Cuando Samantha se despertó sabía que algo no estaba bien en la casa. Su marido dormía junto a ella profundamente. Decidió levantarse y comprobar que todo estaba como debía. Vestía una combinación corta de asas, que dejaba ver un cuerpo bien definido y hacía que sus pezones se insinuaran en la tela. No se puso bata porque hacía calor en la casa. Aunque estaba puesto el aire acondicionado, el calor seguía sin querer marcharse.

Tampoco se puso zapatillas. Abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo de la planta superior, dirigiéndose a las habitaciones de los niños. Emma y Sam dormían tranquilos en sus camas profundamente. Apenas se escuchaban sus respiraciones.

Aun así, había algo que no le hacía sentir totalmente tranquila. Sabía que algo no cuadraba. Bajó las escaleras que daban a la entrada de la casa. La cerradura no parecía forzada. En la cocina no había nada fuera de su sitio. Ya estaba pensando en que todo eran alucinaciones suyas cuando notó una ligera brisa que venía del salón. La luz de la casa estaba pagada. Se dio cuenta de que había recorrido las estancias a oscuras, aunque las luces de la calle le daban una iluminación al interior un tanto inquietante.

Cuando entró en el salón, despacio, comprobó que una de las ventanas estaba abierta, pero ella estaba segura de que no había nadie allí, lo habría sabido. Al día siguiente llamaría a la empresa de seguridad porque habían anulado la alarma, eso seguro. ¿Quién habría sido?

El que lo había hecho era bueno, pero tampoco demasiado. Si no se habían llevado nada…, seguramente lo habían dejado.

Samantha se dirigió directamente a la mesa baja del salón, enmarcada entre sofás y lo vio. Sobre ella había un móvil y, junto a él, una rosa blanca sin espinas.

Se sentó tranquila y esperó. Unos minutos después el móvil comenzó a vibrar en silencio y la pantalla a iluminarse. Número desconocido. Lo tomó entre las manos y, mientras lo llevaba a su oreja, descolgó. Esperó a que le hablaran, mientras notaba una respiración al otro lado de la línea. Ella no tenía prisa.

— Buenas noches, Samantha.

— Buenas noches, número desconocido.

— Perdona si te hemos despertado. No quería…

Samantha le cortó en seco.

—  ¿Vas a explicarme cómo has entrado en mi casa y disculparte? Ahórratelo. ¿Qué quieres?

 — Vaya, eres directa.

 — Me aburres. Dime lo que tengas que decirme ya o cuelgo.

 — Bueno, primero tendría…

Samantha colgó. Dejó el móvil sobre la mesa y espero de nuevo. Volvió a iluminarse. Dejó que se agotaron los avisos. Sonrió. La pantalla volvió a iluminarse. Tomó el teléfono y descolgó.

— Dime qué quieres y déjate de literatura.

— ¡Que sea la última vez que me cuelg…!

Colgó de nuevo. Esperó tranquila, mirando hacia las sombras. El móvil volvió a iluminarse. Lo tomó y descolgó.

— ¡Calla y escucha! Dime qué quieres, sin más, o cuelgo para siempre. Nada de introducciones.

Hubo un silencio largo.

— Quiero que mates a alguien.

— ¿Objetivo?

— Te he enviado toda la información a tu cuenta.

— ¿Cuánto tiempo?

— Una semana.

— Muy bien. El pago por adelantado.

— Eso no es lo que me dijeron.

— Ya, pero en tu caso voy hacer una excepción, por allanamiento de morada.

Nuevo silencio.

 — Está bien.

 — 500.000 €.

 — ¿Cómo? Eso es el doble de la tarifa que me dijeron que cobrabas.

 — Tienes un minuto para pagar.

 — ¿Qué?

— 50 segundos.

— ¡Joder!

— 40 segundos

— Ya está, ya está.

 — Un momento.

Samantha accedió a su cuenta través de su otro móvil. El dinero estaba ya.

— Todo bien. Cuando termine el encargo te mandaré un mensaje desde este móvil. Ahora lo apagaré y le quitaré la batería. Dentro de una semana te notificaré que todo se ha hecho según las indicaciones facilitadas.

 — De acuerdo.

 — ¡Ah! Una cosa que voy a pedirte.

 — Tú dirás.

 — El que ha entrado en mi casa, ¿te ha dado mi dirección?

 — No.

 — Espero que así sea y que él esté muerto antes de que pase el día. Si no es así, acabaré con él y contigo. Nadie entra en mi casa con mis hijos dentro.

 — No puedo hacerlo.

 — Puedes y debes, David.

 — ¿Cómo?

—  ¿Crees que no sé quién eres? Te lo repito: mátalo o tú morirás, después de matar a tu hija y tu mujer primero. Nadie entre en mi casa sin consecuencias.

 — ¿Es una amenaza?

 — No, es un hecho. Buenas noches.

Colgó. Le quito la batería al móvil y lo escondió en lo alto del armario. Bajó la ventana del salón y subió a la cama. Antes de acostarse entró en las habitaciones de sus hijos de nuevo y los beso en la frente. Al acostarse en su cama abrazó a su marido, que se dejó rodear por ella.

— ¿Todo bien, cariño?

 — Sí, nada. Había quedado una ventana abierta.

¿No sonó la alarma?

Parece que el detector está mal. Mañana llamo a la empresa de seguridad, tranquilo.

Samanta comenzó a besar su cuello, suave. Notó que se excitaba y eso le excitó a ella también. Él se giró mientras ella notaba en su mano cómo su pene crecía. Separó sus piernas mientras se dejaba hacer. La ventana ya no ocupaba la mente de su marido. Ella estaba bien. Cuando amaneciese, buscaría una nueva casa en la zona que más le gustaba a su marido. Seguro que no le diría que no.

Cuando David vio entrar al hombre que había dejado el móvil y la rosa en casa de Samantha ni se lo pensó. Tomo la pistola, que tenía guardada en el cajón, ante la sorpresa de sus hombres y le descerrajó un tiro en la cabeza. Cayó muerto casi sin enterarse.

— Lleváoslo de aquí.

Frente a la mesa había un dossier de Samantha, que el tipo muerto le había pasado. Dentro había información sobre ella. Estuvo tentado a abrirlo y ponerle rostro a la voz, saberlo todo de esa mujer. Su mano tomó la carpeta, se levantó con ella, se dirigió a la chimenea, que estaba encendida y la tiró dentro sin abrirla. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Dejó que ardiera por completo y volvió a sentarse frente a la mesa. Tomó el teléfono fijo que había sobre ella e hizo una llamada.

— Hola cariño. Llamaba para saber cómo estáis tú y la niña. Os quiero.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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