Hay momentos en que todo se llena de recuerdos.

Sales de casa y, tras cerrar la puerta, todo parece que ha cambiado. Igual es la brisa que trae un olor que hacía mucho tiempo no recordabas, el calor que te hace sentir un agradable escalofrío y hace brotar una sonrisa en los labios. Incluso notamos que la luz es distinta.

Comienzas a andar y notas que tienes algo, un brillo diferente a otros días. Caminas más erguido, con la cabeza más despejada y los sonidos son más claros.

Tus ojos miran más allá de lo habitual y sientes que tienes  ese “algo” que llama la atención de los demás. Te ven de otra manera, te sonríen…, algún gesto insinuante.

Tú sólo caminas y lo observas todo como si tuvieras una cámara de video. Aquella esquina donde quedaste una vez, la cafetería donde leíste hasta la madrugada, la calle por la que tantas veces pasaste y no te fijaste en detalles que ahora observas como algo novedoso.

Caminas, caminas y cada vez absorbes más todo. Y comienzan a fluir más recuerdos, amigos, amores, gente, locales, horas perdidas, olores… todo fluye.

Te das cuenta de lo vivido hasta ese momento, del tiempo que ha pasado, pero sientes que ya no eres el mismo que ayer. Son recuerdos, vivencias que hacen que te des cuenta que hay mucho, pero mucho que exprimirle todavía a la vida.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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