Camino bajo los cerezos, que están en flor, pero no siento que lo haga. Noto mis pasos ralentizados, como si algo dentro de mí deseara que mis pies no se posaran sobre los pétalos de las flores que caen al suelo.

Mis sentidos están colapsados por el aroma que hay en el aire, por la fragancia de la hierba, los sonidos que mezclan la brisa y el lenguaje de los pájaros.

Me parece casi imposible no mirar las copas y ramas de los árboles y no sonreír por la explosión de color que descubro a lo largo del camino. Por eso voy tranquilo, con calma y descubriendo lo desconocido por mí y conociendo lo que tengo dentro.

Y en ese instante que, bajo las defensas, es cuando su recuerdo me ataca a tradición y la tristeza quiere abrazarme. Prometí que no dejaría de luchar para evitarlo, pero no siempre puedo.

Me siento en un banco del paseo y dejo que todo aquello que siento, al pensar en ella, fluya sin intentar retenerlo. Al principio son imágenes difusas, sin sentido, que pasan como los fotogramas de una película. Así, hasta que se detienen en una escena que recuerdo con demasiada frecuencia.

Los primeros síntomas, los médicos, los posibles diagnósticos. Pruebas, pruebas y más pruebas. Días de espera eternos y sí, el peor de los diagnósticos. Miradas mutuas. Su mano que aprieta la mía. No hay tratamiento que cure, pero sí que lo ralentice o, al menos, lo intente.

El tiempo, desde ese mismo instante, se descontaba y corría demasiado rápido. Poco a poco, los síntomas fueron más evidentes, las dependencias más habituales, los miedos por los despistes y olvidos peores, hasta que dejó de reconocer, de ser ella y, de ahí, al silencio, las repeticiones continuas de frases cortas que creía no haber dicho antes y, poco tiempo después, la sonrisa que se convertiría en mueca, el cuerpo que se olvidó de vivir… Y se fue.

Fue horrible, pero antes de eso, cada año que ella vivió, estuviera como estuviera, volvíamos a este paseo y su mente volvía a brillar, al menos durante unas horas. Estaba a mi lado de nuevo, cada año un poco menos, pero era ella, ella… Lo era.

El recuerdo se va como vino. Me levanto y continúo el paseo, mi camino, bajo las copas de los árboles y las flores de cerezo.

© 27 Infinitos

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