Hanuiro había aprendido de los maestros y, aun así, había desorden en su interior. La meditación, a la que dedicaba parte del día, no aclaraba el origen de ese vacío.   

Así pasó un tiempo, hasta que una mañana una gota de rocío le mojó la nuca. Le sorprendió la sensación de frialdad de la humedad de una simple gota y cómo esta había convulsionado su cuerpo.   

Tuvo una revelación.

Hasta ese día todo estaba predestinado: el aprendizaje, el trabajo diario, las enseñanzas, los retiros a los sitios sagrados, las lecturas, las palabras aprendidas de los maestros que él repetía como suyas… Todo. Nada había crecido libre dentro de él. Todo había estado condicionado hasta aquel instante.   

Se retiró a un pequeño claro junto al río, donde se sentía a gusto. Tan pronto se sentó, pensó que allí, otro monje, otro maestro, se habría sentido a gusto, como él, pensando ser el primero en estar es ese mismo espacio.   

Sintió tristeza, se olvidó de sí mismo y dejó correr el sentimiento. Una lágrima emergió de sus ojos cayendo al río, mezclándose con la corriente. Ahí mismo tuvo una nueva revelación: “¿Por qué no averiguar dónde va mi lágrima; por qué no conocer qué hay más allá de lo conocido, de lo seguro; por qué no…”?   

Volvió al templo y solicitó a sus maestros poder salir de allí. Ellos no lo consideraban conveniente. Sin embargo, lo conveniente en su interior, así lo sentía, era salir. Insistió y la respuesta volvió a ser negativa. Entonces tomó la decisión de renunciar a los votos ante la consternación de todos.

Deshonrado, salió por la puerta de los expulsados. No le importó. Sintió que era más sabio que los hombres que le habían enseñado, pero, sobre todo, más humilde. No deseó ni mal ni bien. Comenzó un nuevo camino con lo aprendido. Aquella era la primera y última vez que abandonaba el templo.

Todo era nuevo. Paraba en cada flor, cada piedra, sonreía con la brisa, el polvo del camino, se fijaba en cada nudo de los árboles, saludaba a las personas que encontraba en el camino.   

Tras un buen rato se paró a pensar que, si se detenía a ver todo, no avanzaría demasiado y el camino no sería camino sino pasos. No por no parar no mostraría respeto a la naturaleza o lo inanimado. La belleza que realmente le conmoviera sería lo que le haría parar, aunque el respeto a las personas, saludando, era algo que debía hacer. Los humanos —pensó— somos así. Necesitamos que haya una comunicación, aunque sea sin palabras, para ser.   

Hanuiro paró en una pequeña posada a comer.   

Decidió mantener la dieta del templo, ya que así se sentiría mejor. Pidió arroz y unas verduras hervidas. Las personas que comían a su alrededor lo observaban. Cabeza pelada, ademán de monje, pero vestido como uno más del pueblo. Un hombre que le observaba se acercó y le pregunto si era monje.   

— Ese no es mi nombre. Soy Hanuiro. Monje es una palabra que ya no me define. Solo soy un hombre.

El que escuchaba sonrió y pidió acompañarle en su comida. Aceptó la petición y comieron en silencio. Al terminar, aquel hombre le preguntó a Hanuiro cuál era el propósito de su marcha.   

— No lo sé ni pretendo saberlo. Solo sé que mi camino es marchar y así lo he aceptado. Aprenderé a saber qué busco a medida que avance.   

El hombre no se sorprendió de la repuesta e hizo una nueva pregunta. Esta quería conocer la razón por la que había abandonado el templo.   

— No abandono nada porque no tengo nada más que a mí mismo y lo aprendido de mis maestros, que aprendieron de otros y estos, a su vez, de otros y así hasta el comienzo de lo que una persona como yo hizo una vez: preguntarse si había un nuevo camino. Sí lo hay, el propio.

» Cada día se es un poco más sabio si entendemos qué recibimos. Empiezo mi camino vació de todo y lleno de un poco de conocimiento aprendido el día anterior. Eso es todo. Deseo saber cada día un poco más y, quizá, poder compartir e intercambiar, que no enseñar, lo aprendido. Por ello agradezco tus preguntas, ya que mis respuestas me han aclarado el sentido de mi viaje. Me has enseñado dónde comienza mi camino así que, humildemente, me inclino ante ti. ¿Puedo saber tu nombre?   

El hombre, sorprendido al ver inclinado ante él a aquel desconocido, hizo el mismo gesto y respondió.  

— Nadie que merezca mayor respeto que tú. Soy tu igual como tú el mío. Mi nombre es Toraki. Tus palabras me han enseñado también. Así que hemos compartido conocimiento. Deseo lo mejor en tu viaje.   

Se separaron y no hizo falta más. Su sonrisa la guardaron como un valioso presente en sus vidas. Cada uno vivió su camino con sabiduría, con dignidad, realizando lo deseado de forma honrada, humilde y próspera. 

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

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