La puesta de sol se iba acercando con calma, insinuante, sonriendo y, sobre todo, enamorando la mirada de cada uno de los que estábamos sentados en el local La Vela, en Vigo.

He ido infinidad de veces a este lugar. Da igual que fuera solo o en compañía, da igual que fuera a tomar una cerveza, para disfrutar de un concierto por la noche, conversar con su dueña, una gran amiga, o para escribir muchas de las veces.

De lo que disfruto cada vez que voy allí es del mar, de sus contrastes de colores azules, verdes, amarillos y plata, junto con los ocres de la tierra y las rocas. Pero también de esos momentos en los que el día gris amenaza lluvia y refleja su color metalizado en la superficie del agua y el plata de la cresta de las olas, junto con el diamante de su brillo.

Uno entra en este local y puede considerarlo normal y, probablemente y con muchos matices, puede que tenga razón, pero es cuando bajas las escaleras, te sientas y miras a tu alrededor el ambiente que hay en él cuando, en poco tiempo, te das cuenta de tu equivocación.

Todo parece estar ligado en este microespacio en el que se juntan clientes, camareros y la dueña de todo el conjunto.

No, esto no es una loa de un negocio, no. Para mí, La Vela es un lugar en el que he pensado, reflexionado, creado, escrito, fotografiado, conversado, donde he estado, desde el primer día que entré, tranquilo, a gusto y, sobre todo, donde he sonreído y llorado por igual.

Son de este tipo de lugares que a uno le marcan como persona y, aunque pueda esta alejado mucho tiempo de él, su recuerdo se mantiene vivo en el interior, sin cambios. Es un espacio al que apetece volver, como quien vuelve de un largo viaja y desea descansar en casa, con los suyos y cerca de aquello que extraña. Esto es lo que me pasa cuando me siento en una de sus mesas, al final del local, desde donde ves el mar sin barreras físicas y la arena parece que puedes tocarla —de hecho, si bajas las escaleras, la puedes pisar—.

Lo simpático de este local es que, desde la carretera no lo ves. Desde esta sólo ves una puerta que, según esté cerrada o abierta, sabes si puedes entrar o no y envolverte con la magia sencilla del lugar.

Ha habido momentos en los que he sentido paz interior al cerrar los ojos, sentado al sol y disfrutando únicamente del calor y de la brisa cálida que llegaba del mar, sin más. Esos instantes se mezclaban con otros de estremecimiento agradable con le roce de unos dedos, el sorbo de una bebida fresca o algún recuerdo que asomaba.

En esos momentos no era extraño que mis manos buscaran papel, lápiz o bolígrafo y anotaran el flujo de palabras que brotaban y que necesitaba plasmar sin dilación. La creatividad está donde menos esperas y aparece de la manera más insospechada, pero soy incapaz de dejar que se escape.

La Vela no es sólo un local, es un conjunto de sensaciones que se han ido quedando dentro de mí y dejado un poso agradable.

© 27 Infinitos

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