Caía una lluvia delicada, de las que parece que casi puede secarse con el calor de tus dedos, pero sabes que no es así porque, aunque casi no la sientas, cae, cae y sigue cayendo. Es ese tipo de lluvia bajo la que apetece pasear con calma, detenerse en algún momento y sentir que los pasos suenan de manera diferente al apoyar sobre la humedad del suelo.

Iba caminando bajo ella cuando escuché las notas de un saxofón cerca. Era como si alguien estuviera preparando el instrumento, afinándolo para las piezas o la pieza que tocaría repetitivamente por las monedas que cayeran sobre el estuche, una vaso o un paño. Iba en dirección hacia donde estaba, así que tampoco me preocupé mucho por fijarme en nada. En la mayoría de las ocasiones son personas que ni siquiera saben tocar, sólo aprenden por repetición machacona un par de temas y ya está. Son de esas experiencias que taladran los oídos y te hacen replantear el concepto de música.

En eso estaba cavilando cuando el saxofón se dirigió a mí e hizo que me detuviera sin que mi cuerpo pudiera hacer nada para poder avanzar. Temblaba de pie sin que nadie se diera cuenta a mi alrededor, mi corazón ralentizó su latido y en mi cabeza resonaron los recuerdos y olores de un pasado que había olvidado no sé hace cuánto tiempo.

No pude evitar que mis ojos se empañaran y las lágrimas afloraran sin nada que las detuviera.

Reaccioné y me giré hacia la persona que tocaba. Era uno de esos hombres de edad indeterminada, negro, abrigado, con bufanda y gorro. Ni siquiera abría los ojos. Sólo tocaba bajo la lluvia, resguardado por un balcón e iluminado por la luz tenue de una farola amarilla. Era como si un foco cenital, en un concierto de jazz, iluminara al artista en uno de sus temas sin que nada más se viera a su alrededor.

La noche caía en la calle gris acero y brillos arco iris de gasolina en los charcos y todo se calló ante lo que sonaba, todos se pararon a escuchar en silencio. El tiempo se detuvo en aquel instante, en el que respirar era casi un pecado frente a lo que escuchamos los allí reunidos.

Aquel hombre negro, corpulento, al que la piel de la cara se le hinchaba cada vez que tomaba aire, estableció una conexión con nosotros y hablaba para cada uno de temas diferentes, pero que entendíamos. Cada nota, cada palabra convertida en música, llegaba nítida, suave, fuerte, bien audible y, sobre todo, despertó algo especial en cada corazón, en cada recuerdo que hizo despertar en nuestra mente.

Los ojos del saxofonista no se abrían. Tampoco lo necesitaba. Era como si sus dedos y su boca fueran una prolongación de él mismo y no necesitase ver para tocar, para expresar y sentir, para hablarnos.

Hacía tanto tiempo que no lloraba, que reía, que me enamoraba, que daba las gracias, tantos sentimientos, que todos ellos asomaron en una especie de cascada lenta y cada uno de ellos aparecía con cada tema que aquel hombre interpretaba. Nadie se movía del sitio y todos parecían estar en trance al escucharle.

Lo que más me impactó es que yo estaba seguro de que había un piano, una batería, un contrabajo que tocaban junto a él, pero no, solamente estaba él, solo él con su saxofón y los labios que lo besaban y hacían que se volviera loco de música.

Y lo que su música convertía en felicidad, luego pasaba a la soledad; a la distancia y luego caía de nuevo en el amor y la alegría por ello; el dolor de la pérdida; el miedo, noches de café y alguna copa de más que otra, hasta que unos ojos negros de mujer se encontraban con los suyos y todo giraba de nuevo, pero de manera distinta según la mujer que fuera. Y todo aquello sonaba a través de un saxofón y su música.

Todo tiene un final y el último tema sonó a despedida, a un trayecto de viaje que se acaba, hasta que la última nota quedó en el aire y subió hasta hacer brillar más las estrellas. Nadie hacía nada salvo aquel hombre, que había tocado sin mirarnos porque nos abrió su corazón, su vida, su historia a través de la música de su saxofón.

Con calma, guardó su instrumento como quien da las buenas noches al amor de su vida y cerró el estuche con el cuidado del que teme romper un cristal o despertar a un bebé. Luego se irguió y esta vez sí que nos miró.

Gracias por escuchar mi historia.

Y nadie aplaudió. Cada uno de nosotros se acerco a estrecharle la mano con calma, agradecidos y el correspondió aquello con un abrazo sincero. Cuando se la estreche yo me miró en silencio y yo a él. Se lo tenía que decir.

Gracias por contármela.

© 27 Infinitos

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