El hombre avanzaba despacio entre las sombras de la noche, seguro y, lo más inquietante, tranquilo. Se detuvo un instante e iluminó el papel que llevaba en la mano izquierda con la linterna que sujetaba la derecha. Una “X” marcaba la lápida. Apagó la luz.

Avanzó un poco más y en el siguiente pasillo de las tumbas, a la mano izquierda, se desvió en su interior.

Era una zona ancha, como una calle pequeña, con nichos a cada lado construidos a varias alturas, pero en aquellas horas, donde todo era oscuridad, eran paredes negras alargadas, enmarcadas bajo un cielo estrellado.

Cuando llegó, más o menos, a la mitad de la zona de nichos de la derecha, se detuvo. No encendió la linterna porque sabía exactamente lo que buscaba. Miró a su alrededor y, en una de las esquinas, vio la silueta de una escalera. Se acercó a ella y la tomó con seguridad. La apoyó contra la pared de los nichos, donde se había parado antes.

Se aseguró de que estaba bien apoyada y subió, peldaño tras peldaño, hasta la tercera altura. Allí se detuvo. Llevaba uno de esos cinturones de obras en los que puedes colocar varias herramientas. De uno de los huecos que tenía en la parte de atrás, tomó un martillo entre las manos.

Iluminó la lápida, sólo para asegurarse de que era la correcta. La apagó y la guardó. Tomó el martillo y, sin titubear, golpeó el mármol con fuerza, rompiéndolo con el primer gesto, pero siguió varias veces más, hasta romper los ladrillos que había entre la lápida y el ataúd, no sin antes colocarse una mascarilla para taparse las fosas nasales y la boca. Cuando estuvo seguro de que había roto lo que necesitaba, arrastró con las manos los pequeños escombros y los dejó caer al suelo. No importaba el estrépito porque nadie estaba allí para escucharlo.

De una especie de saco que colgaba del portaherramientas del cinturón, extrajo un saco resistente, no demasiado grande, lo justo para transportar lo que había dentro del nicho.

Dejó el martillo apoyado en la entrada del hueco, estiró el brazo derecho y acercó, casi hasta el borde, el ataúd de lo que parecía una niña. Sí, era lo que buscaba. Comprobó que estaba muy deteriorado y, sin inmutarse ni pensarlo dos veces, volvió a tomar el martillo con la mano.

Golpeo varias veces y la parte que sobresalía de madera se rompió casi sin esfuerzo. Estaba podrida, pero seca. Abrió el saco, iluminó el interior del ataúd y comenzó a vaciar los huesos que había dentro, uno tras otro. Sólo se detenía para iluminar de nuevo el interior y asegurarse de que no quedaba ninguno dentro.

Lo que menos le gustó fue cuando extrajo el vestido con el que habían cubierto a la pequeña cuando la enterraron, pero era algo que no podía evitar.

Cuando terminó y se aseguró de que no quedaba ni un solo hueso más, bajó con el saco y apartó un poco la escalera, aunque la dejó apoyada en la pared. Posó el saco con los huesos en el suelo con cuidado, desapareció unos minutos y volvió con una especie de pequeño carro con ruedas neumáticas muy ligero, pero resistente. Lo acercó al nicho. Volvió a subir la escalera y, con un gesto rápido, lanzó al suelo el ataúd y los restos de este que había roto.

Bajó, no sin antes recoger el martillo, y colocó todos los trozos en la caja, tanto de madera como los escombros de la lápida y los ladrillos. Se aseguró, con la linterna, de que no dejaba nada en el suelo ni señal alguna de que había estado allí. Colocó de nuevo la escalera en el lugar de donde la había cogido y, tirando del pequeño carro, se fue de allí con calma.

En un punto concreto del cementerio se detuvo. Allí había unos contenedores especiales en un espacio cerrado. Mañana vendrían a vaciarlos. En uno de ellos depositó el ataúd y los restos de la madera rota. En el otro los escombros. Después de cerrarlo, dejó el carro dentro, de donde se lo había llevado antes.

Tomó el saco de huesos y se dirigió a otro punto de aquel lugar. Abrió una puerta, que estaba ligeramente escondida y entró. El horno estaba encendido. Colocó los huesos dentro y pulsó el botón para que las llamas lo consumieran todo. Mientras miraba las llamas, se quitó la mascarilla con calma y esperó sentado varias horas.

Cuando terminó el proceso todo era polvo, no necesitaría hacerle nada más a aquello. Tomó un recipiente y guardó dentro las cenizas de la niña. Ya estaba todo hecho. Salió de allí con ellas hasta el Cenicero Común.

Antes de dejar dentro las cenizas, se detuvo un momento y sólo dijo una frase.

— Siento que no haya nadie más aquí y ahora, pero al menos tienes quien te dé el último adiós.

El sepulturero depositó las cenizas dentro de aquel lugar y se fue. Prefería hacer aquello de noche, para que ninguna alma se asustara; para que, al menos, el recuerdo final, aunque no lo viera nadie más, no fueran unos simples huesos y soledad.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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