“T” era un tipo de los que hace que te apartes de su camino sí o sí.

Creció en las calles más duras de la ciudad. Acostumbrado a las palizas de su padre y que éstas se extendieran al cuerpo de su madre, al que llenaba de hostias hasta que el llanto y las lágrimas dejaban de brotar.

Aquel hijo de puta, aquel cabrón, les hizo lo que le dio la gana hasta que un día, en que volvía a casa para seguir la fiesta de la percusión corporal, acabó reventado, machacado, destrozado por una paliza, que hizo que no volviera a vérsele más por allí.

Al día siguiente, “T” tenía los nudillos en carne viva y, por primera vez, su madre estuvo tranquila.

A partir de aquel momento, “T” cambió. Se volvió tan duro que otros, mayores que él, le temían. No tuvo escrúpulos para hacer lo que fuera para hacerse con un trozo del negocio y ganar dinero.

“T” se ganó una parte del territorio, que manejaba con puño firme. Daba igual que fuera droga, material robado, tasas por lo que fuera, mujeres… Un porcentaje de todo aquello acababa, en forma de dinero, en sus manos.

“T” pagaba a los suyos y ganaba sumas de dinero insultantes. Por supuesto, cuidaba su imagen. En secreto pasaba de toda esa mierda. Ni siquiera bebía o se drogaba. Nada de nada. Él tenía un plan predeterminado y definido: ganar todo lo que pudiera y de la forma que fuera, largarse de allí con su madre y mandar a tomar por el culo aquel agujero.

Por eso, todo lo que ganaba lo guardaba en un banco, fuera de allí, de aquel agujero, en secreto. Llegó un punto en que no sabía ni lo que tenía en la cuenta, las cuentas… Ya ni se acordaba, pero era dinero legal porque se ocupó y se preocupó de lavar la pasta con profesionales de verdad y pagar como un empresario legal, pero sin que nadie se enterara.

Si había que amenazar, lo hacía; si había que joder, jodía; si había que reventar alguien, el primer puñetazo lo daba él; si había que matar a alguien, nadie sabía nada.

La policía no conseguía pruebas de nada porque nadie abría la boca, por miedo o por dinero.

Así un día tras otro, un año tras otro.

A su madre, cuando empezó con los negocios, desde que pudo conseguir el dinero suficiente, se la llevó fuera de allí, a una casa frente al mar, con criada y todo pagado. La visitaba cada fin de semana y no hablaban del mundo de “T”. Ella llamaba a su hijo por su nombre y eran felices así.

Pero el tiempo pasa y el cielo azul se encapota. Las envidias y las ganas de medrar crecen entre los que están abajo o los quieren entrar en un negocio suculento y sin escrúpulos.

Una tarde, “T” caminaba con dos de sus hombres de confianza. Un coche se les acercó y se paró. De su interior se bajaron dos tipos con pistolas y los hombres de confianza de “T” sacaron las suyas.

Entre los cuatro cosieron a tiros a “T”, hasta que quedó claro que el muerto que se desangraba era uno más de una rueda infinita, no era nadie, nada.

Un hombre, unos días después, se acercó a la casa de la madre. Ella lloraba sin consuelo cuando escuchó que a su hijo le habían asesinado. Aquel hombre se presentó como una persona de confianza de los negocios de su hijo. Le informó de todo lo que su hijo le dejaba y le entregó una carta de su puño y letra, escrito para ella por si le pasaba algo así.

Tras leerla, volvió a llorar durante un largo tiempo. Ahora ella lo tenía todo. Podía tener la mejor vida, pero no le quedaba nadie con quien vivirla.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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