Estoy sentado en la parada del autobús. Cada día es la misma rutina: me levanto temprano, a las siete de la mañana, y procuro estar cinco minutos antes de que llegue, por si acaso. No llevo el coche porque, al trabajar en el centro, sería casi imposible encontrar aparcamiento. Además, hay buenas comunicaciones con el transporte urbano y horarios continuos, por lo que no necesito usarlo. Mejor.

Hoy tomo el siguiente. Me quedé dormido porque ayer trabajé hasta tarde y se me pegaron las sábanas. Tampoco pasa nada. Una de las razones, para salir temprano de casa, es poder tomarme un café con leche en la cafetería de siempre, que está cerca de la oficina, antes de tener que darlo todo allí, como lo hago cada día.

Llega el autobús a la hora y subo. Pago y me siento. Del bolso, que llevo en bandolera, extraigo el teléfono y consultó alguno de los mensajes de mis redes sociales. Nada, sólo chorradas a las que no prestó atención. Los correos electrónicos puedo verlos más tarde, no hay nada que requiera prisa.

— ¿Le importa que me siente?

— No, claro.

Lo digo sin fijarme en quién es. Sigo a lo mío. No es que no me importe quién se siente o no. Lo que no me gusta es hacer lo que muchos: escrutar con la mirada a una persona que está a tu lado. Me gusta pensar que es una forma de guardar una escasa distancia de cortesía y, también, por respeto.

No soy de los que pierde el control ni nada por el estilo. De hecho, soy bastante tranquilo, pero creo que hoy me va a costar. Y eso es algo que me preocupa. No sé quién se ha sentado a mi lado, pero desde que lo ha hecho tengo erizado el vello de mi piel. Algo en ella me ha bloqueado y sé qué es.

Pocas cosas me hacen tener una reacción instantánea y fuerte. De hecho, creo que sólo una. Es un perfume concreto sobre la piel de mujer. Todavía no he averiguado el nombre, pero es algo que detiene de mi paso y me obliga a girarme para saber quién lo lleva. Es algo que me pone nervioso, que intensifica mis sentidos y me atrae. Creo que, si fuera un superhéroe, sería mi kryptonita. Es algo que me puede, me atrae y me gusta.

Y ella lleva ese perfume. Es intenso, fresco, ligeramente dulce, con personalidad. Siento un escalofrío e, instantáneamente, me hace cerrar los ojos y girarme, En este caso, hacia quien está sentada a mi lado.

Una chica normal, con atractivo. Pelo rizado, oscuro. Tez morena. Lleva un vestido corto, de verano, elegante, pero sencillo, sin alardes, de los que se lleva para estar cómoda. Ligeramente maquillada y, de no ser por el color de labios, ni siquiera pensarías que lo está.

Me estoy poniendo nervioso. De hecho, ahora que me fijo en el interior del autobús, descubro que hay gente, pero bastantes asientos libres. Apenas hemos hecho unas pocas paradas. Tenía otros asientos en los que estar.

No puedo más. Necesito bajar. Su perfume me puede.

— ¿Me deja pasar, por favor?

— Sí, claro. ¿Se encuentra bien?

— La verdad es que no.

— ¿Le pasa algo?

— Su perfume.

Su cara es un poema. Se ha sonrojado mucho, demasiado. Parece abochornada, insegura.

— ¿Le molesta? No lo sabía. Perdóneme.

— Me giro hacia ella tras dejarme pasar.

— No me molesta. Todo lo contrario. Me encanta y me descontrola. Perdóname tu.

Le doy al botón de parada y doy gracias porque pare casi al momento. Me bajo. Necesito tomar aire de ciudad. ¿Qué coño ha pasado allí dentro? Me inclino un poco, dejando el maletín en el suelo y sujetándome las rodillas con las manos.

No lo entiendo. No se va el recuerdo de ese aroma. ¡Joder, qué fuerte! En mi vida.

— Disculpa. ¿Te encuentras bien?

Su voz. Esto sí que no me lo esperaba. ¿Se ha bajado? Me giro y… Sí, lo ha hecho. Debe medir casi metro setenta.

— Más o menos. Gracias por preocuparse.

— Tutéame, por favor. ¿Estás bien?

— Ahora mejor.

— ¿Qué te ha pasado?

— Tu perfume.

— ¿Mi perfume? ¿Qué le pasa?

— Este que llevas, en concreto, me bloquea, me pone nervioso. No puedo hacer nada para evitarlo. No sé qué ha pasado esta vez. Perdona si te he asustado o molestado. No tenías que preocuparte y haber bajado.

— No importa. Además, esta era mi parada.

— Ah, vale. Pues, entonces, gracias. No te hago perder más el tiempo.

Tengo la mano en el maletín y voy a marcharme. Me habla de nuevo.

— Es la primera vez que tengo ese efecto en un hombre.

— Pues ya sabes. Utilízalo bien. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Ella se ríe con naturalidad. Su aroma sigue llegando. Me gusta. Quiero irme, pero no puedo. Estoy clavado en el suelo.

— ¿Cómo te llamas?

— Miguel. Un nombre poco original.

— María. Un nombre poco original.

Nos damos la mano con una sonrisa. Ella es más joven que yo, al menos 10 años… Más, seguro. Me sigue sonriendo.

— Te invito a un café. ¿Puedes?

Su invitación me sorprende.

— ¿Qué hora es?

— Menos cuarto.

— Tengo poco tiempo. En media hora he de acudir a una reunión…

— Oh, bueno. Pues nada. Quizá otro día…

— No he dicho que no. Tendrá que ser rápido. Mira, allí hay una cafetería.

— Vale.

Mientras andamos, ¡por fin!, he podido moverme y llamo por teléfono a un taxi, para dentro de veinte minutos.

— Lo siento. No tengo más tiempo.

— No pasa nada.

Hay una mesa libre dentro, junto a la cristalera de la fachada. Pedimos un café con leche cada uno.

— Así que te gustan los perfumes.

— No. Me gusta el perfume que llevas.

— ¿En qué trabajas?

— Soy creativo en mi empresa.

— ¡Ah! Tu empresa… Y no puedes llegar tarde.

— No quiero. Es por respeto a mis clientes y a quienes trabajan para mí. ¿Y tú? ¿Trabajas?

— No. Estoy acabando la carrera.

— ¿Qué estudias?

— Último curso de Filología Hispánica.

— Eres muy joven.

— ¿Es malo?

— No, sólo me hace ser más consciente de mi edad. Sólo eso.

— ¿Cuantos?

— Cuarenta.

— No los aparentas. Pareces más joven.

— Gracias.

Los minutos pasan y su aroma, ahora, es más sutil, más de notarlo cerca de su piel, pero sigue ahí, cerca.

— ¿Por qué mi perfume?

— No lo sé. Siempre ha sido así, desde la primera vez que lo olí en una mujer.

— ¿Y hoy?

— No sé qué me ha pasado.

— Habré sido yo.

— …

— Perdona, no quería que pensaras…

— No, no. Estaba pensando. Es posible que sea cierto lo que dices.

Un mensaje en el móvil. Ha llegado el taxi. Llamo al camarero.

— Me tengo que marchar.

— Una pena.

— Sí.

Llega el camarero y le pago. Cojo el maletín y me levanto. Ella hace lo mismo.

— Gracias por la invitación.

— Un placer.

— A lo mejor, otro día coincidimos.

— No lo sé. No te puedo prometer que pase.

— Ya, bueno. Me ha gustado conocerte.

— Pienso lo mismo.

Se acerca a mí y sus labios a mi cara. Cuando me da el segundo beso, roza mis labios con intención mientras me mira. No dejó de sentir su perfume. Me habla.

— Espero volver a coincidir.

— Quizá.

Salgo de la cafetería y me subo al taxi. La veo. Ella está de pie, mirándome. Se despide con un gesto de la mano.

Llegó con tiempo a la reunión. El día pasa rápido. Tenemos mucho trabajo y, con los nuevos clientes que han firmado el contrato, no faltará. Eso es bueno.

Pienso en ella, en María. Interesante lo sucedido. Me queda un buen recuerdo del encuentro y me hace sentir que, aún, tengo algo de atractivo. ¡Que tonto soy! En fin.

Como ocurre cada día, me he reunido con mi gente para notificarles las novedades y repartir el trabajo. Todo saldrá bien, lo sé. Nuestros clientes confían en nosotros y en nuestros proyectos.

No creo en hacer todas las horas del mundo cada día. Dejó que cada uno se organice, pero que cumpla su tarea. Y funciona. También lo pagó generosamente. Somos una familia bien avenida.

Es más de media tarde y creo que puedo dar por terminada la jornada. Me despido de mis empleados. Somos los justos y el último que se queda puede cerrar cuando quiera irse. Tampoco muy tarde.

Cuando salgo a la calle noto, de nuevo, el perfume. Tres veces en el mismo día. No puede ser.

— ¡Increíble!

Me giro hacia quien me habla. Conozco la voz.

— ¿El qué?

— Tu reacción al oler mi perfume.

— Te lo dije. No es casualidad que estés aquí, ¿no?

— No. Quería volver a verte.

— ¿Cómo supiste donde trabajo?

— Llamé a la central de taxis. Les dije que te habías dejado unos documentos importantes en la cafetería. Les di el número de coche y pregunté dónde te habían dejado, para devolvértelos. Y aquí estoy.

— Te invito a un café tranquilo, si quieres.

— ¿Estas casado?

— No.

— ¿Tienes novia?

— No.

— Entonces, me puedes invitar a cenar.

— ¿Por qué?

— Porque tú también lo quieres.

Allí, en mitad de la calle, cerca de ella, muy cerca, mete la mano en su bolso, saca un frasco de perfume y dos gotas acaban, una a cada lado, en su cuello.

— Eres muy joven, María.

— Tu mayor, Miguel.

Mi mano la toma por la cintura. Ella acaricia mi cara. Notó su perfume con intensidad. Me besa los labios. Su boca se abre junto con la mía. La miró y le hablo.

— Tenemos mucho de que hablar.

— Tenemos todo el tiempo del mundo.

© 27 Infinitos

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