Giró la llave del gas, dejándola en el mínimo. Acercó el mechero al fuego grande y, a la vez que pulsaba en la parte plástica de éste, con el mismo dedo pulgar giraba la rueda dentada. Tras rascar en la piedra y provocar una chispa, ésta hizo encender el gas de la cocina, provocando una llama amarilla que se volvió azul, formando un circulo de múltiples llamas iguales.

Dejó el mechero dentro de un cuenco de cerámica, en una de las estanterías de la cocina. Dentro de este había varios iguales. Sobre la llama azul colocó una sartén honda y ancha. Derramó en su interior tres cucharadas de aceite de oliva de primera presión en frío. Subió la cantidad de gas al máximo girando de nuevo la llave.

De la nevera sacó un plato, en el que había un trozo grueso y generoso de carne roja. La salpimentó por todos los lados, mientras el aceite cogía temperatura. Se lavó y limpió las manos.

Tras secárselas con un trapo limpio, acercó la palma de la mano derecha al aceite para comprobar la temperatura. Aún le faltaba un poco. Quitó la mano y se quedó observando el líquido dorado hasta que aparecieron ligeras insinuaciones de burbujas y un olor más intenso. Conectó el extractor y lo dejó a media potencia.

Al mismo tiempo, encendió el horno a 200° para que cogiera temperatura. Tomó la carne y, al colocarla sobre la sartén de hierro y aceite caliente, comenzó un chisporroteo mezcla del propio aceite, la carne y el jugo de la misma.

Con unas pinzas grandes de cocinero, fue sellando el trozo por todos los lados de la carne con tranquilidad, precisión, profesionalidad y tomándose el tiempo necesario entre giro, movimiento y nuevo giro.

Cuando tuvo el color que buscaba apartó la sartén y la dejó sobre un salvamanteles de metal, que había sobre la encimera de granito. Así evitaba que la piedra pudiera rajarse. Apagó el fuego de la cocina. Rápidamente colocó, clavándolas en la carne, varias ramas de tomillo. Bajó la temperatura del horno a 180°, abrió la puerta y metió la sartén, dejándola sobre una rejilla colocada en el centro y con calor en la parte superior e inferior. Tomó una cuchara honda y bañó la carne con su propio jugo antes de cerrar la puerta. Miró la carne a través del cristal unos segundos. Recogió la loza, los cubiertos manchados y los lavó. Se secó las manos de nuevo y metió el paño dentro de la lavadora.

Abrió otra puerta de otro armario de la cocina. Tomó un plato y un vaso de su interior. De un cajón, bajo la encimera, sacó un tenedor y un cuchillo de hoja lisa, pero muy afilada. De otro inferior al anterior tomó un mantel y una servilleta perfectamente planchados. Salió con todo ello al jardín de la casa, en el que había una terraza exterior cubierta, una mesa de madera tipo rústica y seis sillas a juego. Estaba despejado y hacía calor, pero se estaba a gusto afuera.

Colocó el mantel, planchando las arrugas que se formaban con la mano. Puso la servilleta a la derecha del plato. Sobre ésta, el cuchillo con el filo hacia dentro. El tenedor a la izquierda del plato, con los dientes hacia arriba. El vaso de agua lo colocó frente al plato, en el centro.

Volvió a la cocina. Observó el horno unos segundos. Perfecto.

Apagó el horno, abrió la nevera y, de su interior, quitó una jarra de agua fresca que llevó a la mesa. Sirvió un poco en el vaso. Volvió a la cocina. Tomó un guante para horno, abrió éste y tomó la sartén por el mango. Cogió las pinzas y salió a la terraza. Colocó el trozo de carne en el plato con cuidado. El olor que desprendía despertó sus papilas gustativas y provocó que la cantidad de saliva en boca aumentara.

Dejó la sartén sobre otro salvamanteles, que había dejado antes sobre la mesa.

Se sentó frente al plato. Bebió un poco de agua para quitar de la boca el exceso de saliva y su sabor, además de refrescarse con el frío del líquido. Se colocó la servilleta sobre los muslos, tomó los cubiertos, miró el trozo de carne, olió la mezcla de esta con el aceite, la sal, la pimienta y el tomillo. Todo era perfecto y estaba en su punto.

Clavó el tenedor y cortó un trozo con suavidad. Lo miró. Perfecto. Ni demasiado crudo ni demasiado hecho. Tenía ese punto de color que despierta las ganas de comer. Llevó el trozo a la boca, masticando ligeramente y esbozó un sonido de aprobación mezclado con una sonrisa que, si alguien la hubiera observado, la sentiría inquietante. Siguió comiendo.

El caníbal tenía hambre.

© 27 Infinitos

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