Comienza la música con el silencio más absoluto. Nadie habla, nadie toca un instrumento, pero la música ha comenzado. La respiración casi imperceptible, el humo que asciende de la taza de té, las manos que se pegan a la ropa para no moverse, el aire cálido que llega del jardín, el correr del agua de la fuente…Es el preludio de la danza.

Con los ojos cerrados, como en trance, Yinosura está quieta, inmutable en una pose casi desequilibrada sin que le tiemble un solo músculo del cuerpo. Otros danzarines la acompañarán en la representación. Y los sonidos de los instrumentos irrumpen de golpe.

Sus ojos se abren mientras sus manos, en un lenguaje que desconozco, pero que me atrapa, cuentan una historia. Una mujer sentada a mi lado me narra, en mi idioma y con frases cortas, para que pueda escuchar la música, la historia que hay detrás de la danza.

Naruoto, hija amada de un sencillo señor feudal, Takeshi, es de una hermosura inusual. Yinosura mira al abanico como si fuera un espejo.

Un día, un señor de mayor rango llega al pueblo y se aloja en casa de Takeshi. Naruoto baila para él como cumplido de su padre al huésped. Naruoto realiza una danza tradicional corta, sencilla y delicada. Hitoro, el invitado, hombre rudo y déspota, ordena llevar a la joven a sus aposentos, a lo que el padre se opone. Entonces, los guardias de Hitoro toman al padre por los brazos y amenazan con matarlo.

Yinosura baila asustada, temerosa y aterrada. Extendiende su mano hacia delante, como suplicando piedad.

Naruoto, entonces, suplica que no maten a su padre. Acepta ir con él a sus aposentos, pero a cambio desea terminar el baile.

Yinosura baila mientras va quintándose unas agujas de su pelo. La tristeza se apodera de la música y de los presentes.

Naruoto, que ama a su padre, baila para que no lo maten y, sabiendo lo que sucederá luego, se va despojando, a medida que baila, de los adornos del pelo y estos caen mientras lo hace y se deshace de ellos. Es como una flor a la que se le caen los pétalos hasta morir. Su padre no puede evitar llorar ante el sacrificio de su hija.

Yinosura baila de tal forma que todos podemos ver el dolor, el miedo y el amor de Naruoto hacia su padre.

A Naruoto, tras dejar caer los adornos de su pelo, sólo le quedan las agujas que sostienen su melena. Su padre tiene la cara empapada en lágrimas. Ella sigue bailando mientras cae la primera de las tres agujas. Luego la segunda cuando se acerca a su padre.

Yinosura se recuesta sobre su mano como si fuera el padre quien sostuviera su cabeza.

Y ocurre. Al levantarse, tras derramar una lágrima de despida hacia su padre, quita la última aguja mientras el pelo se derrama sobre su espalda, tan oscuro como el azabache, tan brillante como la luna y tan suave como la pluma de cisne.

Yinosura, se queda inmóvil, parece que el baile ha terminado.

El odioso señor feudal se ha puesto en pie.

Yinosura esboza una sonrisa.

Naruoto avanza hacia el amenazador señor feudal, quien la cree entregada a su poder. Al llegar a su altura, con la rapidez del tigre, la certeza de la serpiente, y la fuerza del dragón, descubre la aguja y atraviesa, desde el cuello hacia arriba, toda su cabeza, acabando con la vida del señor feudal al momento. Los soldados son abatidos por las flechas y las espadas de los súbditos del padre.

Yinosura se queda quieta en un silencio teatral.

El padre avanza de Naruoto se acerca a su hija. Ella sabe que no podrá seguir en la casa de su padre después de lo que ella ha hecho. Sin embargo, para su sorpresa, el padre comienza a atusarle el cabello mientras todos observan sorprendidos. Le mesa el pelo mientras un hombre le entrega una cesta. En ella hay nuevos adornos, que va colocando en el pelo de su hija. Así uno tras otro hasta casi finalizar.

Yinosura mueve sus manos sorprendida mientras el danzarín que hace de padre le recoge el pelo.

Takeshi toma tres agujas de la cesta y, uno a uno, los hunde en el pelo de su hija a medida que recoge sus hermosos cabellos. Su hija no sólo no ha perdió el honor si no que, introduciendo una cuarta aguja de jade en su pelo, comunica que ella es su bien más preciado y que, como tal, será entregado. Aquel que la dañe sufriría su ira más terrible.

Yinosura se gira y se abraza al pecho del danzarín. Se levantan, hacen una reverencia y finaliza la danza.

La música suena y nos envuelve en un clima de ensoñación, de baile, de amor que se diluye poco a poco hasta que la música termina como empezó, sin más.

Me quedo un poco como ensimismado, después de agradecer a la señora sus explicaciones.

Los bailarines desaparecen y Yinosura, con un kimono de seda pintado a mano, en el que pueden verse una pequeña aldea, una cascada que recorre su espalda, un bosque de bambúes, un dragón, tantos detalles que parecen inspirados en los dibujos de Hokusai, hace acto de presencia en el salón. Todos la aplauden, incluido yo, y la reverencian.

Me siento nuevamente con las personas que me han traído allí. Es entonces cuando Yinosura se acerca y pide tomar el té con nosotros. Todos se sorprenden ante este honor y aceptan sin ni siquiera pensarlo. Ella se acerca y se sienta a mi lado. Mi miran asombrados. Me sonrojo e intento disimular acercando mi mano a una taza de té. Antes de poder siquiera tocarla, ella me hace un gesto. Me quedo petrificado. Todos la observan. Retira mi taza, que recoge la señora que hace un momento estaba a mi lado y ya no está.

La mujer se acerca con agua caliente y Yinosura me prepara el té. Lo bebo y descubro que, siendo el mismo, sabe diferente. Sonrío complacido por el té, por la atención y por su belleza. Ella no me ha mirado, por supuesto… La tradición.

Todo lo llena un aura de placidez, de una extraña felicidad completada por un gesto que a todos sorprendió por su significación. Todos vimos que ella, al igual que el personaje que interpretaba, llevaba puestas cuatro agujas, una de ellas de jade. Fue entonces cuando hizo lo que nadie podía creerse. Elevó su mano, se quitó la aguja de jade y la tomo en sus manos. Nos quedamos estupefactos. Y en ese estado, sin levantar la vista, colocó la aguja delante de mí, apoyo sus manos en el suelo, se inclinó hacia delante y así quedo esperando.

Ella, el mayor tesoro que un padre pueda tener, se me ofrecía. Me miro todo el que allí estaba. Lo vi claro. Me coloqué de rodillas frente a ella. Me incliné hacia adelante en señal de respeto y, al volver a mi posición, tomé la aguja. Ella volvió entonces a su posición anterior, me miro directamente a los ojos. Sonrió.

Se colocó nuevamente a mi lado, pegada a mi cuerpo. Me volvió a servir té y, mientras yo bebía, me tomo una mano. Le ofrecí mi taza de té, que estaba mediada, y ella volvió a mirarme. La tomó entre las manos y bebió despacio, degustando el té y el sabor de mis labios en la taza. Cuando dejo la taza todos nos observaban.

Ella sonrió de nuevo, yo le tomé la mano y ella me la asió fuerte. Comenzamos a hablar y conversar con los nos rodeaban. Todo fluyó, y fluye, como debe ser.

Ahí comenzó nuestro camino, hasta el día de hoy.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

27 Infinitos.

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