Una de las cosas que más sorprende del museo de Casa das Artes es la cristalera que hay en el techo, hasta hace no mucho tiempo tapada con una especie de tela. Fue todo un acierto el decidir quitarla y poder contemplarla siempre que entras en sus instalaciones.

Habían bajado despacio, disfrutando del calor que hacía, acompañados de una brisa suave. Iban agarrados del brazo. A él le gustaba sentir el calor de su piel, el olor que desprendía el perfume que se había puesto en el cuello.

Cuando llegaron al centro, lo primero que hicieron fue pasear por la Calle del Príncipe y mirar escaparates. Nada más que eso. No entraron en ninguna tienda porque no les interesaba ni a él ni a ella. Cuando fue la hora de la apertura de las salas del museo, se dirigieron directamente a la exposición. En ella estuvieron mucho tiempo, observando cada cuadro, cada pieza con detenimiento, bien de pie, bien sentados. Contemplaron todo durante un buen rato, para luego hablar entre ellos de lo que les parecía, lo que llevaba, en ocasiones, a diálogos serios y otras veces la conversación iba asociada a risas contenidas por los comentarios que hacía el otro.

Allí estaban los dos, Silvia y Daniel, mirando una serie de cuadros de la nueva exposición que había colgados.

— ¿Qué te parece?

— ¿A ti?

— Un amanecer. ¿Y a ti?

— Un huevo frito —respondió—.

— ¿Qué tonto eres?

— ¿No te lo parece?

— Bueno, cada uno lo interpreta como quiere.

En cuanto la recorrieron por completo salieron de allí y fueron dando un paseo hasta el paseo del Náutico. Se pararon delante de la estatua de Julio Verne, hecha en bronce, y después anduvieron hasta el pequeño espigón que hay al final de la parte que protege la entrada a la zona de los barcos de recreo y los que cruzan la ría hasta Cangas o Moaña. Silvia se sentó encima del ancho muro sobre el que golpea el mar, junto al pequeño faro de entrada. Él hizo lo mismo.

Estuvieron escuchando las olas con tranquilidad, el sonido del agua batiendo contra el hormigón y vieron cómo iba subiendo poco a poco la marea, cómo el agua azul cambiaba de tonos hacia otros más verdes, más turquesas, más plata cuando el sol incidía sobre el agua, sobre las crestas de las olas. No hablaban y, si lo hacían, era casi con gestos.

No pensaban en el tiempo que pasaba, pero notaron cómo la tarde iba cayendo y decidieron volver sobre lo andado hasta a la zona del paseo y llegar hasta centro comercial que hay al final de este, en dirección a Beiramar. No entraron en él sino que cruzaron la carretera y subieron las escaleras que dan al casco viejo, a La Piedra, y de allí al mirador que hay sobre el mercado. Más tarde sus pasos subieron en dirección a la Colegiata hasta terminar en la Plaza de la constitución.

Estaban muy a gusto, cada uno con sus pensamientos y, al mismo tiempo, pensando en el otro. Debería haber sido una tarde tranquila, de esas que son imposibles de olvidar. El problema fue que iban a comprobar, ambos y por razones distintas, que eso no iba a ser posible.

Iban andando tranquilamente, cogidos del brazo, pegados el uno al otro, cuando de pronto escucharon una voz detrás de ellos.

— ¿Se puede saber qué haces aquí, Silvia?

Era una voz de hombre dura, aséptica, fría e insensible. Ella se quedó congelada y Daniel lo notó en su brazo. Aquella chica que había conocido la noche anterior dio la vuelta temblorosa, despacio, demasiado despacio y él vio en su rostro pánico, preocupación y miedo.

Cuando terminaron de darse la vuelta había un tipo que la miraba sin prestar atención a nadie más que ella.

— ¿Se puede saber por qué te fuiste ayer del local? Que puedas no quiere decir que debas hacerlo y menos sin decirle nada a nadie.

— Verás, no me encontraba bien, no estaba gusto y decidí marcharme.

— Ya, pero yo no te di permiso para que lo hicieras o es que, ¿acaso crees que puedes pirarte de allí cuándo te dé la gana, con quién te da la gana y gratis? A ver si te entra en la cabeza que trabajas para mí y yo decido cuándo te vas a casa, cuándo puedes quedar libre, cuándo puedo dejar que salgas.

» Te has tomado la libertad de hacer lo que piensas que puedes hacer cuando no es ncierto.

Daniel escuchaba aquello sin decir nada, sin pensar en nada. Sólo escuchaba al tipo ese. Silvia calló durante un momento y Daniel aprovechó para mirarla y preguntarle.

— ¿Te ocurre algo?

— No. No me ocurre nada, pero me tengo que ir.

— ¿Cómo que te tienes ir? No tienes por qué hacerlo. No te puede obligar.

— Por favor, me tengo que ir ahora. Daniel, es muy fácil decirlo pero muy difícil hacerlo. Ojala fuera todo diferente.

Aquel hombre la interrumpió.

— Tiene razón. Tiene toda la razón del mundo. Ella es mía y sabe que soy yo quien decide qué puede y no puede hacer, pero esta vez se ha equivocado bastante y me parece a mí que vamos a tener que hablar con tranquilidad sobre tu manía de creer que estás por encima de todo y de todos.

— No tienes por qué hablarle en ese tono —le encaró Daniel—.

—Tampoco deberías meterte en una conversación que no tiene nada que ver contigo. Así que, si no te quieres ganar unas hostias, mejor te callas y tú —señalando a Silvia—, para que lo sepa tu “amigo”, le vas a soltar el brazo y te vas a venir conmigo ya.

La cara de ella se demudó, se volvió fría. Soltó la mano del joven y avanzó unos pasos, hasta quedar al lado de quien le había llamado, dándole la espalda a Daniel. El hombre le miró y sonrió en señal de dominio.

— ¿Lo ves? Da igual lo que sienta por ti, da igual lo que ella quiera. Es mía y hará siempre lo que yo le diga hasta que yo quiera.

Silvia siguió sin mirar atrás hasta llegar a la altura de los dos hombres, que debían ser los guardaespaldas de quien se la iba a llevar. El hombre se giró y se fueron de la plaza, dejando a Daniel plantado en el punto en el que estaba, sin saber muy bien qué era lo que había sucedido, pero con la claridad de que aquel no iba a ser la última vez que se vieran.

Fue detrás de ellos hasta la salida de la plaza y sólo pudo ver cómo tres hombres y una mujer se introducían en un coche enorme, que arrancaba y se iba de allí un poco apurado. No podía hacer nada más allí, pero su cuerpo le pedía algo que no entendía bien qué era.

Fue entonces que una idea empezó a abrirse paso en su cerebro. Una idea absurda, inconsciente, pero que avanzaba con paso firme y que parecía querer asentarse en su cerebro, hasta que una voz en su interior le hablo: ¡Hazlo!

Fue a la parada de taxis y subió a uno para que lo llevara a casa. En cuanto subió a su piso, se metió en la ducha, lo que consiguió calmarle, pero no hacerle olvidar la decisión que había tomado.

Se vistió con la ropa que sabía le sentaba bien, se calzó y salió de casa. Al salir del edificio, subido en su coche, se preguntó a sí mismo: ¿Qué coño estoy haciendo y en qué mierda me voy a meter? Todas las respuestas a las preguntas que se hacía tenían frases similares: no vayas, no hagas nada, déjalo correr, no merece la pena, no eres un héroe, ¿merece la pena joderte la vida por ella?… Así una tras otra, pero las desechaba en el cubo de la basura de los que no quieren pensar y hacen lo que les dicta el corazón y no la cabeza.

Paró el coche cerca del local en donde la conoció y esperó un rato largo a que hubiera más ambiente y, así, pasar desapercibido. En cuanto la madrugada cayó y sintió que ya podía entrar, lo hizo. Al menos los porteros de la puerta no eran los tipos que habían aparecido en la plaza junto a aquel tipo, aunque se fijó en que había cámaras en la entrada. De nada servía ahora intentar bajar la cabeza.

Entró y fue a la barra directamente. Se sentó en la misma silla alta y pidió la misma consumición que la anterior vez. El camarero le habló.

— ¿Buscas a alguien?

— Sí. El otro día conocí a una chica aquí mismo, en la barra.

— La recuerdo.

— Se llama Silvia.

— Bueno, no suelen decirme su nombre ni tampoco recuerdo todos los que escucho.

— Pero a ella seguro que la recuerdas. Trabaja aquí.

Aquello puso en guardia al que estaba tras la barra.

— ¿Perdona?

— ¿Está Silvia?

— No la conozco. Disculpa, me llaman.

Y lo dejó con la palabra en la boca. Lo siguiente que observó fue como el “barman” hacía una llamada.

— ¡Mierda!

— Daniel, ¿qué haces aquí?

Este se giró al escuchar la voz de la mujer que buscaba.

— Vengo a buscarte.

— Estás loco, Daniel. Vete antes de que sepan que estás aquí.

— ¿Y qué hay de nosotros, Silvia? ¿Qué hago? ¿Me largo y no te vuelvo a ver? ¿Me olvido de ti?

—  Sí, haz eso. Como si no me hubieras conocido nunca.

— ¿Es lo que quieres?

— Sí.

— Se acercó a ella hasta quedar a menos de un centímetro de su cara.

— ¿Es lo que quieres?

— …

— Contesta.

Ella bajó la mirada.

— No puedo.

— ¿No puedes o no quieres?

Levantó la mirada hacia sus ojos.

—  Quiero irme…, pero no puedo. No siempre se cumplen los cuentos de hadas y muchas veces el destino es un cabrón sin sentimientos. No quiero que te hagan daño. Vete.

Daniel le tomó de la mano.

— Te vienes conmigo.

— Estás loco, Daniel.

Ella no hacía fuerza para tirar de su mano porque, en el fondo, quería creer que podía, esta vez, ser verdad el cuento, pero nada más dar unos pasos apareció la figura del tipo que se la había llevado.

— ¡Anda! Tú, de nuevo. Perdonadme, pero no sé qué es lo que no te ha quedado claro. Por cierto, ¿dónde creéis que ibais? Silvia, cuántas veces te lo tengo que decir. Y tú, ¡suéltala de una puta vez!

— Nos vamos de aquí juntos.

Los gorilas de la tarde, que estaban detrás de él, iniciaron el movimiento para impedírselo, pero un gesto de aquel hombre los detuvo.

— Mira, muchacho. Te lo diré una única vez. Vete donde quieras, pero ella se queda aquí. ¿Lo has entendido?

— No. Se va donde ella quiera.

— Vale, como quieras. Vamos a llevarlo fuera sin que se note.

Los dos hombres se acercaron a Daniel. Uno de ellos le golpeó en el estómago, provocando que se doblara sobre sí mismo. Entre los dos hombres, cada uno tomándolo por un brazo, se lo llevaron.

Lo sacaron a rastras a la parte de atrás del local, que daba a un callejón oscuro. Junto a los gorilas iba el jefe, que tenía sujeta a Silvia por un brazo. En cuanto se cerró tras ellos la puerta, en la soledad fría de aquel instante, en ese lugar por el que no pasaría nadie, el señor Rivas estaba más que mosqueado. Se acercó a aquel “tocahuevos” y, sin mediar palabra, comenzó a sacudirle una y otra vez. Daba igual donde impactara el puño, ya fuera la cara, el estómago o en la zona de los riñones. No había el menor atisbo de compasión en lo que hacía. Era algo a lo que se notaba que ya estaba acostumbrado y, seguramente, era habitual. No había más que ver la seguridad con la que le daba la paliza.

Se detuvo un instante para tomar aire.

— ¿Tú qué cojones creías que iba a pasar al entrar en mí local, imbécil? ¿Qué te ibas a ir de rositas con ella? ¡Vamos, no me jodas!

Daniel intentaba soltarse, pero aquellos hombres eran más fuertes y le era imposible hacer nada por cambiar la situación. Silvia lloraba desesperada.

— Rivas, por favor, suéltalo.

— Una mierda, Silvia. Todo lo que está pasando ahora es culpa tuya, nada más que tuya. Siempre con tus gilipolleces. Debería llenarte de hostias a ver si así espabilabas de una puta vez, pero claro, no podías evitar buscar un príncipe azul, ¿no?

— Te lo ruego, deja que se vaya.

— A ver si te entra en la mollera, nena. Tú eres mía, pagué por ti, trabajas para mí hasta que saldes tu deuda y tu amigo, tu novio o quien coño sea este gilipollas se irá cuando me salga de los cojones. ¡Sujetadle! A ver si le queda claro de una puta vez que se tiene que olvidar de Silvia.

Se remangó los puños de la camisa del conjunto que de lino autentico que llevaba puesto. Y comenzó a golpear en el cuerpo del muchacho una y otra vez, hasta que las marcas en la cara de Daniel empezaron a ser más que evidentes.

— ¿Te vas a largar?

— No.

— Perfecto. Sigamos.

La lluvia de golpes no paraba. Se notaba que tenía experiencia en este tipo de asuntos y que no le importaba hacerlo él mismo. Se detuvo otra vez.

— ¿Más?

— Más.

— Como tú quieras, valiente.

— ¡Para, Rivas!

La voz de Silvia lo detuvo un instante.

— Mejor te callas la boca y déjame hacerle entender a tu amigo qué es lo que más le conviene.

Se giró de nuevo hacia él. Iba a darle un nuevo puñetazo en la cara, pero Silvia le agarró la otra muñeca y tiró hacia ella, lo que provocó que el puñetazo se desviara e impactara en la cara de uno de los que sujetaban al muchacho, haciendo que le soltara el brazo que asía. Esto sorprendió al otro compañero, momento que aprovechó Daniel para soltarse y golpear el rostro del señor Rivas con todas las ganas y las fuerzas que le quedaban. Su puño impacto en la parte de la mejilla derecha de su rostro, aunque donde lo hizo con mayor fuerza y por la trayectoria que tomó fue en la nariz. El ruido del hueso que se rompía, la cantidad de sangre que empezó a chorrear provoco la mirada de sorpresa del señor Rivas, que miraba a Daniel con incredulidad, sorpresa, para luego ver hacia él y mirarle con un odio sin medida.

Aquel hombre apartó sin miramiento y de una fuerte bofetada a Silvia, mientras los hombres que sujetaban a Daniel lo asieron con más fuerza nuevamente. El señor Rivas llevó la mano a la parte de atrás del pantalón, mientras su camisa se llenaba y manchaba de sangre. Silvia intentó levantarse rápido, pero ya era tarde. Algo brillante apareció en la mano de aquel hombre, una navaja, y, sin perder tiempo, la clavó en el estómago de Daniel un par de veces. Luego acercó su cara a su oído.

— Tenías que ir  de héroe, ¿verdad? Bueno, pues ahora usa tus superpoderes para no morir, hijo de puta.

Daniel quedó sin fuerzas y, al soltarlo a un gesto del jefe, cayó sobre el asfalto de la calle, llevando sus manos a las heridas, intentado taponar la sangre que salía a borbotones. Silvia corrió hacia él, lo tomó en brazos entre sollozos mientras el señor Rivas y sus guardaespaldas observaban la escena.

— ¿Qué has hecho, Daniel? ¿Qué has hecho?

— El imbécil y lo correcto. No podía dejarlo estar.

— Yo no quería esto.

— No importa. Nos hemos vuelto a ver.

— Daniel…, sólo tenías que olvidarte de mí, sólo eso.

— ¿Cómo iba a hacerlo ahora que te he encontrado?

Su risa y su sonrisa se iban pareciendo cada vez más a una mueca a medida que perdía más sangre por las heridas.

Justo en ese instante unas luces en tonos azules iluminaron el callejón en el que estaban. Un coche patrulla paso, pero debió de notar algo allí dentro y el movimiento de las luces comenzó a ir hacia atrás. El señor Rivas miró en la dirección de las luces y avisó a sus hombres para entrar de nuevo en el local. Antes de hacerlo se dirigió a Silvia.

— Entra ahora mismo, zorra.

— Cómo intentes hacer que lo haga, correré hacia ellos y les diré que has sido tú quien le ha apuñalado.

El señor Rivas la miró y supo que era cierto lo que decía.

— Ya hablaremos.

— ¡No! Me vas a dejar en paz de una vez. He visto todo lo que le has hecho y lo confesaré a la policía. Te lo repito. Ya no existo para ti.

Se sostuvieron la mirada.

— Está bien. Te dejaré en paz. Pero como vuelva a verte por aquí o donde sabes que estoy, te reventaré como lo he hecho con él.

— Ni me acercaré.

— Siempre supe que no podía confiar en ti. Eres una hija de puta.

— Lárgate o te verán.

Cerró la puerta tras él.

Dos agentes de la policía se acercaban con las manos en el arma sin desenfundar y las luces de las linternas dirigidas a ellos. En cuanto vieron el cuerpo ensangrentado de Daniel, uno de ellos se apuró mientras el otro le indicaba a Silvia que se apartara de él. Los gritos de la policía, las luces y el coche parado en la entrada del callejón, llamaron la atención de algunas personas, quienes sacaron sus móviles para hacer fotos y grabar vídeos, seguramente deseando subirlos a la red o llamar a algún medio de comunicación para venderlos como exclusiva de la inseguridad que había en la ciudad.

Las ambulancias llegaron rápido y los médicos de la UVI móvil no perdieron tiempo. En nada ya lo tenían subido en la camilla, haciendo sobre él mil gestos, colocándole aparatos conectados a sus dedos y el pecho, pinchándole en el brazo, hablando entre ellos, subiéndolo a toda prisa en la ambulancia y volando al hospital.

Cuando Daniel abrió los ojos en la UCI estaba lleno de cables por demasiadas partes de su cuerpo. Habían tenido que operarlo de urgencia y no daban un euro por él. Milagrosamente, salió de la operación y, aunque muy grave, iba evolucionando positivamente. La enfermera que lo atendía avisó al médico y este fue hasta su cama.

— ¿Puedes hablar?

Daniel respondió afirmando con la cabeza.

— Has tenido mucha suerte. Si hubieran tardado un poco más, no podríamos haber hecho nada.

— Gracias.

— Por cierto, tu novia ha estado las veinticuatro horas a tu lado. No podía entrar todo el tiempo, pero no se ha querido ir del hospital. Imagino que querrás verla.

Los sedantes le aliviaban el dolor, aunque le sorprendió el escuchar lo que había dicho.

— Sí, por favor.

Salió un momento y al regresar iba acompañado de Silvia quien, nada más verle, apuro el paso. Acercó su cara a la suya y le besó en los labios.

— Bueno, os dejo solos —comentó el doctor—.

En cuanto se alejó, Silvia, que lloraba mientras le acariciaba, habló bajo.

— Lo siento, Daniel. Lo siento mucho.

— Ahora ya está. No te preocupes. Por cierto, ¿mi novia?

— No me hubieran dejado estar a tu lado si no se lo hubiera dicho.

— Ah, era eso.

— Y porque te quiero.

— Mejor escuchar eso. Una pregunta.

— Dime.

— ¿Qué le has dicho a la policía?

Silvia le miró serio.

— Te lo pregunto porque, ahora que estoy despierto, les llamarán y vendrán para saber qué ocurrió. Venga, dime.

— Pasábamos por el callejón para ir a la entrada del local y unos tipos, con la cara tapada, nos quisieron atracar. Tú me quisiste defender, pero ellos eran más y, además de la paliza, te acuchillaron. Se fueron corriendo en cuanto vieron y escucharon las luces de un coche patrulla que, casualmente, pasaba por allí. No se llevaron nada. No pude dar una descripción de ellos porque estaba oscuro y tenían la cara cubierta.

— Vale. Me parece bien. ¿Qué vas a hacer cuando salga de aquí?

— No lo sé. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.

— ¿Y el señor Rivas?

— Sabe que sé que ha sido él quien te ha hecho esto. Si se acerca a ti o a mí iré a la policía. Me ha dejado en paz para siempre.

— Entonces puedes venir a casa.

— Daniel, no tienes…

— Quiero hacerlo, si tú quieres. No tienes que escapar más. Ahora no.

Silvia le miró con intensidad. Acarició su rostro y le besó nuevamente.

— Me quedaré a tu lado. Juntos.

El doctor se acercó a la cama.

— Disculpadme. Daniel, ¿cómo te encuentras?

— Mejor.

— ¿Puedes hablar?

— Sí, ¿por qué?

— La policía ha llegado y quieren hacerte unas preguntas.

— Claro, lo que necesiten. ¿Puede acompañarla fuera? Luego hablamos, cielo.

— Vale, cariño. ¿Seguro que estás bien?

— Sí, todo bien.

Cuando entraron los agentes, Daniel tenía muy claro que nadie le separaría de Silvia jamás.

Abrazos literarios

Alejandro Guillan.

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