Cada día iba a tomar café al mismo lugar.

Le gustaba dar los buenos días a Maite.

Ella se lo agradecía con un corazón de espuma de leche.

El tiempo era agradable. Allí le gustaba estar.

 

La ciudad pasaba delante de la ventana del café

y eso le servía de inspiración para su libro.

Las tardes pasaban despacio. Ella le servía otra vez

y así sus hojas se llenaban de historias, lo vivido.

 

La señora que lleva la compra a casa,

el chico que llega tarde a la cita,

los turistas de pantalón, sandalias y asas,

el hombre que vive y la niña que juega y grita.

 

Al terminar el café salió a recorrer las calles

y el bullicio se agolpaba en sus oídos, con su belleza.

Las frases sueltas y conversaciones sin nombres

se mezclan con olores y sabores con viveza.

 

Tenía muchas ganas de volver a verte.

No quiero volver a verte nunca más.

Tenemos que arreglarlo inmediatamente.

Te compro un helado y otro más.

 

Y pensó en la espuma con forma de corazón,

la razón que le hacía sentar en el rincón.

Su sonrisa furtiva y el brillo de sus labios,

su ritmo acelerado… Será porque la amo.

 

Entro al café, en la barra se sienta.

Le servía un café, la mano le cogió.

Ahora sé que te quiero, tú eres mi inspiración.

Quédate a mi lado, mi alma está contenta.

 

Tú eras mi corazón de espuma en el café.

Tu caricia en mi mano furtiva alguna vez.

Por eso volví aquí una y otra vez.

Te imagino en mi vida. Déjate querer.

© 27 Infinitos

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