lo mismo. Nunca acabas de conocer a la persona con la que vives, con la que te acuestas cada noche. ¿Sabes? Tu y yo nos conocemos desde pequeños y sabemos quiénes somos. Por eso sé que, en este caso, la culpa no es nuestra. Nadie les obligó y no tenían nada que echarnos en cara, pero cada acto tiene una consecuencia. Así que, ahora, lo mejor que nos ha podido pasar es esto, aunque nos duela, aunque nos joda. ¿Sabes qué es lo peor?

— ¿El qué?

— Ser tan buen detective.

Isabel se rió. Tomé su mano con cariño, para que sintiera lo mucho que la estimo como amigo y que supiera que no está sola.

— Te quiero mucho, Isabel. Sabes que siempre estaré a tu lado.

— Lo mismo te digo.

El camarero apareció con la comanda.

— ¿Cenamos, Isabel?

— Por supuesto.

— Por cierto, no hemos pedido el vino.

— ¿Una copa?

— Esta noche, la botella.

Ahí ya no pudimos evitar reír a carcajadas. No teníamos muy claro qué pasaría después de aquel día, pero lo que sí sabíamos era que nuestra amistad estaba por encima de todo y de todos.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

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