Estoy sentado frente al mar, escuchando el sonido de las olas rompiendo en la zona de rocas en la que me encuentro. A poco que te pares, notas el poder del océano, aunque no parezca fuerte el golpe. A mí me sobrecoge y me relaja la sensación de la marea que viene y va, bajando y subiendo según la hora que marca el reloj de sol.

Me fijo en una de las rocas que está cerca de mí. Tiene unas formas redondeadas, lo que la hace parecer una especie de animal desconocido o extinto a mis ojos.

Es en ese momento que me viene a la cabeza una idea, que me hace dudar del concepto de inerte.

Esa roca tendrá millones de años, sin poder concretar el momento exacto en que surgió o el modo en el que lo hizo. Ni siquiera podemos asegurar cómo era en un inicio. Sólo sabemos que es más que posible que existiera antes que el ser humano apareciera sobre la tierra o, incluso, el mar, pero ahí estaba.

Lo cierto es que, si lo pensamos bien de verdad, empezaríamos por poder visualizar una forma que, después de creada, fue inmediatamente atacada por aquello que estaba allí: el tiempo y sus inclemencias.

Imagino la lluvia ácida, los vientos violentos y el ataque del agua, tormentas de tierra o las caídas de otras piedras sobre ella.

Podemos pensar que, en un primer momento, no había lo que entendemos por agua de mar y los océanos que hay ahora, ni la cantidad porque, a lo mejor, ni siquiera un líquido elemento la golpeaba.

Segundo a segundo, año a año, millón a millón de tiempo, todo lo que aparecía en la tierra, su clima y elementos, le iba afectando a su superficie, lo que hacía perfilar, poco a poco, de forma casi insignificante, sus volúmenes, recortando, redondeando, quitando, reduciendo cada milímetro de su forma hasta que se le unió a ese desgaste el agua, tanto salada, ácida, como dulce. Se unió al resto tallando la roca que, ahora, está frente a mí y, como ella, otras que sólo contemplan lo que las cambian y transforman.

Es por ello por lo que, cuando pienso en esa roca que tengo delante, no pienso en algo inerte. Todo lo contrario. A diferencia de lo que se pueda pensar, una roca frente al mar es algo vivo y que se transforma, a cada momento, en algo nuevo.

La vida no sólo está en los seres vivos. Lo inerte también está en constante transformación, cambio, evolución, mientras busca su propio espacio de vida.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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