Girábamos en calma, mareándonos a propósito sin pensar en qué día estábamos o la hora que era. El concepto de tiempo era algo reservado a las madres, que clamaban a los dioses desde la ventana con palabras ensambladas como frases: “sube, que ya es hora de comer”, “a cenar, que mañana hay clase”.

Aquellas frases te devolvían a la realidad que te negabas a asumir. Te despedías con un abrazo y una mirada eternas, que se rompían con otra llamada de los dioses. En ese momento el peso de tu cuerpo se hacía real, existía y el “hasta mañana” era el paso previo a lo que yo creía que era la desaparición de su presencia para siempre.

En ocasiones, aquellas dudas se hacían realidad, aunque todo se reducía a fiebre, resfriado, gripe o algún estirón que otro, aunque también fuera por algún viaje con la familia en vacaciones o pequeñas escapadas.

Los días, como los meses y años, pasaban sin que fuéramos conscientes de ello. Ella y yo seguíamos siendo los mismos, pero nos dábamos cuenta de que sabíamos lo que el otro quería o le apetecía de una manera más clara. Por mucho que jugáramos con más niños o en grupos, acabábamos juntos siempre. Era un hilo invisible que nos unía, se anudaba y entrelazaba más cada vez.

Habíamos quedado aquella tarde, una tarde más, pero no vino. Teníamos doce años. Pensé que había ocurrido algo inesperado, pero nada importante, sino lo hubiera sabido. Me lo hubiera dicho.

Pero sí paso.

Al día siguiente tampoco vino. No quise preocuparme. Al cuarto día no puede esperar más. Salí de casa después de acabar de comer. Hacía mucho calor, el cielo era de un azul intenso y no soplaba aire. Todo parecía haberse detenido. No había nadie en la calle. Corrí en dirección a su casa saliendo de mi calle, una pequeña y escondida que tiene salida, o entrada según se mire, a dos principales. Fui directo al edificio donde vivía.

Lo vi. En su balcón del piso 4ºA había colgado un cartel de “SE VENDE”. ¿Cómo? No podía ser. No me había dicho nada. ¿Por qué? Me di la vuelta por donde había venido y corrí a casa. Llegué congestionado por el esfuerzo y el calor. Mamá estaba lavando platos.

— Se ha ido.

— ¿Quien?

— ¡Samantha! ¡Se ha ido de verdad! Hay un cartel de “SE VENDE” en su balcón. ¡Y no me lo ha dicho!

Mi madre paró de lavar. Se secó las manos tranquilamente con un paño.

— Lo sé.

¿Cómo que lo sabes?

Su madre me llamó la semana pasada para decírmelo. Su padre pidió el traslado en su trabajo y se marcharon lejos, a Italia.

¿A Italia?

Se fueron sin avisarla. Dejaron todo aquí porque una empresa de mudanzas se hacía cargo de todo el trabajo de traslado después de que se fueran. Siento que no haya podido despedirse de ti.

Y ahora, ¿qué hago?

Tendrás que seguir adelante y ser fuerte.

Mamá, ¿la volveré a ver?

No lo sé, pero tú no debes pensarlo porque te va hacer sentir mal, triste. Si vuelve, bien; si os encontrareis, mejor, pero tienes que entender que se ha ido y es posible que para siempre.

No fue un buen año y el verano…, mejor no recordarlo. Mi madre no me decía nada, pero sabía que pensaba en ella. Sí, lo reconozco, lloré su ausencia porque la echaba de menos y porque no la vería más…

Me acostumbré a estar sin su presencia, guardé su recuerdo en una cajita imaginaria y la cerré con llave. La coloqué dentro de mi corazón y la puerta dio un latido fuerte al cerrarse.

Me centré en los estudios. No fue difícil. Ella y yo estudiábamos juntos, un día en su casa y otra en la mía, y competíamos en sacar buenas notas. Casi a la par, pero ella siempre un poco mejor en unas y yo en otras.

Mi cuerpo y mi voz cambiaron. Yo, no. Crecí y me hice más alto, fuerte, pero no pensaba en ello hasta que me fijé en alguna mirada que otra de alguna chica. Aquello me llamaba la atención y me sonrojaba, pero iba cambiando atraído por esa cercanía a otras personas, a otras chicas. Samantha se difuminó un poco, pero nunca se iba. Volvía cíclicamente para que la recordara.

Mi primer beso fue en el Instituto, con una chica de otra clase. Nunca fuimos novios porque no era al único que besaba. Por eso me alejé poco a poco de esos encuentros. Supongo que no me gusta compartir ese tipo de sentimientos y gestos.

Pasaron los años y acabé la carrera universitaria, Historia del Arte, y recorrí varios países para empaparme bien de lo que había estudiado, aunque Italia era algo que evité. Pensar en ir allí me producía desasosiego. Ya ves, creía que llegaría y me encontraría a Samantha, no sabríamos qué decirnos, hacer y nos despedíamos derrotados. Sabía que algún día iría a ese país, pero demoraba al momento. Miedos irreales, pero miedos, al fin y al cabo.

Hoy no quiero salir, pero me han convencido de que será algo en plan tranquilo. Amigos de la facultad. Iremos a casa de Alba. Un espacio con jardín. Todo muy chill out: música de ambiente suave, buena conversación, mejor comida y bebida. Vale, me decido voy. Me llevan en coche. El mío está en el taller. No seremos muchos, los suficientes.

La verdad es que aquella casa está muy bien. No es la primera vez que vamos, pero hoy tiene algo especial. Hace calor y el cielo es de un azul intenso. Me trae recuerdos. Conozco a casi todos, así que no me siento extraño. No soy de las personas a las que le gusten los cambios radicales o ambientes en los que no conozca a nadie.

Habló y me río. Me siento muy a gusto. El ambiente está muy bien. La casa de Alba es un remanso de paz. Sus padres no iban a estar y les pidió permiso para prepararla. Ella prefiere este tipo de encuentros. Mejor.

Alba se acerca y pregunta qué tal lo estamos pasando y si nos gusta la fiesta. Le contestó que está genial. Me gusta todo. Sorpresa, me dice que vendrán unas amigas. Vale. Seguro que son buena gente. Alba siempre se rodea de personas que le aporten lo mejor. Es muy fácil quererla y ella se hace querer. Todos la apreciamos porque se preocupa de crear el ambiente adecuado. Es una gran anfitriona. Sinceramente, creo que será una persona muy importante en un futuro cercano.

Voy a la mesa donde está la comida. Tomo un plato y pongo algo de lo que hay sobre él, no mucho, aunque todo tiene una pinta riquísima. Se lo digo a Alba, que lo agradece de corazón. Cuando estoy escogiendo algo más que comer, la escuchó detrás de mí. Ha llegado una de sus amigas. Dejo el plato sobre la mesa y me giro despistado y tranquilo. Levantó la mirada.

El tiempo se para.

¡Samantha!

¡Nico!

Nervios, Alba descolocada, nunca me ha escuchado ese tono de sorpresa, el resto de los presentes atentos, nadie lo entiende y todos quedan expectantes. La noche promete. Ambos plantados frente a frente, ninguno sabe qué hacer. Ahora o nunca. La abrazo. Sus brazos me rodean y se quedan pegados a mi espalda, como los míos a la suya.

¿Cuánto tiempo? uno, dos, tres minutos… No lo sé. Siguen las miradas alrededor. Emoción, magia, todo muy chill out.

— Lo siento. No me dejaron despedirme de ti.

— No sabía que te ibas.

— No te olvidé.

— Ni yo a ti.

Hablamos abrazados, sin mirarnos, con su cara sobre mi pecho. Los ojos cerrados y nada ni nadie más alrededor. Nuestro mundo es nuestro abrazo, nuestra piel, su olor, su tacto. Acaricio su pelo. Sigue el silencio alrededor. Nos separamos lo suficiente para que ella pueda levantar la cabeza y verme. Acaricia mi cara. Todos los demás aguantan la respiración.

Y lo hace.

Se acerca y me besa los labios. Abrimos nuestras bocas y nuestras lenguas se unen. Todos sueltan aire y no creen lo que acaba de pasar. No nos movemos del sitio hasta mucho rato después, en que nos sentamos en otro de los espacios del jardín y hablamos, hablamos y nos contamos todo lo que hicimos y vivimos antes de aquel momento.

Alba se acerca y nos ofrece algo de comer y beber. La miramos y la invitamos a quedarse con nosotros. Nuestras manos entrelazadas no se separan y le contamos quienes fuimos.

Noche mágica.

Desde aquella noche no nos hemos separado.

© 27 Infinitos

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