Vacaciones 10, rutódromo: Estella-Utrera-Sevilla-Barcelona-Sant Pol de Mar-Estella

 

Capítulo III

 

 

Comienza el safari sevillano mañanero. Temprano para evitar la “caló”, que ya pega bastante, después de la ducha fría que sienta de muerte, el cafecito y los bollitos. Encantadora la familia de ella.

Su papá parece un lord inglés con su polo claro, sus pantalones de pinzas de verano y su sombrero de ala. Me llama la atención su imagen. Ella va de blanco de arriba abajo y yo en bermudas de safari, camiseta blanca. Cámara y grabadora de video preparados. Parecemos salidos de la película “Memorias de África”, pero a la española: “Memorias de Utrera”.

Cuando llegamos a Sevilla hace calor. Le compro un abanico a mi prometida, al lado de la plaza de toros. Foto obligada a la escultura en bronce del maestro “Curro Romero”, olé por sus cojones al entrar a matar, embutido en el traje de luces, ensangrentado y por las tardes de gloria para la historia del toreo. ¡Va por ustedes!

Rodeando la catedral, ella y su papá entramos en un patio precioso, circular, tres alturas, rodeados los pisos de balcones y decoraciones. Debajo de los soportales un mercadillo de numismática y filatelia. El padre maravillado, interesado. Ella feliz. Luego me diría por qué. Ahora a disfrutar del momento.

La idea era la catedral, pero el Alcázar está abierto. 7€ por la entrada. Ladrones, aprovechados, pero entramos. Pregunta: ¿merecerá la pena haber pagado la entrada? Mmmmmmm… sí. No salimos de allí hasta que tuvimos que ir a comer. Casi cinco horas y no pudimos ver todo.

Lo que nos dejó sorprendidos, de entrada, a parte de los siete euros, fue el olor a naranjos que impregnaba el lugar y que no desapareció en toda la visita. Es más, cuanto más “caló” pegajosa y asquerosa, más olor. Pero dentro del alcázar la “caló” ni se nota. Paz y amor y tranquilidad y una placidez…

La “tournée” al Alcázar de Sevilla se resume en: “envidia cochina”. Fue entrar e imaginar al Sultán, o lo que fuera, allí, con su barriguita árabe, su turbante, sus guardias, “quesiteacercasteendiñamoslalanzaporelculoyteempalamosmajete”, paseando por sus posesiones, ajeno al mundanal ruido, a la mundanal pobreza y a la mundanal… ¡Qué paz se respira! No se puede describir lo que hay dentro. Hay que entrar, pasear y dejarse llevar.

Cuando nos dimos cuenta, pasábamos lentamente de una sala a otra, observando cada esquina, pared y techo ornamentados. El fantasma del turbante-sultán nos mira y dice: “¡Vah! Este palacete no está mal”, mientras atravesaba paredes y se reía. Cada uno de nosotros, el papá con su video cámara, ella y yo con la de fotos, a su bola, encontrándonos y perdiéndonos. Toma foto, imagen grabada…

Y una tras otra, las salas. Todos relajados, incluso los turistas, cambiamos el ritmo y todo se queda en disfrutar. Arcos repujados, fuentes, decoraciones. ¡Ojito no tocar! Que el de la lanza, aunque fantasma, ve tu culo muy cerca de su lanza.

Nos maravillamos, nos perdemos… una foto casual, otra divertida y el olor a naranjos está cerca, el olor a flor, a aire fresco. Ni calor ni ostias, allá vamos… Se nos abre otra maravilla, los jardines.

Allí nos observa el Sultán entre sus naranjos, con las concubinas que lo cuidan y a las que adora. Lo vemos y, sonriendo, nos permite pasar. El de la lanza me mira; mi culo se aprieta.

Naranjos que dan a una zona de árboles. Ahora se nos echa el tiempo encima, no demasiado. Seguimos, dejando el pequeño bosque y escuchamos gente, niños…, todo lo rodea un aire desenfado, pero relajado.

Allí está una salida, en forma de tubo de cerámica, de la que mana agua que llena el estanque. Los peces… ¡joder con ellos! Son como parcas-múgeles, pero de la película: Resident Evil 4, la Parca mutante, por lo menos. También hay patos, pero cuando les tiras comida, pan, aparecen las parcas- mújeles del “Evil” y los patos salen por peteneras. Los peces-barracuda se lo comen todo.

Todo es precioso. Subimos a un alto, admirándola enormidad de los jardines, que abarcan los dos lados del muro. En una zona hay un escenario; ¡qué bonito sería escuchar un concierto allí!

No hay tiempo para más. Nos tenemos que ir con mucha pena. Nos despedimos del Sultán, salam-alei-kun, y del negro de la lanza. Sonríen, alei-kun-salam. Atrás quedan las salas, la exposición de abanicos, de tapices, el baño de las concubinas, las fuentes, las carpas-múgeles y una mañana para recordar siempre. Regresamos a casa.

La comida es la mejor paella que he probado en mi vida, junto con la butifarra, ensalada —ole, ole y ole—. Luego la siesta, piscina, jolgorio con los primos de ella, agua y risas.

Otra vez intrigamos. Por la noche a Sevilla con ella y sus padres. Es nuestro último día y la noche será especial. Paseamos por sus calles los cuatro. Nosotros detrás de ellos.

Es bonito ver la catedral de Sevilla de noche. Lo mejor, tomar su mano y la “caló” suave que nos rodea. La mamá y el papá se cogen de la mano. Muy tierno. Es hermoso pensar que ella y yo, algún día, iremos así de la mano, con nuestras arrugas y juntos.

Volvemos a Utrera, nuestra última “madrugá”. Cansancio, alguna broma y a la cama. Otra vez su piel. Me encanta. Te quiero. ¿Por qué tan feliz? Porque tengo a los dos hombres más importantes y a los que más quiero en mi vida, conmigo: mi padre y tú.

Sonrío, la beso. Descansa sobre mi pecho. La amo. Buenas noches.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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