Comienzo el camino notando la brisa que pasa entre los árboles, que va, poco a poco, aumentando de velocidad o el impacto sobre mi cara.

Mis pasos hacen ruido sobre las pequeñas piedras y cantos rodados que hay en la tierra, como si estuvieran amasándola o pisándola. Noto un pequeño “cras-cras-cras-cras” continuo a medida que mis pasos avanzan.

Si miro a mi derecha, la maleza, con las moras negras que puedes coger con la mano, van apareciendo. Si ves a la izquierda, algunos pájaros salen de las copas de los árboles al notar mi presencia. Las ramas se mueven como si bailaran.

Prefiero el azul del cielo, pero hay nubes blancas que dan un aspecto de pequeña neblina. Esa misma neblina hace de filtro natural del sol.

Al fondo veo casas en la que parece que no existe ni vive nadie. Tejados a dos aguas, en forma de terraza, tejados sin nada, sin tejas, sin nadie en su interior, vacíos. Un molino de viento que da vueltas y gira y gira y gira para extraer del interior de la tierra un poco de agua para regar los cultivos.

Espacio.

Sigo andando. Sigo escuchando las piedras bajo mis pies. Sigo notando cómo avanzo sin pausa, con ritmo, con tranquilidad. Al fondo veo más árboles, colinas más o menos elevadas. Algunos techos de naves que todavía no sé lo que guardan en su interior. En algunas parcelas hay pequeñas casas de personas que van allí para pasar el día o cultivar pequeñas hortalizas, en un poquito de tierra, para tener para el día a día, que dejan en barbecho en el invierno. En cuanto llega la primavera, vuelven otra vez a plantar en ella y todo se llena de color.

Sigo andando.

Intento pensar que pasaré por espacios en los que jamás hubo nadie antes, que nadie ha pisado excepto yo mismo. Sin embargo, eso es imposible porque hay caminos y los caminos han tenido que hacerlos alguien, alguna persona, la que sea. Me da igual que fuera hoy, anteayer o hace doscientos años. En el fondo, cuando pensamos que estamos en un sitio por primera vez no es cierto. Alguien, antes que nosotros, seguramente ya pasado por ahí, aunque no quede ninguna señal, aunque no quede ningún vestigio, aunque que no quede ninguna marca ni piedra que lo indique, pero seguimos caminando y nos damos cuenta de que lo tomamos como algo natural, como que el camino siempre ha estado ahí y no reparamos en que alguien tuvo que marcarlo, construirlo y que está pisado, está marcado por pies, miles y miles de pies, infinitos pies que fueron serpenteándolo o describiendo en línea recta.

Silencio.

Cuando vamos por un camino pensamos que hay silencio, pero en realidad no es así porque nuestros propios pasos lo rompen y, aunque no estuviéramos, tampoco habría silencio porque existe el trino de los pájaros, existe el movimiento de los árboles y el sonido que éstos hacen cuando les da el viento. Incluso la pequeña hormiguita, que nosotros somos incapaces de sentir, seguramente hace ruido al moverse, pero es tan ínfimo el volumen que somos incapaces de percibirlo y por eso las pisamos sin darnos cuenta. Si pudiéramos sentir que están ahí, seguramente las evitaríamos y no las pisaríamos.

Sigo caminando.

Sigo caminando y me detengo, a veces, al ver algunas de las formas de las huellas, cómo la tierra del camino se va moviendo con la brisa, cómo las piedras se mantienen intactas en su sitio sin que nadie las mueva, salvo si lo hacen mis pies cuando las lanzo hacia adelante o las piso, hundiéndolas más en el terreno.

Camino siempre hacia adelante, sin saber muy bien hacia dónde quiero ir, pero conociendo el camino desde el principio. Sí, digo que no sé muy bien dónde quiero ir porque, en ocasiones, realizamos siempre la misma rutina una y otra vez en círculos, yendo hacia un lado y volviendo, pero en el fondo nos damos cuenta de que eso no es lo que queremos hacer, pero lo seguimos haciendo un día tras otro, un día tras otro, sin variar nada por el miedo que supone el desviarse, el encontrar una ruta diferente, distinta, oculta y eso nos aterra porque no implica únicamente romper con la rutina sino, a lo mejor, cambiar drásticamente nuestra realidad, nuestro momento y tomar decisiones que pueden ser vitales a la hora de dejar todo atrás e iniciar un nuevo camino.

Porque los caminos son eso: lugares que debemos recorrer, en principio si queremos, pero cuando llegamos a una bifurcación, a un cruce de caminos, somos nosotros los que elegimos ir hacia la derecha, hacia la izquierda, ir de frente o volver hacia atrás. Todo depende de nosotros. Así que, en la mayoría de las ocasiones, somos nosotros mismos los que decidimos no cambiar, somos los que decidimos que está bien todo como está, que no es necesario ningún cambio y, al final, nos damos cuenta, después de mucho tiempo, que no somos felices, que no hemos hecho lo que queríamos e intentamos echarle la culpa a otras personas, a otros instantes, a las acciones que realizamos aconsejados por otros… y no es cierto. Somos nosotros mismos los que realmente decidimos sobre nuestro camino.

La vida te da muchas opciones, infinitas, pero nosotros somos los que tenemos evaluar las que nos parezcan más importantes para lo que queremos hacer, tomar una decisión y, desde el momento en que la tomamos, somos responsables de la decisión tomada, de aquello que hemos dicho que vamos hacer, decir o realizar.

Sigo caminando.

Hay pájaros que comen algunas de las semillas de los terrenos, que vuelan en zigzag buscando insectos que llevarse a la boca — uno, cien, miles de insectos todos los días—.

Paso por terrenos en los que hay árboles frutales, en los que hay veletas hechas de manera rudimentaria con materiales reciclados. Escuchó las gallinas en sus gallineros. También veo cómo van creciendo las plantas de los espárragos y saludo a un vecino que está trabajando en la huerta, regando, acumulando leña para luego llevarla casa, plantando lo que sea para luego llevar su fruto, cuando crezca, a su casa. Son personas que han trabajado toda su vida entre la tierra de sus campos y fuera de ellos. Conocen lo que es hundir sus manos en el campo, escarbando, luchando para que salga alguna cosecha y también en una fábrica o haciendo cualquier otra cosa, me da igual el qué.

Camino.

Camino y pasó junto a unos olivos. No sé cuántos años tendrán, pero seguro que muchos. La tierra está limpia, recogida y las olivas van creciendo. Todavía no están maduras, pero dentro de poco lo estarán, se recogerán y, cuando lleguen al trujal, producirán aceite que servirá de alimento, el mejor para comer.

Sigo caminando y, a medida que me voy alejando de casa, a medida que voy recorriendo el camino, los ruidos de la pequeña localidad en la que vivo van desapareciendo, no todos, pero casi y al final van quedando únicamente los sonidos de la naturaleza. Te das cuenta de que todo se reduce a lo mismo: pájaros, el movimiento de las ramas, de la hierba y otras plantas, mis pasos que siguen avanzando por el camino, que siguen sin detenerse, un pie delante de otro, a ritmo porque todos y cada uno de nosotros, a la hora de hacer cualquier cosa, sea la que sea, buscamos un ritmo físico o interior, más o menos rápido, más o menos contundente, más o menos suave, más o menos musical, pero buscando un ritmo, ya sea para escribir, leer, caminar, andar o trabajar.

Calor.

Hace calor. La tarde va cayendo y mis pasos siguen uno delante de otro. Notó el sudor en mi espalda, que atraviesa la camiseta hasta la mochila. Mi respiración se acelera poco más rápida por el esfuerzo de caminar, de avanzar. Sigo sin saber qué hacer con mi camino. Por lo de pronto, ahora mismo recorro una etapa del mismo, que me lleva otra vez al punto de inicio. No me importa porque lo recorrido no sólo me sirve para hacer ejercicio, eliminar tensiones, pensar, concentrarme o descubrir nuevas ideas para escribir. Cuando voy a andar por los caminos y hago una ruta me preparo para avanzar hacia dónde quiero llegar. Aunque haga el mismo recorrido todos los días, aunque haga más o menos distancia, más o menos variantes y vuelva al punto de inicio, lo que estoy haciendo es prepararme para continuar, para seguir y para transformarme porque cada día que lo recorro lo hago más rápido, avanzó más distancia en menos tiempo, me canso menos y tengo más capacidad para pensar en aquello que quiera conseguir, aunque sea en el relativo silencio del momento.

Bajo mi gorra, delante de la mochila que va a mi espada y la bebida fresca que llevo dentro de ella, recorro el camino siendo consciente de cada paso que doy. Por eso, cuando llegó a casa y veo a mi hijo o a mi mujer no tengo que mirar atrás. No necesito hacerlo porque mi camino me lleva a ellos y con ellos, a un camino mucho mejor, aunque sea en pendiente, aunque sea línea recta, aunque sea más o menos difícil. Mi camino siempre va a ser junto a ellos, con ellos y tirando de ellos.

Fin.

Abrazos litreraios

Alejandro Guillán.

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