Hoy quiero recuperar un texto que escribí hace mucho tiempo en un blog que tuve durante un tiempo y que quiero recuperar.

 

Cuestión de piel y Labios

 

Vale, lo que ahora vais a leer seguramente pensaréis que puede ser alguna paranoia de mujer, pero no. Está más que meditado, pero lo quiero escribir de una forma que me entendáis todas. ¿Nunca os habéis sentido como un pulpo en el desierto? ¿Qué hago con mi vida? ¿Dónde quiero ir?

El otro día estaba caminando por la calle, algo que siempre que puedo hago después de terminar de trabajar, a menos que esté muy hecha polvo, y tuve la necesidad de sentarme. Había una terraza muy bonita en un café, del que no me acuerdo el nombre. Me atendió un camarero muy simpático y con buen tipo, pero sin exceso. Una mirada directa y sonrisa Profidént, que tengo que reconocer que me excitó porque, además, estaba para recorrer su cuerpo con la lengua sin que dejara de salivar- jajajajaja.

A lo que iba. Me sirvió una café con leche delicioso y fue en ese momento que me sentí terriblemente extraña. Una parte de mí estaba sentada degustando el calor de la bebida y la otra estaba ausente y se preguntaba qué narices hacía allí. Me vino a la mente la idea de irme no sólo del local, sino de dejar todo lo que me gusta y desaparecer, escapar del trabajo, los amigos, la familia, sin importar las consecuencias.

Lo achaqué a alguna crisis de los treinta y tres y un tercio o el calor de la tarde, que me hacía sentir más liviana. Pero me di cuenta que no era así. Lo sentía de verdad y entonces me concentré en saber qué eran todos esos sentimientos encontrados. Brotaron muchas ideas que, aunque parecían nítidas, aún flotaban algo difuminadas en mi cabeza.

Siempre he tenido claro que ser mujer, en estos momentos, aunque hemos ganado muchas batallas, no es fácil. Mi madre ha sido una persona muy importante en mi vida, porque nunca dejó que me derrumbara ni que me sintiera menos por mi sexo. Pero la lección más importante que me inculcó en la cabeza fue quién era yo.

Un día llegué a casa vestida con ropa de mi hermano porque estaba harta de que se metieran conmigo en clase y pensé que, si me veían como un chico, me dejarían en paz. Mi madre, al verme, no se subió por las paredes, ni grito, ni se enfadó. Me pidió que me cambiara y que me pusiera mi mejor vestido porque nos íbamos a merendar al centro y que habría sorpresa. No lo entendía.

Llegamos al centro, ella conducía el coche. Aparcó y nos bajamos. Entramos en un local con mucho encanto y personalidad. Me preguntó qué quería tomar y yo, con mis doce años, le dije que un café con leche, haciéndome la mayor. Mi sorpresa fue que se lo pidió al camarero. Cuando trajeron el café para mí y la copa de Fillaboa para mi madre, ella, tras tomar un sorbo, me habló.

– ¿Sabes cuál es el principal equívoco de una mujer respecto a los hombres?

– No lo sé – le contesté-.

– El principal equívoco es querer ser igual a un hombre.

– En el colegio nos han dicho que somos iguales.

– El profesor que te lo haya dicho no se entera de nada. Samantha, las mujeres y los hombres no pueden ser iguales porque hay que partir de la base de que físicamente somos diferentes. Ya tienes la regla, algo que un hombre nunca tendrá, y eso quiere decir que, en su momento, podrás tener hijos si quieres, algo que tampoco pueden tener los hombres. Tus pechos crecerán y, si todo va bien, alimentarán una vida, algo que tampoco pueden hacer los hombres. Las mujeres tienen una manera de ver y sentir la realidad completamente diferente a los hombres, pero eso lo descubrirás cuando crezcas. Y, desde el punto de vista sexual, tenemos otras necesidades y particularidades que hay que conocer de verdad para darnos y hacernos sentir placer.

– Ah, vale.

Eso fue lo único que pude decir, mientras quería esconderme del mundo al escuchar la palabra “sexual” de los labios de mi madre tomando un sorbo de mi primer café – ¡Mmmmmmm! Delicioso -. Nunca lo olvidaré.

– Por eso tienes que tener claro que la igualdad entre hombre y mujeres se basa en la diferencia de cada uno y en que ambos sexos se complementan, es decir, se necesitan. El problema es que nuestros padres y abuelos nos han inculcado desde siempre que la mujer vale menos que…, tiene que cuidar de…, ser una buena ama de casa en y con… En fin, esposa, madre, trabajadora… multitarea y obediente en todo. Yo no quiero que tú seas así. Yo dejé de serlo cuando conocí a tu padre y me enseñó a ser yo misma. Por eso lo amo. Estaba tan acostumbrada a pensar que tenía que ser una esclava que, cuando me hizo darme cuenta de mi error, lloré desconsolada.

– Mamá, ¿estás bien?

– Sí Samantha. Sólo estoy así porque quiero lo mejor para ti. No dejes que nadie te desprecie y menos porque seas mujer. Estudia lo que quieras, pero tienes que ser la mejor, no porque seas mujer, sino porque este mundo es muy jodido para quien no tiene estudios o algo a lo que aferrarse. Y, sobre todo, lucha por lo que quieras y no le tengas miedo a nada. Respeto sí, miedo no. Cuando terminemos de tomar esto, iremos de compras. Te compraré ropa nueva, porque ya eres una adolescente con dos dedos de frente.

– Tengo mucha ropa aún, mamá.

– Lo sé, pero ya no eres una cría. Y es un momento de cambio en el que, tus amigos y en el colegio, tienen que verte como lo que eres: una adolescente que se está convirtiendo en mujer. Samantha, te quiero y estoy muy orgullosa de ti. No tengas miedo de lo que digan de ti si lo que haces está bien hecho. No te escondas porque eso le da más fuerza a quien te quiera hacer daño. Vamos.

Iba a levantarse y, en un arranque de amor de hija, la abracé fuerte y le dije lo mucho que la quería mientras se me escapaba una lágrima en su chaqueta y notaba el olor de su perfume y las caricias de su mano en mi pelo. Nunca he olvidado ese momento juntas. Cuando nos separamos, el camarero estaba delante de nosotros. Mi madre no se había dado cuenta de que lo había llamado. Con una sonrisa dulce nos miraba. Mi madre le correspondió y, cuando iba a sacar la cartera del bolso para pagar, el chico la detuvo.

– Disculpe mi atrevimiento, pero están invitadas a la consumición. Si no les importa, el verlas abrazándose me ha hecho recordar lo mucho que quiero a mi hija Sandra y no quiero olvidar este momento. Ha sido especial para mí. Así que dejen que me haga cargo.

– Muchas gracias, entonces. Me llamo Andrea, usted es…

– Luis, encantado.

Se dieron la mano y sin esperar a que mi madre me presentara me dirigí a ese chico.

– Hola, yo soy Samantha Lage y le doy las gracias por pagarnos el café y la copa de mamá.

– Vaya, una chica con personalidad. Encantado también de saludarla, Samantha.

Me dio la mano con fuerza, pero con delicadeza también y el tacto de su piel me hizo erizar la mía. Me sonrojé, pero mantuve la compostura. Él lo notó, como mi madre, y los tres nos reímos.

El calor del día y el amor mutuo nos envolvió toda la tarde. Renovamos toda la ropa, de arriba abajo. Creo que en el coche no cabía más. La ropa que tenía en casa la regalamos y, desde aquel día, soy yo.

Creo que pasó mucho tiempo cuando me di cuenta de que me había abstraído en ese recuerdo. Delante de mí estaba el camarero.

– Disculpe, ¿se encuentra bien?

– No podía encontrarme mejor, pero gracias por su preocupación.

– Le voy a cambiar el café. No lo ha probado y ya debe estar frío.

– No se moleste.

– No es molestia.

Mientras él me decía eso, hizo ademán de coger el café mientras me miraba y, sin darse cuenta, me tomó la mano. Se ruborizo abochornado. Ese gesto fue encantador, pero me di cuenta de que noté la misma sensación que tuve a los doce años con las manos de aquel camarero.

– Discúlpeme, no quería…

– No se preocupe.

– Lo siento.

– ¿Cómo se llama?

– Me llamo Luis.

– Buenas tardes, me llamo Samantha Lage. ¿Me permite que lo bese?

– ¿Cómo dice?

– ¿Tiene novia?

– No.

– Entonces… ¿me permite que lo bese?

– …

Me levanté y me acerqué a ese camarero sin darle tiempo a pensar.. Lo besé como nunca había besado a nadie. Mis labios húmedos se juntaron con los suyos, cálidos y deseosos. Me rodeó la cadera con un brazo, mientras el estruendo de la bandeja sonaba lejano, ajeno al momento, y me tomaba el cuello con el otro. Nuestras lenguas se juntaron y absorbí el sabor de su cuerpo, el olor de su piel. Fue el beso más hermoso y apasionado que he dado y recibido de nadie. Separamos nuestras bocas y nos miramos sin decir nada hasta que hubo que romper el silencio.

– Gracias por este beso Luis.

– Gracias por este beso Samantha. Ha sido un placer.

– Lo mismo digo.

– Hasta siempre.

– Hasta siempre.

Me marché de aquel lugar con el corazón recargado, feliz, después de acariciar la cara de aquel chico tan especial. Aún tengo su sabor en mi boca y su mirada en mi retina. El seguro que también.

© 27 Infinitos

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