Roxana daba vueltas al café con la cucharilla sin parar. Era como si el tintineo del choque entre el metal del cubierto y la taza la hubieran hecho entrar en trance, pero la lágrima que corría por su mejilla rompía aquella imagen.

Miraba a través del cristal de la cafetería, sin fijarse en nada. El aroma del café ascendía en el vaho que salía de la superficie, pero nada de eso le hacía reaccionar. Otra lágrima recorrió su cara hasta caer al vacío y ahogarse sobre el café caliente de la taza. Aquello hizo que algunas gotas le salpicaran sobre su mano, lo que la devolvió a la realidad del momento.

— ¡Mierda!

En ese momento escuchó una voz junto a ella.

— Perdone, ¿se encuentra bien?

Y ella se giró hacia la voz. Un hombre trajeado de Hugo Boss, ojos verdes, pelo negro, tez morena y enormemente atractivo fue la imagen que se encontró frente a ella. Aquello le produjo un leve rubor en su cara. Aquel hombre tomó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta, en el que había grabada una inicial, y se lo acercó con naturalidad.

— Por favor, úselo para que pueda limpiarse las lágrimas. Espero que merezca la pena por la persona que las derrama.

Terminó la frase y volvió a centrar la mirada en la pantalla de su portátil Mac.

Roxana se quedó sin saber qué decir. Instintivamente, al notar otra lágrima que caía, la detuvo con el pañuelo que aquel hombre le había entregado. Cuando hizo lo mismo con el rastro de las otras, comprobó que lo habían manchado ligeramente con el rímel de sus ojos. Hizo una mueca como de enfado consigo misma y el sonido de desaprobación.

De nuevo, escuchó la voz de antes.

— ¿Se encuentra mejor?

— Le he manchado el pañuelo.

— No se preocupe. Me importa más saber si está bien.

— Sí, me encuentro mejor. Gracias.

— Aquel hombre le tendió su mano.

— Me llamo Alan.

— Roxana.

— ¿Me permite invitarla a un café? Creo que ese estará ya frío o salado por las lágrimas que han caído dentro de él.

Aquella frase provocó una ligera sonrisa en ella.

— No se preocupe. No tiene por qué. Ya le he manchado el pañuelo.

— Insisto. Puede que así no vuelva a llorar.

— No quiero molestarle.

— No lo hace.

Bajó la tapa del portátil.

— Tiene toda mi atención.

El gesto de aquel gesto desconocido le gustó.

— ¿Puedo sentarme a su lado?

— Sí, claro. Pero, por favor, tutéame.

— Como quieras.

A levantarse, Roxana no pudo evitar sorprenderse con el cuerpo más que estilizado de aquel hombre, cuya altura estaría sobre el metro noventa. Se intuía que iba al gimnasio, pero su cuerpo se veía natural.

Antes de sentarse, Alan se dirigió a la camarera.

— Por favor, llévese este café y tráiganos dos iguales y calientes.

Se sentó frente a ella.

— Hace un día precioso para estar triste.

— Eso algo que no se puede controlar. Bueno, ya que estás sentado conmigo, conozcámonos un poco más. ¿En qué trabajas? ¿A que es una pregunta original?

— No demasiado. Tengo una empresa que invierte dinero en proyectos que considero interesantes y obtengo beneficios para invertir en otros.

— ¡Vaya! No está nada mal.

— ¿Y tú?

— Bueno, trabajo en la limpieza para pagarme la carrera de filología inglesa. En un año acabaré y podré buscar trabajo de lo que me gusta.

— ¿No te gusta lo que haces?

— No, pero paga mi carrera y no les pido el dinero a mis padres, que no lo tienen. ¿Y a ti?

— La verdad es que sí, me gusta. Me gusta poder controlar donde invierto mi dinero y ver que un proyecto por el que he apostado crece y mejora el mundo.

— Pero te beneficias de ello.

— Por supuesto. Si no me beneficiara no podría invertir en nuevos proyectos que mejoraran el mundo. Y, cuando acabes la carrera, ¿qué tienes pensado hacer?

— Me gustaría poder viajar un poco por Europa y el resto del mundo. Siempre he querido hacerlo.

— ¿Y por qué no lo haces ahora?

— Ya te lo he dicho. Quiero acabar la carrera primero. Creo que el camino de cada uno se debe hacer paso a paso y mi paso en el camino, ahora, es terminar los estudios.

Aquella frase despertó interés en Alan, que sintió que aquella chica era diferente a otras que había conocido.

— Me gusta cómo piensas.

La camarera llegó con los cafés y siguieron hablando el resto de la tarde. El tiempo parecía haberse detenido en su mesa sin que ambos lo notaran. La luz, fuera de la cafetería, había ido cayendo poco a poco hasta hacerse de noche. Roxana se dio cuenta de la hora y miró su reloj.

— ¡Vaya! Ya es de noche. Ni me había dado cuenta de lo tarde que era. Llevamos horas hablando.

— Pues a mí se me han pasado como si fueran minutos. ¿Puedo invitarte a cenar? Me gustaría seguir la conversación contigo.

— La verdad, no sé qué contestar. Por un lado, quiero, pero por el otro no quiero hacerme ilusiones porque, sinceramente, creo que somos de dos mundos completamente distintos.

— ¿Por qué lo dices?

— Bueno, mi familia apenas llega a final de mes y tú te manejas entre grandes empresas, seguramente viajes y aviones en clase business y yo soy una chica normal y corriente.

— Igual por eso me apetece conocerte un poco más. Igual estoy cansado de lo que he conocido hasta ahora y me apetece conocer una persona normal, una chica sencilla, como tú. No estoy intentando engatusarte con algún arte de seducción. Únicamente quiero cenar contigo y charlar. Creo que hace tiempo que no sé lo que es eso. Estoy un poco cansado de viajar de un lado al otro del mundo constantemente, sin detenerme en ninguna parte.

Roxana le miró a los ojos y notó que lo que decía era verdad.

— Está bien, cenemos juntos y sigamos la conversación.

— Puedo llevarte al restaurante que quieras.

— No, Alan. Vayamos a un sitio que yo conozca. Seguramente allí estaremos más tranquilos y no tendremos que preocuparnos por nada más que por hablar.

Alan sonrió, llamo a la camarera, pagó los cafés, recogió su portátil y salieron de la cafetería. Hizo una llamada de teléfono y, quien contestó al otro lado, escuchó de su boca cómo le decía que no hacía falta que lo fuera a recoger, que lo llamaría más tarde, que todo estaba bien.

Hacía un poco de fresco en la calle. Alan se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Roxana.

— Gracias.

Roxana le tomó del brazo mientras iban andando por las calles empedradas del casco viejo y el sonido de los tacones de sus zapatos resonaban en el ambiente.

— Me gusta que me tomes del brazo, Roxana.

— A mí también me…

María se acercó a su madre, que automáticamente cerró la página del libro romántico que estaba leyendo.

— Mamá. Papá ya viene a buscarme. ¿Estás bien?

— Sí, hija, estoy bien. Acabo de empezar un libro y me está gustando bastante lo que estoy leyendo.

— Bueno. El lunes nos vemos, ¿vale?

— Pásalo bien.

— Mamá, sabes que no lo voy a hacer.

— Cualquier cosa me llamas.

— Vale, ciao.

Adela vio cómo su hija se alejaba del parque en el que estaban y, al llegar a la altura de la acera de la calle, se subió al coche del que había sido su marido hasta hacía unos pocos meses. En cuanto desapareció entre el tráfico, miró los árboles, notó el calor del sol, el sonido de los pájaros y la tranquilidad. Abrió el libro y volvió a la primera página.

Roxana daba vueltas al café con la cucharilla sin parar…

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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