Introduje el cuchillo en la carne lo suficiente. La sangre comenzó a brotar, pero no a borbotones, no era necesario todavía. Las gotas parecían salir poco a poco. Ella me mira absorta sin saber lo que pienso. Lo hace sin poder apartar la vista, mezcla de atracción e imposibilidad de moverse.

Siento cómo, a cada milímetro, su cuerpo pasa de una tensión natural a la relajación, momento que aprovecho para hundir un poco más la punta, haciendo que el resto del filo corte, provocando que la línea que dejaba tras de sí, separando la carne a cada lado, se abra limpiamente, despacio.

Este cuchillo me ha costado muy caro, pero la forma en que trabajo con él es el modo en que lo hace un artista con su nueva obra, quizá más terrible, haciendo que una vida se convierta en algo más efímero —¡Caray! Me gusta lo de efímero—, pero es mi creación, al fin y al cabo.

Quizá la música que hay a mi alrededor no es la más adecuada, pero me ayuda a concentrarme en lo que hago y, lo mejor, ahoga los sonidos que quiero apartar de mi mente. Es mi manera creativa de entender mi arte.

El problema es que la mayoría de las personas no comprenden que, cuando uno compra un cuchillo ha de conocerlo bien, debe encontrar la postura de la mano adecuada para trabajar con él y que esta sea una prolongación del propio cuerpo. Ha de encontrar en la sutileza de cada movimiento hasta donde puede forzarlo, qué puede afectarle con cada corte y qué no porque es algo vivo con lo que se ha de conectar.

Esto lleva tiempo y esfuerzo, práctica y, sobre todo, escoger las piezas adecuadas. Sólo las mejores porque, si no, estaríamos rebajando nuestro esfuerzo a algo de lo que podría ocuparse cualquier persona.

Por eso, cuando la gente me ve trabajar sobre una tabla del restaurante, en la cocina abierta cara al público, sabe que me ocuparé personalmente de que lo que consume está tratado con amor, cariño y que su pieza, la que sea, es única y que comerla será el mayor de los placeres.

Hay tantos cortes como productos culinarios y yo soy el mejor en ese arte.

Ahora, frente a mí, hay una mujer que piensa que aquello que hago, lo que preparo, toda esa dedicación que pongo, puedo hacerlo también sobre su piel desnuda. Yo le sigo el juego. Sé que esta noche esperará a que termine mi turno —algo ha dejado caer hablando—. Luego tomaremos unas copas y me dejaré besar, me iré a su casa y lo pasaremos bien.

Lo que ella no sabe es que donde voy yo va mi cuchillo. Necesito practicar para ser el mejor. Uno tiene que conocer bien aquello que se le da mejor. Es una pena que todas acaben de la misma manera.

Mas tarde pensaré en el menú de mañana. Lo decidiré esta noche, mientras practico.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .