Preparar una cena para alguien a quien amas no es sencillo, pero creo que el menú que tomaremos esta noche no está nada mal.

Ella está sentada frente a la mesa. Le he servido una copa de vino, pero no ha tomado ni una sola gota. Prefiere esperar a que termine para que brindemos. Le he dicho que no se preocupe, que ya me ocupo yo de todo. Quiero que sólo piense en estar a gusto y que disfrute de la velada.

Me giro un momento, mientras remuevo la comida, que está al mínimo, para que se haga poco a poco, y la veo. Me mira con intensidad. Me gusta. Soy incapaz de imaginar qué se le está pasando por la cabeza. Luego le preguntaré.

Lo que más me gusta de ella es que es de esas personas que no necesitan demasiadas palabras para expresar lo que quiere decir. Es como si su cerebro encontrara automáticamente las palabras adecuadas en cada momento, ya sea para contestar, para charlar, departir… No es fácil encontrar una persona así. Sinceramente, una mujer como ella, que sea esa mitad de uno, que se complemente contigo, es algo que no es habitual o fácil de conocer.

Bueno, ya casi está preparada. Unos minutos para apagar el fuego y ya podremos cenar.

El menú de esta noche se va a basar en platos sencillos de influencia oriental. He preparado unas bandejas en las que podremos degustar una variedad de Sushi, Maki y Sashimi. Sé que le gustan mucho. Me llevó un tiempo aprender a preparar cada una de las variedades. De hecho, fui a unos cursos para conocer los secretos y la forma de prepararlos, para sorprenderla.

Siempre que íbamos a cenar fuera era obligatorio un japonés. A mí nunca me ha gustado los restaurantes orientales, lo reconozco, pero a fuerza de ir y verla comer esos bocados, en el que el elemento principal es el arroz, comencé a apreciar aquella comida y este tipo de platos, en particular, acabaron por enamorarme. Nos reímos siempre al usar los palillos que, al principio, se me resistían. Cada noche que salíamos, después de cenar, sabíamos que acabaríamos haciendo el amor, temblando con la respiración de cada uno y reconociéndonos rítmicamente hasta corrernos juntos.

Bueno, esto ya está. Voy a preparar unos boles con la selección de platos japoneses, los llevaré a la mesa y podremos empezar a cenar. Ella me sigue mirando. Creo que me ha sonreído. Pongo los boles sobre la mesa. La decoración y la disposición de la mesa me ha quedado perfecta. Voy a encender las velas que he colocado. Bien, ahora que están encendidas, ya podemos empezar a comer. Me siento, nos miramos. La mesa está preciosa. No podría querer nada más.

—¿Cenamos? Deja que te sirva.

Lo hago. Hoy me voy a servir un poco de vino. Es raro en mí porque no es algo que me guste demasiado, pero esta noche es especial. Acerco mi copa a la suya y brindamos, mientras nos disponemos a comer y charlar animadamente.

 

¿Qué hago aquí? ¿Quién cojones este tipo? ¡Joder! No puedo moverme. Tengo sujetas las piernas y los brazos con bridas. Si por lo menos pudiera gritar, pero la mordaza que tengo en la boca me lo impide.

¡Será hijo de puta! Estoy un poco menos mareada. Ya empiezo a recordar. Iba a entrar en casa, después de haber cenado con Antonio y lo último que noté era una mano con un pañuelo que me tapaba mi nariz y boca. ¿Me ha puesto un vestido nuevo? Este tío es un puto enfermo. ¿Qué está haciendo, cocinando? Pero, ¿qué clase de psicópata es este? ¡Mierda! No puedo moverme casi y la silla está anclada al suelo, eso seguro porque, por mucha fuerza que estoy haciendo, no la muevo un sólo milímetro. Piensa Ana, piensa. Al menos puedo mover la cabeza y ver dónde estoy. Una casa de campo, estoy un jardín, en un porche trasero, cocina exterior. Un jardín, vale. Este loco ha puesto la mesa para una cena romántica y con velitas. Por cierto, tiene el gusto en el culo. Vamos Ana, piensa algo. No, no puedo. Si grito seguro que me hace algo y si no hago nada, seguro que me lo hará igual. ¡Mierda! ¿Qué hago?

Vale, se acaba de girar y le he visto la cara. Eso no sé si es bueno porque indica que no le importa que le mire y, sobre todo, que está muy seguro de que no van a saber dónde estoy. Y, sin embargo, su cara me suena de algo y no sé qué es. Espera. ¿Qué está cocinando? Esos olores me son conocidos. Sí, son muy parecidos a los del restaurante japones al que me gusta ir con Antonio. Espera, espera, espera, espera. Yo, a este tipo, lo conozco. Ahora se ha girado y viene hacia la mesa. ¡Pues claro! Ahora caigo. Es el tipo que le comenté a Antonio del que tenía la sensación de que se me había quedado mirando en el restaurante. Es más, ahora que recuerdo, siempre que íbamos allí nos lo encontrábamos. No le había prestado demasiada atención porque era un tipo muy raro y, además, no me gustaba cómo me miraba, siempre me ponía nerviosa.

¿Qué hace? Vale, lo que yo pensaba. Está preparando la comida que  más me gusta del restaurante japonés y los está colocando ahora mismo encima de la mesa. ¿Me acaba de servir vino? ¿Qué se piensa, que esto es una cena romántica? Me parece que sí.

—Espero que te guste la cena. La he preparado con todo mi cariño. Bueno, imagino que te resultará algo extraño estar aquí, pero tengo que reconocer que, desde que nos conocemos, siempre me has parecido una mujer maravillosa, hermosa y, sinceramente, estoy enamorado de ti. Sé que al principio fue un poco extraña la manera en que nos conocimos, pero como siempre cruzábamos nuestras miradas, imaginaba que tú sentías lo mismo que yo. Bueno, tengo que decirte algo. Siempre supe que ese chico con el que vas a cenar no era tu tipo y no sabía tratarte como yo te trataría, como te merecías. Sé que no te lo dije en su momento, pero tengo un piso que está justo enfrente del tuyo y, bueno, me da un poco de vergüenza, pero os veía hacer el amor desde mi habitación. Vale, no es la forma en que quería que supieras quién soy, trayéndote aquí de la forma en la que te traído y sujetándote a la silla de la forma en que lo hecho, pero, si me das una oportunidad, te demostraré lo mucho que te quiero, lo compatibles que somos. Estoy seguro de que tú eres mi otra mitad. Ahora sólo te pido una cosa. Te voy a quitar la mordaza de la boca, pero no grites.

Me la va a quitar, se está acercando. Pone sus manos sobre el nudo y lo deshace. Me quita el pañuelo de la boca. Tengo la boca seca y me paso la lengua varias veces por los labios para humedecerlos ligeramente. Lo miro a los ojos directamente.

—¡Eres un puto enfermo! ¡Suéltame, deja que me vaya!

—Me parece que no has entendido lo que te quiero decir.

—Sí, lo he entendido. Entiendo que eres un puto enfermo al que le gusta ver a chicas salir con chicos, cómo follan con chicos y, claro, como no puedes acercarte a una de una manera normal para conocerla, invitarla a salir o lo que sea, lo que haces es secuestrarla, traerla a un sitio en el que sabes que no la va a escuchar ni Dios. El lugar idóneo para poder violarla o matarla sin que se entere nadie.

—¿Por qué me hablas así? Yo no soy de esos. Pensé que estábamos conectados, que te gustaba, que podríamos hablar y te darías cuenta de lo mucho que te quiero y de lo mucho también que tenemos en común, pero eres igual que las demás, una auténtica zorra egoísta que desprecia a cualquiera que no esté a su nivel.

—Lo que yo decía. Un enfermo. ¡Suéltame!

—Me parece que…, me parece que… Va a ser mejor que termine la cena.

—Haz lo que te dé la gana. ¡Cobarde!

Cada gesto que hacía, cada movimiento nervioso, despertaba en él el deseo de terminar con aquella chica. No era la mujer que él creía que era. Le despreciaba. Estaba seguro de que era eso lo que pensaba desde que se habían conocido. Sólo le había utilizado para darle celos al otro, con el que se acostaba. Se acabó, eso pensaba. Lo mejor será acabar con todo aquello. Él no se merecía una mujer como ella por su egoísmo y, sobre todo, porque le estaba insultando cuando él se había portado bien, la había tratado con amabilidad y se había esforzado en hacer todo lo que a ella gustaba.

Tomó un cuchillo afilado que había junto al plato, provocando en ella sorpresa y, en su mirada, miedo. Sí, ahora le estaba prestando atención. Ahora que ella tenía la culpa de todo lo que había pasado, ahora se sorprendía de lo que iba hacer, de lo que ella, únicamente ella, era la responsable.

Estaba frente a ella, con el cuchillo en la mano, sopesando si el hacerlo en ese momento o esperar un poco más. No, no iba a esperar más. Levantó ligeramente el cuchillo a la altura de su cuello e hizo un movimiento hacia atrás, como para tomar impulso con el brazo, para rebanárselo.

La detonación que se escuchó detrás de él, acabó con cualquier movimiento que pudiera hacerle daño a la chica.

La policía había llegado a tiempo. Cuando la soltaron, Antonio se abrazó a ella y le contó lo que había sucedido. Cuando se habían separado para ir cada uno su casa, se dio la vuelta un momento y vio a un tipo detrás de ella, que reconoció del restaurante, que no le gustó mucho cuando estaban cenando. Le pareció sospechoso. Lo siguió y, cuando quiso darse cuenta, ya había metido a Raquel dentro del coche y se había escapado a toda velocidad. Inmediatamente llamó a la policía, les contó lo que había sucedido y, rápidamente, localizaron la posición del móvil, un lugar bastante alejado de todo el mundo. Pero habían llegado a tiempo y eso fue lo que le salvó la vida.

La comida seguía humeante y el vino servido en las copas.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .