Tras ponerse el pantalón rosa, el vestuario lo completaban una camisa morada, corbata naranja butano, zapatos azul celeste, gafas de pasta a juego con el color de la chaqueta verde y cristales rosas. Antes de salir de la casa, cogió su maletín rojo Coca-Cola.

Bajó en el ascensor, tranquilo. Aquel día iba a ser importante. Tenía que hacer la presentación del proyecto para unos clientes potenciales de su empresa de publicidad. Bueno, realmente necesitaba ese contrato para sobrevivir. Llevaban dos años intentando que la empresa arrancara, pero los trabajos, hasta ese día, únicamente les ayudaron a mantenerse a flote y un poco más.

A diferencia de otras empresas, no despidieron a nadie. La gente que trabajaba para ellos era muy buena, con imaginación, iniciativa y, lo mejor, se sentían en una familia. Por eso, si tenían que dejarlo, lo hacían todos.

Al salir del portal, disfrutó de los primeros rayos de sol en la cara. Hacía un día perfecto. Lo bueno de la empresa, que había creado con su amigo de toda la vida, Roberto, era que estaba céntrica y podía ir andando allí cada día. Una gran sonrisa asomó en su cara, lo que lo motivó más.

A medida que iba andando, sentía las miradas de los demás en el punto lógico. Había escogido el vestuario concienzudamente, para que la atracción hacia su persona fuera total.

La entrada de la empresa daba a la calle. La fachada era de cristal y, desde fuera, podía verse bastante del gran espacio abierto que había en su interior. Nada más entrar, Rosa, la mujer que se ocupaba de recibir a los clientes, no puedo evitar llevarse la mano a la boca, sorprenderse y no esconderlo.

—Buenos días, Rosa.

—Buenos días, Alejandro. ¿Pero qué llevas puesto?

—¿Esto? Un conjunto que capta tu atención.

—Eso seguro.

La sorpresa inicial se fue contagiando a todos los trabajadores, que se debatían entre lo original del vestuario, lo hortera y el “oh, Dios mío. Le ha dado algo”.

Apenas quedaban 15 minutos para que llegaran los clientes. Roberto, el otro socio fundador, lo vio desde su despacho de paredes de cristal transparente. Alex, al verlo, lo saludó entusiasmado, pero Roberto, su amigo, no lo parecía. Todo lo contrario. Parecía haber entrado en pánico y le hizo un gesto para que subiera verlo. Alex, tranquilo, entró en el despacho. Su socio estaba crispado.

—¿Pero qué coño llevas puesto?

—¿No te gusta el conjunto?

—¿Hoy? ¿Tenías que hacerlo hoy? ¿Y qué te has hecho en el pelo?

—Teñírmelo a juego con el maletín.

—Alex, ¿pero a ti que te ha dado? ¿Están a punto de llegar y me sales con esto?

—No te preocupes. La presentación va a ir bien.

—¿Que no me preocupe? ¡Joder!

—Llevamos cuatro meses trabajando como cabrones. Insististe en ocuparte de todo tu solo y hoy se te va la pinza.

—¿Acaso dudas de mi capacidad?

—¡Joder, Alex!  ¿Tú te has visto? ¿Pero tú sabes la imagen de empresa que vas a dar? Mira, dime cómo va y me ocupo yo de la presentación.

Alex lo miró tranquilo, sonrió de nuevo y se quitó las gafas.

—Roberto. Gracias, pero no necesito tu ayuda. Lo tengo todo preparado y la presentación va a ser genial. Llevamos tiempo en una línea ligeramente descendente y tú lo sabes.

—Si, Alex, lo sé.

—Sé que te preocupas y mucho. Sé que haces números todo el día y que te resulta difícil cuadrarlos. Sé que lo pasas mal. Por eso, tú eres el as de los números y la gestión y yo soy el mejor creativo del mundo que hayas conocido. Sabes que, para mí, esta empresa es como un hijo. Tú la ves igual, pero creo que lo hemos encauzado mal desde hace un tiempo, que hemos escogido el camino menos bueno y es momento de cambiar de rumbo y hacer que este pequeño crezca con fuerza.

—Hoy.

—¿Y cuándo entonces, Roberto?

Roberto lo miró y vio esa determinación de cuando decidieron emprender aquella primera vez.

—Estás como una puta regadera, Alex.

—Como tú.

—Ya, pero hoy yo visto mejor.

—Puede. Yo creo en ti.

—Yo creo en ti también, Alex.

—Vamos entonces.

Bajaron a la sala de reuniones. Alex conectó su portátil a la pantalla de la pared y preparó todo lo que necesitaba para la presentación. Escucharon que las puertas de entrada se habrían. Sobre la mesa estaba todo preparado: tazas, café, zumo y pequeños bocaditos dulces y salados.

Los clientes de la gran empresa entraban y Rosa, con su don de gentes natural, los atendió y los acompañó a la sala. Cuatro hombres vestidos con trajes de corte clásico, serios, accedieron a esta. No pudieron evitar quedar estupefactos al ser recibidos por un hombre, cuyo vestuario les parecía más el de un payaso que el de un creativo de una empresa de publicidad.

Alex les estrechó la mano a cada uno de ellos y les invito a sentarse. Rosa se ocupó de servirles café y acercarles los bocaditos. Luego, salió para volver a su puesto. Uno de los cuatro, mientras removía su café con leche y hacía tintinear la cucharilla, se dirigió a Alex. Roberto estaba en silencio, esperando que aquel momento pasara.

— Bueno. Espero que lo que tenga que mostrarnos sea bueno. Al menos, lo que veo promete.

—Si lo dice por mi vestuario, gracias por el cumplido, pero hoy hemos venido a trabajar y ustedes nos pagan para ello. Somos conscientes de que nuestra empresa es pequeña y desconocida, pero que no les engañe eso, porque los profesionales que trabajan aquí son los mejores y nos preocupamos y nos ocupamos de encontrar esa idea que haga, de su producto, el mejor y el que capte la atención de sus clientes, como mi ropa hoy.

Alex se volvió a quitar las gafas de pasta verde y cristales rosa. Había logrado captar la atención de aquellos hombres.

—Ustedes buscan lo que yo: que se fijen en mí. Podemos hacerlo y sabemos cómo conseguirlo. Pero dejémonos de palabras y pasemos a los hechos. Les pido dos minutos para que vean la idea principal y, luego, seguiremos trabajando y hablando.

Mientras hablaba, Alex fue bajando la intensidad de la luz y les mostró el video que había grabado. Roberto casi lo mata, metafóricamente, cuando supo lo que se había gastado en él, pero ahora que lo miraba, no había duda de que era un dinero mejor invertido. Cuando terminó el visionado, los clientes estaban callados, sin saber que decir. No esperaban, para nada, lo que habían visto. Se miraron entre ellos, suspiraron. Alex los tenía calados. Sabía que les había alucinado y no había que dejar bajar aquello ni bajar las emociones.

—Bien, señores. Ahora que han visto la idea principal de la campaña, pasemos al trabajo y a hacer, de esa idea, algo real.

Alex, entonces, les acercó a cada uno de ellos un pequeño dossier, que sacó de su maletín. Punto por punto, fue desarrollando las ideas expresadas en el escrito. No necesitaba leerlo porque lo tenía todo en su cabeza. A medida que explicaba el desarrollo de la campaña, fue al otro lado de la mesa, donde estaban colocados dos caballetes frente a los clientes y, sobre ellos, apoyo dos cuadros con esquemas para completar la exposición.

Las preguntas y dudas fueron surgiendo a medida que desarrollaba la exposición. Alex tenía facilidad para hilar estas con su proyecto, con lo que, además de seguir captando la atención, quienes lo escuchaban se iban sintiendo parte activa del proyecto sin darse cuenta.

Como era obvio, la parte presupuestaria apareció y, ahí, Alex fue aplastante, no sólo por lo razonable de la misma, sino por el conocimiento y preparación exhaustiva de los números y su claridad.

Cuando terminó la presentación, habían pasado varias horas, lo que sorprendió a todos, que no se habían dado cuenta del paso del tiempo. Creían que había sido mucho menos de lo que fue. No sabían qué decir o hacer. Uno de ellos hablo.

—Bueno. Pues ha sido muy interesante. Tendremos que estud…

—Un momento, Luis.

El que lo había interrumpido era el que se había dirigido a Alex la primera vez y lo miró serio durante varios segundos.

—¿Podemos firmar ahora?

Hubo un silencio más que interesante. Alex no se calló.

—Por supuesto. El contrato está preparado.

—Pues entonces, firmémoslo ya.

Roberto, que había estado callado todo el rato, salió de la sala tranquilo, pero nervioso, y avisó a Rosa. Diez minutos después, habían firmado. Antes de marcharse, aquel hombre que firmó, que era el presidente de la empresa que los había contratado y que había hecho el comentario sobre su ropa, se despidió efusivamente de Alex.

—Me gusta su chaqueta verde. Espero volver a verla.

—Por supuesto. Mañana, a primera hora, comenzamos con la campaña.

—Lo estoy deseando.

Cuando se fueron, Roberto y Alex llamaron a todos a la sala de reuniones. Se juntaron allí expectantes. Sabían lo que se jugaban. Fue Roberto quien les habló.

—Señoras y señores… Hecho. ¡Firmado!

Todos chillaron y aplaudieron y se abrazaron.

—Ahora trabajar. Mañana empezamos con el trabajo duro.

Cuando quedaron a solas, Roberto miró a Alex.

—Mañana te quiero ver con la chaqueta verde aquí.

—¿Y eso?

—Nos ha dado suerte.

—No, lo que hemos hecho es lo que ha conseguido el contrato. Ha sido posible gracias al trabajo de todos. La chaqueta da igual.

—Lo que tú quieras, pero tráela.

—De acuerdo. La dejaré aquí para las presentaciones a los clientes, ¿vale?

—Perfecto. Venga, te invito a comer. Mañana invitaremos a todos los demás, que se lo han ganado.

Aquel fue un gran día.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.