¿De dónde viene la arena del mar? ¿Por qué no puedes apartarte de su atracción, del sonido de las olas, el rumor y acabas dejando que los pies se hundan poco a poco, hasta que casi son parte de la propia arena?

De dónde soy, mis pies han descansado en playas cercanas y distintas, incluso antagónicas. Playas que varían al dar unos pasos hacia uno u otro lado. Todas ellas con su luz, sus formas, espacios, tamaños y personalidad.

Una playa puede ser una línea horizontal de curvas y espacios creados por las olas arañando la piedra y esa misma piedra, en parte, hundirse en el mar. Esa piedra, lisa o rugosa, con vida sobre ella o nada más que ella misma. Piedra curvada o con aristas, sin rastro o con polvo de roca que se pega a tus pies y se va contigo a casa. Piedra que huele a mineral y sal, porque la marea la asalta y deja su marca impresa. Es el mar el que la cincela, la perfora, la trabaja y la alisa, creando formas a veces imposibles, únicas, bellas, aunque den miedo.

Las hay de arena fina, blanca cuarzo o negra volcán, que se enredan en ti con alevosía, entre el aire que se levanta y la espuma de la cresta de la ola. Arena blanda que se compacta en la orilla y te entierra, que te lleva, te atrae hacia dentro del agua y te susurra “ven” con su rumor. Arena que cuenta el tiempo entre los dedos mientras se cuela y escapa entre ellos; que no vale nada y que necesito volver a pisar, sentir cómo se desliza sobre la piel; con la que se construyen castillos y sueños que el tiempo se llevará demasiado rápido.

Recuerdo playas de pisar doloroso y lento, titubeante y accidentado, donde toda ella la ocupaban las caracolas pequeñas, espirales de colores y formas en miniatura, conchas de animales, de seres vivos que se pegaron alguna vez en la roca y de la que se desprendieron o las arrancaron; de lágrimas duras y oscuras de mejillón, de las que tomar su carne naranja cocida; de corales de diferentes formas y tamaños. Allí, los pies curtidos o rajados no son lo importante. Lo que me conectaba con ella era buscar esa forma particular en espiral, el tono que llamara la atención, el tacto que hace que no puedas desprenderte de ella y la tengas que llevar al bolsillo del bañador.

Hay playas especiales que parecen extrañas zonas que pisar con calma y visión científica. En ellas descubres cantos rodados y piedras pulidas de tamaños varios y cristales de colores contorneados por el agua, la arena y las mismas piedras. Cuando refleja el sol en ella brilla, me emociona su luz y me siento un pirata que haya descubierto un tesoro o un niño curioso que, asombrado, mira por primera vez a través de un caleidoscopio. Los colores son de verdad y esas piedras preciosas son cristal, no vale nada y lo valen todo cuando las tomo entre las manos y me preguntó cómo algo tan sencillo se puede convertir en algo tan bello.

Pero también hay playas que nacen de los bosques, del monte, de la tierra oscura de los pinos y sus hojas puntiagudas y se mezclan con la arena, difuminándose con ella, como un cuadro de un paisaje, hasta llegar al agua. Se crea una sensación de barro que te acompaña y se queda en tu recuerdo, quizá moldeando tus sueños. Y el mar, su olor, se mezcla con el aroma de la tierra seca, de la corteza, de la resina que se derramó sobre los troncos, que huele fuerte llenándote por dentro y se pega en tus dedos, amarilla ámbar, atravesada por la luz del sol, atrapando tu mirada una y otra vez.

La playa. El lugar donde tumbarte; donde desaparecer entre el gentío; donde conversar y conocer; donde insinuarse y atreverse; donde enamorarse y despedirse al terminar el verano; donde estar, sin más.

En todas y cada una de ellas viví, disfruté, sonreí, lloré, contemplé una puesta de sol, me bañé, me sumergí, buceé y besé otros labios… besé otros labios.

El mar, la playa.

Mi lugar en el mundo.

 

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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