— Hazlo.

Entró en la tienda tras unas gafas de sol, encapuchada y temblorosa. Las primeras gotas de sudor se mezclaban con el frío de su piel pálida. Sus manos se juntaban y separaban nerviosas o, juntos los dedos, se retorcían como lo haría alguien con el síndrome de abstinencia. Los pasos dubitativos hacían que las personas con las que se cruzaba se apartaran y la evitaran con claros gestos de repulsa.

Ella se daba cuenta de todo aquello, pero no podía evitarlo. Eso hacía que se sintiera más insegura, con lo que los nervios aumentaban, sudaba más y el olor corporal era más que evidente, lo que le producía mayor incomodidad, pero tenía que hacerlo.

Miró hacia la persona que estaba fuera del local, que esperaba por ella, y este contestó a su gesto con otro que, claramente, le invitaba a seguir con lo que le había llevado allí dentro, sin más.

Era la primera vez que entraba en aquel lugar. De hecho, ni conocía la zona, lo que la hacía mucho más vulnerable. Todos los ojos del mundo se clavaban en ella, en su mirada esquiva, en su espalda, en su respiración acelerada. Cada pasillo que pasaba era un sufrimiento hacia algo inexistente. Tenía que llegar hasta el final.

Así, entre estantería y estantería, se acercaba a alguno de los productos, alargaba la mano, lo pensaba y volvía a guardarla en los bolsillos con miedo, lo que alertaba a más de uno de los que pasaba a su lado. Quería hacer aquello desde hacía tiempo, pero era algo superior a ella y eso la carcomía por dentro. No podía, no podía, no podía…

El dueño de la tienda la enfiló desde el mismo momento en que entró por la puerta. Gente como aquella entraba habitualmente y siempre era lo mismo: problemas. Esperaba que no pasara nada, como siempre, pero sabia que lo habitual era lo contrario. Siempre tenía, al final, que enfrentarse a alguno que otro y no con buenas palabras. No quería que ella sospechara y su gesto no cambió, aunque la mantenía vigilada por el circuito cerrado de vigilancia y las cámaras conectadas a este.

Ella seguía sin rumbo fijo entre los pasillos. Minuto tras minuto su agobio crecía, su inquietud se hacía mayor. No podía estar allí para siempre. Aquello era insufrible, aquello era lo peor que le podía estar pasando y quería que acabara de una vez. Fue en esa especie de crisis física y emocional que lo vio.

En uno de los pasillos, en el que estaba en ese momento, había una sección de dulces y, justo a la altura de sus ojos había, una caja de esos bizcochos redondos y planos, rellenos de naranja y bañados en chocolate que eran su perdición. En casa no podía tenerlos porque, inmediatamente, los abría y se los comía, uno tras otro, hasta dejar la caja vacía.

Notó como su boca salivaba sin poder evitarlo. Era una oportunidad para salir de allí de una vez, aquello era lo que había estado buscando para responder a quien la esperaba fuera. Ahora sí que extendió la mano lentamente. No sabía si podría superar su problema, pero eran los bizcochos rellenos de naranja.

El dueño del local la observaba sin piedad, mientras esperaba que no cogiera el paquete y saliera corriendo. Tampoco estaba como para ir detrás de aquella chica rara por unos putos bizcochos. Aun así, se preparó con disimulo para intentar cortarle el paso. Aunque ahora que lo pensaba, ¿quién coño era el que esperaba fuera? Mejor no fiarse.

Ella tomó el paquete entre sus manos, temblando más que nunca. Comenzó a andar hacia la salida, a la caja de la entrada. ¡Qué calor tenía! Su cabeza estaba a punto de estallar. Pasos cortos, tranquila, despacio, ya queda menos. Estaba a un metro de la caja. Se detuvo porque había alguien delante de ella. ¡Joder! ¿Por qué no podía estar sólo ella? Ahora tenía que esperar turno y todos la mirarían.

La persona que estaba delante de ella se fue. Ella estaba clavada en el suelo. El dueño del local esperaba. Fueron unos segundos horribles hasta que él le habló.

— Disculpe, le ocurre algo.

Ella levantó la mirada hacia él.

— No.

— ¿Quiere que le cobre?

—Empezó a balbucear.

— Sí, sí, sí…

— ¿De verdad que se encuentra bien?

— Sí…, no… Perdone, es que esto es nuevo para mí.

Tenía los nervios fatal, ya no sabía qué hacer.

— No la entiendo.

— No le voy a robar. De verdad que no. Es que hace mucho tiempo que no salgo de casa, años. Estoy asustada.

Aquel hombre la miró con preocupación. Se había equivocado y se dio cuenta. Tomó una silla que tenía junto a él.

— ¿Quieres sentarte? Estás temblando.

— Sí, por favor. Lo siento. De verdad que lo siento.

— No te preocupes. Tómate el tiempo que necesites. ¿Quieres que avise a alguien?

— No, mi terapeuta está esperando a que salga.

El dueño del local miró fuera y vio a aquel hombre, del que había sospechado, sonriéndole y haciendo un gesto de saludo.

— ¿No entra?

— No, tenía que comprar algo y salir yo sola. Dice que es una forma de volver, paso a paso, a integrarme socialmente y romper con mi encierro físico y emocional.

— ¿Cuánto hace que no sales de casa?

— Seis años.

— ¿Seis años? ¿Pero cómo?

— No quiero aburrirle con mis problemas.

— Espera.

Aquel hombre avisó por megafonía a una reponedora y le pidió que se ocupara de la caja. Luego le habló de nuevo a la desconocida.

— ¿Puedo sentarme a tu lado un momento?

Ella le miró extrañada.

— ¿Por qué?

— Porque creo que necesitas hablar con alguien y que te escuche y, si no te importa, me gustaría hacerlo.

— No lo sé.

— Tómate tu tiempo. Si quieres bien y, si no, al menos estarás un poco más calmada.

Él se sentó y guardó silencio. Ella le miraba sin saber qué hacer. En ello estaba cuando, sin saber cómo, se escuchó a sí misma hablarle a un extraño de todo el dolor que llevaba dentro, de lo que le había ocurrido hacia seis años, de cómo se refugió en la casa para intentar estar bien y de cómo aquello se convirtió en una especie de lugar que la aislaba del sufrimiento. También le contó cómo se había empezado a aislar de todo y de todos, de cómo dejó de recibir llamadas, visitas y su mundo se convirtió en su casa, su habitación y la conversión de sus padres en rehenes de ella misma por amor a una hija. Y lloró desconsolada, lloró de pena, de rabia, de dolor, allí, frente a un extraño, rodeado de pasillos y artículos de una tienda, hasta que no quedaron lágrimas.

— ¿Te encuentras mejor?

— Lo siento.

— ¿El qué?

— Haberte molestado con mi mierda de vida.

— Tu vida no es una mierda. Lo que es una mierda es que no pudieras o no supieras salir de aquello que te hizo sufrir y que aquellos que te rodeaban se rindieran. Ahora lo que importa es que estés bien. Mírate, ya ni tiemblas.

Ella se irguió y sí, era cierto. No temblaba, no estaba nerviosa. Era como si hablar con aquel desconocido le hubiera hecho soltar todo el lastre que llevaba, todo el miedo que la había hecho refugiarse en una cárcel sin barrotes, sin guardias y con la puerta de salida abierta.

— Creo que tengo que pagarle esto.

— No te preocupes. Déjalo así.

— Gracias.

— No. Gracias a ti por haber confiado en mí para contarme lo que te sucedía.

La chica se acercó al desconocido y le abrazó con cariño. El hombre se sorprendió y se dejó hacer. Él también hacía tiempo que necesita unos brazos que lo rodearan, aunque fueran de una extraña. Unos segundos después, ella se separó despacio., se levantó y salió por la puerta. El hombre que la esperaba le sonrió.

No sabía si volvería a verla, pero el dueño de la tienda supo que la vida tiene esos momentos que no se pueden olvidar y que quedan marcados dentro para siempre.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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