Jesús se levantó temprano, como lo hacía siempre y de buen humor. Le gustaba sentir que aprovechaba el tiempo y por eso se duchaba temprano, desayunaba con calma mientras leía el periódico y, así, se ponía al día. Antes de marcharse de casa dejaba la mesa puesta, para el desayuno de su mujer y los niños, y colocaba una nota sobre ella con un “Os quiero” cada día.

Vivían en una casa con finca y piscina, grande, que había pagado, con mucho esfuerzo, junto a su esposa, trabajando más y, sobre todo, renunciando a demasiado, pero era de ellos.

Para muchos era rico. Ni mucho menos. Para él, lo que le hacía rico de verdad eran sus hijos y su compañera de viaje, Lidia, con quienes compartía una vida. Cada euro que ganaban, lo invertían en asegurarse que no faltara nada, ni a ellos ni a sus hijos.

Era un día normal cuando entró en la oficina como cada día.

Cerró la puerta tras de sí y se encontró en la acera de la calle, con la mirada perdida, sin saber qué hacer, desubicado, con el maletín en la mano. Parecía anclado al suelo mientras las personas pasaban ajenas a lo que había sucedido unos minutos antes dentro.

Sonó el teléfono. Era Lidia. Miró la pantalla unos segundos y pulsó el botón de responder.

— Hola, amor.

— Hola.

— ¿Hola? ¿Sólo? ¿Ni cariño, ni te quiero, ni nada? 

Jesús se dio cuenta de lo que su mujer le estaba diciendo.

— Perdona, cielo. Estaba pensando.

— ¿Estás bien? 

— No lo sé, la verdad. 

— ¿Tienes unos minutos libres? He terminado antes de lo que pensaba un trabajo y podíamos tomar un café rápido. 

— De acuerdo. Está bien. 

— No me gusta escucharte así. ¿Qué pasa? 

— ¿Cuánto tardas? 

— Cinco minutos. ¿Quedamos en tu trabajo? 

— No, Lidia. Te espero en la cafetería de la esquina. 

— ¡Qué enigmático estás!

— Te veo ahora.

Y colgó. En ese mismo instante se dio cuenta de cómo había hablado y se enfadó consigo mismo por el tono en el que lo había hecho. Su cuerpo respondió a la orden del cerebro para que se pusiera en movimiento y se dirigió a la cafetería. Entró y se sentó junto al ventanal que daba a la calle.

El camarero se le acercó.

— ¿Lo de siempre? 

— Hoy no. Pediré después. Estoy esperando a mi mujer.

— Perfecto.

Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Jesús dejó el maletín sobre una de las sillas y apoyó las manos sobre el mármol frío de la amplia mesa. Cuando descansó la espalda en el respaldo, vio acercarse a Lidia.

Ambos habían conectado el mismo día que los presentaron. Lo que más le gustó de ella fue su energía. A ella le gustó su pasión por su trabajo y descubrieron que se compenetraban bien. A la mañana siguiente despertaron juntos, como si fuera algo natural y aquella misma semana ella se fue a vivir con él. Casarse, tener hijos y seguir trabajando en lo que les apasionaba también fue normal cuando dos personas se aman de verdad.

Ella le vio desde la calle y levantó la mano. Él hizo una mueca a modo de sonrisa e imitó el gesto que le había hecho. Esta, al entrar, se le acercó, le besó los labios, se sentó frente a él y dejó el bolso junto al maletín de su marido.

— Bueno, Jesús. ¿Se puede saber qué te pasa? Me ha preocupado bastante la llamada. 

— Perdona. Siento haberte hablado en ese tono, pero estaba en shock. 

— ¿Qué ha pasado? 

— Me acaban de despedir. 

La cara de Lidia lo decía todo.

— ¿Cómo?

— Lo que has escuchado. Cuando llegué a la oficina, me llamaron para una reunión y allí estaban todos para comunicarme que prescindían de mis servicios. Me han dado mucho más de lo que me correspondía y adiós. 

— Pero si la empresa es lo que es gracias a ti, a tus ideas, a tu creatividad. Si es lo que es, en el mundo de la publicidad, hasta ser una referencia, ha sido por tu empeño en innovar siempre, en gastar en los mejores equipos que salían a al mercado. Aún recuerdo cuando empezaba a hablarse del lenguaje de programación y tú te empeñaste en aprender. No te digo nada cuando empezó o aplicarse al diseño digital, porque tú fuiste uno de los primeros. Lo mismo con la fotografía. Tus campañas les han dado millones… ¿Y te echan?

— Buscan gente más joven, con ideas nuevas, frescas. 

— Ya. Pocos jóvenes conozco que tengan tantas ideas nuevas y frescas como tú. 

— Bueno, Lidia. Por mucho que queramos enfadarnos o protestar, ya está hecho.

Lidia miró a los ojos de su marido y se enfadó consigo misma al no poder hacer nada y ver una ligera tristeza y temor en la mirada de Jesús. Se sentía perdida e impotente.

El camarero se les acercó.

— Buenos días. ¿Qué van a tomar?

Lidia se adelantó a Jesús.

— Dos copas de Rioja.

Jesús se sorprendió por lo que había perdido.

— ¿A esta hora, cariño? 

— Precisamente por llamarme cariño, amor.

Aquello provocó la sonrisa de ambos.

— Me siento perdido ahora mismo. Jamás pensé que pudiera ocurrirme, pero igual no soy tan bueno.

— Jesús, no digas eso ni en broma. Eres el mejor y tú lo sabes. Si ellos no valoran todo lo que has hecho por la empresa, ya se darán cuenta. No te va a faltar trabajo ni quien te quiera en su equipo. 

— Lidia, ya tengo más de 50 años. Soy consciente de que va a ser complicado. 

— Jesús, tienes mucho que dar aún y punto. Sólo es un alto en un cruce de tu camino. Ahora tienes que elegir hacia dónde quieres ir. ¿Lo harás?

El camarero colocó las copas y sirvió el vino. Jesús miró a Lidia y vio esa energía de la que se había enamorado el primer día que la conoció y que siempre estaba presente.

— Vale, lo haré. 

— Tienes todo mi apoyo, siempre. Todo va a salir bien. 

— ¿Brindamos? 

Por un nuevo camino. 

— Y mejor, pero siempre juntos. Te quiero, Lidia. 

— Y yo a ti.

Bebieron y, en ese momento, el teléfono sonó. Jesús miró la pantalla.

— Un cliente.

Lidia le miró y le habló.

— ¿Confías en mí? 

— Claro.

Ella tomó el teléfono y descolgó.

— Buenos días. Soy Lidia, socia de Jesús. En estos momentos está ocupado. ¿Necesita que le diga algo o que le deje un recado?

Jesús le miró sonriendo y en sus labios se formó la palabra “¿Socia?”. Ella asintió y le sonrió también. La voz del otro lado del teléfono habló después de un breve silencio.

— Sí, claro. Dígale que me acabo de enterar…

— ¡Oh! Espere, ya está aquí. Ahora le paso.

Pulso “llamada en espera” y le pasó el teléfono a Jesús. Él pulsó para seguir la llamada.

— Buenos días, Fernando. Dime.

— ¿Es cierto que ya no trabajas en la empresa?

— Sí, es cierto. Ya no trabajo en ella. No te voy a mentir. Llegué a primera hora, me llamaron una reunión y me invitaron a irme.

Al otro lado hubo silencio.

— Palabras textuales: queremos gente joven, con nuevas ideas. 

— ¿Y toda la experiencia de tu trayectoria, tus ideas? ¡Joder! Eso no lo puede aprender la gente joven. Si la empresa es lo que es, es gracias a ti. 

— Gracias, Fernando. 

— No me las des. Es lo que pienso yo y más gente. 

— ¿Más gente? 

— Sí. No soy el único que se sorprendió al enterarse. No creo que sea el único cliente que vayan a perder. ¿Qué tienes pensado hacer ahora? Y no me digas que descansar un poco, tomarte unas vacaciones o no hacer nada. Necesito tus ideas para mi nueva campaña y va en serio. O tú o nadie.

Jesús miró de nuevo a Lidia y notó otra vez la energía.

— Pues mira. La semana que viene creo que tendré un nuevo equipo de trabajo y un espacio creativo. Se me ocurre que, si quieres, puedes venir a mi casa, donde está mi centro provisional, hasta el traslado. Estaré con mi socia y podemos comenzar con las ideas para tu campaña. Una reunión de trabajo informal y tranquila.

— Una magnífica idea. Dame la dirección.

Se la dio.

— ¿Esta tarde a las 05:00 p.m.?

Justo en ese momento, dos de las personas de confianza del equipo de trabajo de Jesús, de la empresa que lo había echado, entraron por la puerta de la cafetería y le miraron como pidiendo permiso para hablar. Tenían algo importante que decirle, lo intuía.

Les hizo un gesto para indicarles que hablaban ahora.

— Fernando, me parece perfecto. ¿Vendrás tú sólo? 

— Bueno, hace muy buen día y, al ser en tu casa, podemos organizar una pequeña cena, algo informal. Iré con mi mujer. ¿Te parece? 

— Genial. Así conocerás a mi socia, que también es mi mujer. Por cierto, es posible que esté parte del nuevo equipo. 

— ¿En serio? No pierdes el tiempo. 

— Sabes que me gusta lo que hago. 

— Por eso eres el mejor. Hasta esta tarde, entonces. 

— Nos vemos y me alegro que sigamos trabajando juntos.

Colgó. Tomó la copa y bebió un trago, mientras hablaba a los dos jóvenes, Emma y Pedro.

— Vosotros diréis.

Emma fue la primera en hablar.

— ¿Te han despedido? 

— Sí. 

— ¿Por qué? 

— Porque quieren gente joven, con ideas frescas. 

— Estos son gilipollas. 

— Emma… 

— Ya, ya. Es que no lo entiendo.

— Yo tampoco, pero es lo que hay. 

— ¿Y ahora? 

— Acabo de hablar con un cliente nuevo. 

Ahora fue Pedro el que continuó la conversación. 

— ¿Ya tienes trabajo? 

— No lo sé.

Miró a Lidia, que estaba con la espalda apoyada en la silla, bebiendo la copa y sonriéndole. 

— ¿No lo sabes? 

— Voy a montar mi propia empresa y buscaré un grupo creativo. Hay un local que conozco y está a la venta. Es perfecto para lo que quiero hacer.

Pedro y Emma se miraron y dijeron a la vez.

— Nos apuntamos. 

— ¿En serio?

Emma lo miró sería.

— Jesús, eres el mejor publicista que he conocido y ellos no quieren darse cuenta del error que han cometido al desprenderse de ti. Se van a arrepentir pronto. Además, ya hemos renunciado. 

— ¿Qué decís?

— En cuando nos enteramos, presentamos la dimisión y, si no te encontrábamos aquí, íbamos a llamarte.

Lo que había dicho Pedro le sorprendió, pero fue su reacción fue rápida. Tomó el móvil y tecleó algo Un momento después, sonaron los móviles de los chicos.

— Os he enviado la dirección de mi casa. Esa tarde, a las cinco, tenemos la primera reunión de trabajo de la nueva empresa con un cliente. Tomar un taxi juntos. Yo lo pago. Traed los portátiles y el equipo de trabajo. Por cierto, os presento a mi socia, que también es mi compañera de viaje, Lidia.

Se saludaron.

— Como socia, me ocuparé de la logística, para que tengáis el mejor espacio y que las ideas se hagan realidad. Va a ser mucho trabajo, pero saldrá bien. 

Emma se dirigió al que iba a ser su jefe.

— Jesús, gracias por contar con nosotros.

— No, gracias a vosotros por buscarme. Ahora, si no os importa, me apetece terminar esta copa.

Todos se rieron. Pedro y Emma se fueron, hablando emocionados. Jesús avisó al camarero.

— Camarero, otra copa de Rioja para los dos, por favor.

— Por supuesto.

Antes de volver a sentarse, se acercó a Lidia y la besó.

— Gracias. 

— ¿Por? 

— Por tu energía. 

— Ahora soy tu socia. 

— Mejor.

Tras servir las copas, brindar y beber un trago, el teléfono volvió a sonar.

— Otro cliente. 

— Pues contesta, cariño.

Mientras Jesús tomaba el móvil, Lidia abrió su bolso, del que extrajo bolígrafo y un cuaderno.

— Luego compramos una agenda. Tenemos mucho que hacer, organizar y llamadas que realizar.

Jesús descolgó.

— ¿Luis? Me alegra que me hayas llamado. Sí, es cierto. Claro que podemos hablar. Por supuesto que continúo con el trabajo. Me parece perfecto, que te parece si…

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.