No me lo puedo creer. ¿Acabas de entrar por la puerta, me das una caricia y te largas arriba? Llevo todo el santo día esperando a que aparezcas, sin muchas ganas de hacer nada, salvo lo rutinario.

Han llamado varias veces a la puerta, pero sabía que no eras tú. Al abrirla, aparecieron un cartero con un paquete, alguien que vendía algo que no necesitaba y la vecina, que necesitaba un poco de aceite. Me cae bien.

Lo reconozco, a la hora a la que llegas siempre me activo más y noto un nerviosismo extraño, no muy fácil de describir, pero que hace que los minutos pasen demasiado lentos, eternos y que, incluso físicamente, hace que me mueva a otra velocidad.

Pero esto no lo esperaba. Te vas a la ducha y ni siquiera me dices que vaya contigo. ¿Qué pasa? ¿No te importo ya? De verdad que no te entiendo, pero que sepas que por esto sí que no paso. Merezco que me prestes atención y no que me ignores.

Igual crees que no me importa, que aguanto esto porque aparecerás y con una carantoña lograrás todo, como siempre. Pero esta vez no. Quiero que valores lo que hago y lo que supone mi tranquilidad.

Vale que cuando nos conocimos era normal que no supiéramos todo de ambos, pero ahora… ¿A qué viene esa actitud? Si no fuera porque te conozco, hasta pensaría que estás pasando de mí.

Ya no oigo el sonido de la ducha. Ahora bajarás como si nada, buscando que te haga caso. ¡Pues no! Me niego.

Daniel bajó al salón tranquilo. Metió la ropa sucia y la toalla en la lavadora. Se acercó a Sara y la besó en los labios con cariño y amor. Escuchó un bufido. Giró la cara y miró a Estrella, su perra, mirándolo fijamente, con la cabeza apoyada en los cojines del sillón.

— ¿Qué le pasa?

— Ni idea. Algo le habrás hecho. Tú sabrás. Pon la mesa y cenamos en diez minutos.

Lo hizo mientras la perra lo seguía con la mirada. Cuando terminó, miró a su mujer.

— ¿Cenamos?

— Cinco minutos.

Otro bufido. Daniel miró de nuevo a la perra.

— ¡Ah, vale! Que no te he hecho caso.

Otro bufido.

— ¿Me estás riñendo?

Ahora la perra le ladró.

— Daniel, hazla callar.

— Vale.

Daniel se sentó al lado de la perra, que lo miraba sentada. Acercó su mano a la cara del animal y le acarició. Al principio no parecía inmutarse, estaba seria, pero luego, tras algunos ladridos sueltos de reproche, se tumbó junto a él, apoyando la cabeza en su pierna. Él siguió acariciándola. Ella cerró los ojos.

— Al final, siempre consigues lo que quieres.

Y se durmió. Daniel se levantó y se sentó a la mesa después de lavarse las manos.

— Bueno, Rosa, ¿qué tal el día?

Y cenaron con calma antes de salir a la terraza y ver las estrellas mientras tomaban una copa de vino, tranquilos. La perra estaba plácidamente dormida en el sofá.

© 27 Infinitos

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