Sabía de sobra lo que pensaban él. Había escuchado conversaciones, disimulando, de personas que él consideraba cercanas y que, en el fondo, se reían de él. Intentaba pensar que no le importaba lo que decían, pero en el fondo sabía que aquello le molestaba y, sobre todo, le hacía sentir que no le conocían en absoluto.

Sin embargo, el problema era que él siempre se había mostrado así desde el primer momento, imagino que por inseguridad. Sí, en el fondo se sentía muy inseguro y por eso había tomado como norma, cuando salía de marcha por ahí y quedaba con los amigos en las fiestas o cualquier otro evento en el que hubiera gente, tener esa especie de personalidad del imbécil de turno.

Antes de salir de casa siempre se miraba en el espejo a los ojos y se decía a sí mismo que aquella sería la última vez que quedaría, pero al final siempre acaba cayendo en las mismas rutinas. Vestía ropa que no le quedaba bien, pero que era la moda que se lleva en ese momento. Incluso el peinado no era él que quería. Cuando llegaba a las los locales tenía la puñetera costumbre de hacer lo que hacía alguno de los actores que había visto en alguna película, que era llegar con unas gafas de sol y gritar “hola, hola” y señalaba así, con el dedo índice, hacia alguien que estuviera en el fondo, que no se sabía bien quién y la gente se reía, lo saludaban y se miraban entre ellos pensando: “joder, qué gilipollas es el tío este” y él lo sabía, pero lo asumía como algo natural, como algo que tenía que ser así, como algo que él mismo había fomentado.

Las mujeres tampoco lo tomaban demasiado en serio porque, cuando lo miraban en ese tipo de situaciones, más que atracción les provocaba rechazo. Tampoco vamos a pensar que no se había acostado con ninguna, pero cuando se despertaba siempre lo hacía sólo. Aunque hubiera llevado alguna mujer a su casa nunca se quedaban y aprovechaban que él dormía profundamente para recoger sus cosas e irse. Lo que él no tenía muy claro era si lo hacían porque se arrepentían, porque en el fondo no les había gustado o porque, sencillamente, no querían ningún tipo de compromiso y lo único que les apetecía era un polvo, aunque tampoco sabría decir si bueno, malo, regular o el más maravilloso en la vida de ellas. Como no se quedaban para saberlo, para desayunar o decirle “ya nos veremos por ahí” … No, no se quedaban nunca y eso, a él, le hacía sentir mal. Le hacía sentir menos; le hacía sentir incómodo; le hacía sentir que, en el fondo, no era demasiado importante para nadie o, al menos, eso era lo que él creía. Sí, ese era el concepto, eso era lo que él creía.

Una noche se preparó para salir, como lo hacía habitualmente. Iban a cambiar de local porque habían abierto uno hacía poco tiempo y querían saber cómo era, la música que pinchaban, el ambiente que había, si les gustaba o si no, la gente que andaba por allí…, todo.

En el fondo, lo que a él le gustaba era escribir. Lo que pasaba es que no se centraba. Le gustaban las palabras, jugar con las metáforas, las imágenes, lo que veía habitualmente, con todo aquello que le rodeaba, lo que llevaba de bagaje encima desde que tenía uso de razón, pero era incapaz de hilar demasiadas frases seguidas porque…, no era que se despistara, sino que no acaba de encontrar su forma de escribir, su razón para sentarse y utilizar el tiempo que tenía, que era mucho, para hacerlo.

Sin embargo, aquella noche hizo lo de siempre.

Podía haberse quedado en casa. Nadie lo echaría de menos, eso seguro, pero se obligó a salir. Se vistió, cogió el coche, quedó en el local en el que habían decidido ir aquella noche, entró en él y, cuanto vio al grupo de amigos, hizo la misma tontería de siempre: hacerse ver con su ropa a la moda, pero que no le quedaba bien, poner su sonrisa forzada, su gesto de señalar no se sabía a qué o a quién y, bueno, las horas fueron transcurriendo sin prisa, pero él, a diferencia de otros días, notó que se le iban haciendo largas, vacías de contenido. Se empezaba a ver a sí mismo como alguien que no reconocía, como alguien que estaba perdiendo el tiempo.

Sinceramente, estaba allí por estar, no porque quisiera hacerlo y paso que, en un momento concreto de la noche, ni siquiera se fijó en la hora, empezó a sentirse incomodo, a tener la sensación de estar de más, a ser consciente de verdad de que, si desaparecía de allí, nadie lo iba a tener en cuenta, a nadie le resultaría extraño no reparar en su presencia porque, en el fondo, era alguien insignificante para ellos.

Se acercó a la barra y se sentó en una de las butacas altas que había frente a ella. Le entró un poco la risa porque se vio a sí mismo como el típico protagonista de película que se sienta en la barra y le da la chapa al camarero con sus problemas, preguntándole quién sabe qué.

No quiso ser ese tipo de hombre. Sencillamente pidió algo sin alcohol: zumo de naranja. Con lo que le costó podía haber comprado diez o doce botellas de aquella bebida, pero le dio igual. Sólo quería estar con sus pensamientos, sin molestar a nadie.

En eso estaba cuando alguien se sentó a su lado. Era una mujer. Pelo corto, liso, negro. Tenía unos ojos brillantes, sonrisa sincera o, al menos, eso le parecía, aunque en ese momento no se había fijado demasiado en ella. Llevaba un vestido ajustado al cuerpo, corto, pero sin ser vulgar. Zapatos de tacón no demasiado altos. Tenía una buena figura, pero sin ser extremadamente delgada. Era una chica normal, pero con encanto. Tenía algo. Él siguió tomando su zumo, tampoco tenía muchas ganas de hablar con nadie, hasta que escuchó la voz de ella que le preguntaba.

— ¿Estás aburrido?

Él se giró hacia ella y, por primera vez en su vida, habló con sinceridad. En esos momentos se mostraba cómo era realmente porque, la mayoría de las veces, soltaba chorradas o las frases típicas que no aportaban nada y que hacían que nadie pudiera saber si estaba hablando en serio o en broma. Sin embargo, en ese instante, cuando ella le habló, no supo el porqué, le dijo.

 No quiero estar aquí. Ni siquiera sé por qué he venido.

Ella lo miró un poco sorprendida por la sinceridad de aquellas palabras. Se quedó callada. Le miró. Él iba a girarse para volver a la posición en la que estaba, convencido de que aquellas palabras habían hecho que, otra vez más, una chica se fuera de su lado, pero en aquella ocasión la respuesta que escuchó fue diferente. Las palabras concretas fueron:

— Yo tampoco quiero estar aquí. Me aburro, pero no puedo hacerlo.

Aquella última frase le llamó la atención y se giró otra vez hacia ella, con el zumo en la mano, con la espalda más erguida y le preguntó:

— ¿Por qué?

— Porque no puedo irme, porque no me dejan, porque estoy atrapada.

— ¿Atrapada? No, no veo que haya nada que te que ate a la silla.

— No, no, no, no, no. Nada me ata, no hay cuerdas físicas, no hay grilletes. No, no, no. Vaya, es la primera vez que alguien me habla así.

— Pues que sepas que es la primera vez que hablo así delante de nadie.

— Vaya, entonces soy afortunada.

— Pues ahora que lo dices, no sé decirte si es algo bueno o malo. Lo único que sé es que estoy empezando a arrepentirme de decirte estas cosas porque las estoy diciendo como las estoy pensando.

— Por mí no tienes que arrepentirte. Todo lo contrario.

— Te lo agradezco.

— La mayoría de las veces, los hombres que quieren hablar conmigo lo hacen para decirme lo guapa que soy, lo buena que estoy, si pueden invitarme a una copa, que qué voy hacer después, si me quiero ir con ellos o, directamente, me preguntan si quiero follar, sin más.

— Entonces, si no tienes ninguna atadura, ¿por qué estás aquí?

— Porque es lo que hace todo el mundo.

— A mí me ocurre lo mismo. Lo que pasa es que a mí me miran como a un payaso.

— Venga, hombre. Tampoco es para que te machaques de esa manera.

— No, no, no, no. Es cierto. Me doy cuenta de que visto como un gilipollas, mi peinado no me queda bien, que en el fondo no quiero estar aquí con mis amigos. Bueno, los que yo considero mis amigos, no lo son de verdad. Se ríen de mí. He escuchado sus burlas, aunque yo me haya hecho el despistado, pero se ríen de mí. En el fondo no me conocen ni tampoco veo que quieran hacerlo. Lo único que les importa es salir de fiesta, conocer gente, ya sean chicos o chicas, y desfasar. Pero a mí no me va eso.

— ¿Y qué es lo que va a ti?

— Sinceramente, no lo sé. Bueno, me gusta escribir.

— ¿Eres escritor?

— No, no, para nada. Me gusta escribir, pero por ahora sólo escribo poemas, textos cortos. A veces me salen pequeños cuentos, pero nada que crea que merezca la pena o por lo menos esa es la sensación que tengo.

— ¿Y por qué no escribes más?

— Porque no sé si vale para algo el que lo haga.

— Bueno, para ti tiene valor y eso es lo que más cuenta. ¿Sabes una cosa? Lo que escribas te tiene que gustar a ti porque a la mayoría de la gente no le va a importar, no le va a gustar lo que haces o no lo van a entender. No lo van a ver como algo que sirva para nada más que nada. Pero si te gusta escribir, hazlo.

— Vale, va a parecer una frase típica y tonta, pero mira, estoy tomando un zumo. ¿Te apetece acompañarme tomando algo? Te invito yo.

— Me gustaría, pero te voy a decir que no.

— Vale, lo entiendo. No…, no quería molestarte.

— No es eso, no me has entendido. Este no es lugar para para hablar. Aquí la gente viene para no ser ellos mismos. Vienen para ser otras personas que no son porque, cuándo se dan cuenta de quiénes son, descubren que tampoco éste es su espacio y buscan otros en los que estar y ser ellos mismos.

— Eres muy profunda.

— Bueno, supongo que a mí tampoco me conocen demasiado.

— ¿Estás tú sola o con amigas?

— Estoy con mis amigas, pero esta noche no me apetecía salir y me obligué a hacerlo sin saber el porqué.

— A mí me ocurre cada fin de semana, pero ya estoy un poco harto de todo esto. Si quieres, podemos ir a tomar un café. Cerca hay algunos bares que conozco, que están abiertos toda la noche y estaría bien.

— ¿Me estás invitando a un café, a irme de aquí contigo y hablar?

— Sí. La verdad es que no es mucho, no es gran cosa, pero sí, la verdad, es que es lo que estoy haciendo. Te estoy invitando a que vengas conmigo y que tomemos un café sin ruido y, así, poder saber quién eres. Sólo eso.

— No me parece una mala idea. Vámonos.

— ¿No te despides de tus amigas?

— No les importaría. Creo que en estos momentos no les importa si estoy o no y me parece que a tu grupo de amigos, tampoco.

— A mi grupo de amigos, tengo la sensación, no les importa desde hace mucho si estoy o no. Así que, vámonos.

Se fueron. Salieron por la puerta, en silencio, tranquilos y se acercaron al coche.

— Este es mi coche. Si quieres, te llevo.

— ¿Y si mejor no me llevas a ningún sitio y vamos a una cafetería que está aquí cerca, de las que abren las veinticuatro horas, paseamos un poco hasta allí y hablamos?

— Me parece una buena idea.

No llegó ni a los cinco minutos lo que anduvieron y ya estaban sentados en una mesa, frente a frente.

— ¿Te apetece comer algo?

— Tengo hambre.

— Un bocadillo…

— No, un plato combinado. ¿Qué te parece?

— Bien.

Pidieron un plato combinado cada uno. Hicieron tiempo hasta que el camarero apareció y dejo la comida sobre la mesa tras un “que aproveche”.

— Antes de nada, me llamo Daniel.

— Yo me llamo Silvia.

— Muy bien, Silvia. ¿Quién eres tú?

— Bueno, pues una chica normal y corriente. Vivo en casa de mis padres, estudio por las mañanas filología inglesa en la universidad y, por las tardes, hago unas horas en una tienda de ropa en Príncipe.

— ¿Y tú?

— Trabajo. Jornada completa, pero sólo de mañana. Luego me voy a mi casa, porque vivo sólo, y, sinceramente, pierdo mucho el tiempo. Escucho música, me gusta pasear, ver exposiciones en los museos que hay en el centro y otras partes de Vigo y tomar un café tranquilo. Llevo siempre un libro encima y una libreta en el bolso en la que anoto cosas: lo que veo, lo que escucho a las personas en las que me fijo, olores, sonidos, sensaciones y todo ello queda en el papel y en mi cabeza. Luego aparecen mil historias que escribir y que voy anotando poco a poco.

— Pero, ¿no decías que no eras escritor?

— Pues ahora que lo estoy pensando seriamente…, puede que sí lo sea. Las palabras, cuando termino, tengo la sensación de no ser yo el que las ha escrito, que aparecen solas en las páginas en blanco a través de la tinta del bolígrafo.

— Pero es está bueno. Es bonito.

— Ya, pero no sé si sirve para algo.

— Es que no tiene que servir para algo. No pienses en ello. A ti te gusta y eso es suficiente.

— Y a ti, ¿qué te gusta?

— ¿A mí? Pues…, me gusta la música, la lectura, me gusta la carrera que estudio, me gustaría viajar, pero para eso necesito dinero y el que gano no me llega, pero bueno, en poco tiempo, imagino, la cosa mejorará. ¿Te he dicho que me gusta la música?

— Sí, lo has dicho.

— También, de vez en cuando, ir a exposiciones y perderme durante un rato en las galerías de las salas, sentarme y ver las obras que estén expuestas.

— Vamos a tener muchas cosas en común.

— Por lo que parece, sí.

— A lo mejor, hemos coincidido alguna vez sin saberlo.

— Es más que probable.

— ¿Qué te parece el plato combinado?

— Bueno, la verdad.

Y hablaron. Hablaron y siguieron hablando durante mucho tiempo, bastante tiempo, hasta el punto en que, cuando se dieron cuenta, las luces de las farolas iban iluminando menos que las del día, que empezaba a asomar.

Habían pedido algo más, algún postre y café, pero los dos se daban cuenta de que llegaba el momento de despedirse, de terminar el encuentro porque cada uno tenía que seguir con su vida.

Él no estaba muy seguro de qué hacer, pero se lo dijo:

— ¿Qué vas hacer ahora?

— Pues, en principio, irme a casa.

— Yo también. Igual te parece un atrevimiento por mi parte, pero… ¿te gustaría dormir en mi casa?

— ¡Joder! Eres bastante directo.

— No, no, no, no… No me interpretes mal. Me ha gustado estar contigo. Desde que estamos sentados aquí no he pensado en nada más. Ni siquiera en el grupo de gente con el que salgo ni la música. Solamente estaba a gusto, tranquilo. Si quieres, podías venir conmigo y tomarnos algo en casa. Puedes quedarte a dormir en mi habitación. Yo lo haré en el sofá y…, y hasta ahí, sin más. Sinceramente no me apetece engatusarte ni hacer el imbécil para convencerte de que te acuestes conmigo. No quiero eso. Sólo quiero hablar.

Ella suspiró. Fue un suspiro profundo, sincero, directo. Ella le miró a los ojos y le contestó:

— Vale, me apetece tomar un café en tu casa.

Se fueron en silencio. Ella se subió al coche. Él condujo despacio por las calles de la ciudad hasta su piso que, la verdad, estaba bastante bien. Estaba situado en la zona de Vía Norte y miraba al mar. Cuando entraron, a ella le gustó el espacio. Era grande y, sin embargo, no estaba sobrecargado. Aun siendo minimalista, era acogedor.

— ¿Te importa si salgo a la terraza?

Hacía calor. Ella se apoyó en el borde de la terraza, desde la que podía ver cómo el cielo se iba iluminando poco a poco con el nuevo día. Cuando volvió dentro, Daniel preparaba café y el olor, el aroma, iba llenando poco a poco la estancia. Aquello le gustó, le resultó agradable y le hizo sentir como en casa.

En la cocina había una isla y allí sirvió el café. Ella se sentó frente a él. Lo tomaron en silencio. Estaba buenísimo.

— ¿De qué quieres que hablemos?

El siguió sincerándose.

— De nada. Me apetece estar así contigo. No…, no buscó un tema de conversación. Estoy a gusto, bien. Si estás cansada, puedes ir a dormir a la habitación, la cama está hecha. Tiene llave por dentro, por si no te fías.

Ella se río.

— La verdad es que estoy muy cansada, mucho. Se me están cerrando los ojos, me duelen los pies y la espalda me está matando.

— Pues no se hable más. Vete a la habitación y descansa.

— ¿Sabes una cosa, Daniel? Te voy a pedir algo, algo que jamás le he pedido a ningún chico.

— Lo que tú quieras.

—Te voy a pedir que duermas conmigo, pero sólo dormir, nada más.

— Me pareciera una buena idea.

Fue tan buena idea que, en cuanto se acostaron se durmieron, cada uno en un lado de la cama, en ropa interior, pero cómodos.

Cuando se despertó se sintió raro, extraño. Se giró y ella no estaba en la cama. Bueno, al menos había sido una noche diferente, tranquila y, sobre todo, la noche que le había gustado disfrutar, eso seguro, y que le había abierto los ojos sobre algunas cosas que pensaba acerca de las amistades, sobre su vida, sobre las cosas que le gustaban y, sobre todo, aquello que le apetecía empezar a hacer.

Escuchó ruidos en la cocina y aquello le sobresalto un poco. Se puso algo de ropa, un pantalón y una camiseta, y salió con lo puesto. Silvia estaba preparando el desayuno vestida con una camiseta de él.

— ¿Qué haces?

— El desayuno. Bueno, es la hora de comer, pero tampoco era cuestión de preparar un guiso a estas horas.

— Tranquila. Me parece perfecto.

Puso todo lo que había preparado en la isla. Desayunaron y ella le pregunto de la manera más natural:

— ¿Qué vas a hacer esta tarde?

— No tenía pensado hacer nada.

— Pues, si quieres, hay una exposición en el centro. Abren a las cinco la tarde.

Quedaban un par de horas todavía.

— Podíamos ir andando, Daniel. Si quieres…

— ¿Es una cita, Silvia?

— Es posible. Lo único, tendré que ir con el vestido de esta noche.

— No te preocupes, yo también me podré guapo para ir a la exposición.

Y, con la misma naturalidad que había preparado el desayuno, Silvia fue al baño para ducharse. Después lo hizo él mismo. Salieron de casa juntos y se fueron a ver una exposición.

La tarde iba cayendo poco a poco. Era verano y el sol se pondría muy tarde. La manera de caminar de ellos cambió porque estaban juntos. Se notaba que la cercanía e intimidad se había establecido entre ellos de manera natural. La conversación seguía girando en torno a sus vidas, a lo que querían, hasta que, en un momento dado, ella le tomó del brazo y, sin saber el porqué, aquel pequeño gesto cambió sus vidas para siempre, sin necesidad de decir nada más.

Abrazos literarios.

Alejandro Guillán

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