Un pasillo con iluminación intermitente de tubos fluorescentes blancos. Avanzo como lo haría el objetivo de una cámara de cine, lentamente, nerviosa. El suelo de losa no está limpio. Hay una mezcla de olores de orines de rata, espacios limpios, restos de desinfectante y otros, que crean un ambiente irrespirable.

Las paredes están sucias. Manos, manos, sobre la pintura, rojas, como de sangre que alguien ha ido arrastrando por su superficie. La luz molesta con su intermitencia. Mis ojos se cierran y abren. Me rodean puntos iluminados. Sigo avanzando

Ya no estoy en el pasillo. Estoy sentada en un cuarto lleno de basura. No puedo levantarme de la silla en la que estoy sentada, en medio de ese lugar. No estoy atada, pero me es imposible realizar un solo movimiento. El olor es nauseabundo. Entra por mi nariz y llega hasta mi estómago. Es irrespirable.

Noto algo que me roza el hombro. No aguanto el olor. ¿Qué es lo que me toca? Son dedos que ahora me tocan el cuello. Una mano me acaricia, pero la sensación es rugosa, tosca, dura. Creo que, sí, puedo mover un poco los ojos y… no, no, no. Es una mano de huesos que se acerca a mi boca. Los abro todo lo que puedo. Los dedos de esa mano abren mis labios y se quieren meter poco a poco dentro. Lo hacen sin prisa, para que note el sabor y su rugosidad. No puedo aguantar. Arcadas, ganas de vomitar, los dedos siguen entrado. No pueden caber, no pueden. Siguen bajando. Parece que quieren buscar algo. Se detienen.

Al mirar al frente veo un espejo que devuelve mi reflejo. Es un brazo, sólo eso, un brazo. Se detiene. Agarra algo y vuelve hacia atrás, moviéndose de lado a lado. Ahora, frente a mí, hay una mano que sostiene un corazón oscuro, lleno de gusanos blancos que dirigen su cabeza hacia mi cara. Avanzan y se dejan caer sobre mi pecho. Noto como suben, pero no puedo apartarlos con mis manos. Suben buscando mi rostro y llegan a él. Unos entran por la nariz, otros por la boca y otros… ¡Nooooooooo!, mis ojos.

No veo, oscuridad, oscuridad. Puedo moverme. Me sacudo el pecho, la cara, vomito, siento asco y escalofríos por todo el cuerpo. No hay nada. Soy yo, estoy en un espacio indefinido, silencioso. Estoy desnuda, pero hace calor. El suelo desaparece y caigo al vacío. Cada vez hace más calor, grito. Mis venas están hinchadas. Grito más. Veo el suelo cada vez más cerca. Muevo los brazos y piernas sin control. El suelo… tres, dos, uno…

Un grito hacia el techo. Estoy despierta, sudando, empapada, respirando de una manera que casi parece puede dejarme sin aire o detenerme el corazón. Jorge está a mi lado, abrazándome, tranquilizándome. Estoy sin fuerzas. No quiero dormir más. Además, en media hora tengo que levantarme para ir a trabajar.

— ¿Estás bien?

— No, otra pesadilla.

— ¿Otra?

— Si, cada vez son más recurrentes. Me preocupa. Creo que va a ser mejor que vaya al médico.

— Si, cariño, va a ser lo mejor.

— Voy a ducharme.

— Te preparo el desayuno.

— No te preocupes, sigue durmiendo. Ahora estoy bien.

— Me quedo más tranquilo si lo hago.

— Eres un amor. Por eso te quiero

Gabriela se levantó más tranquila. Fue al baño y, cuando comenzó a escucharse el agua de la ducha, Jorge se levantó con calma. Abrió la ventana para que corriera el aire de la mañana. Ya empezaba a asomar un ligero tono claro en el horizonte.

Se calzó las zapatillas y fue a la cocina. Puso la cafetera a calentar en la cocina de gas; le gustaba hacerlo así. Mientras se hacía, preparó el zumo de naranja, las tostadas y colocó todo en la isla, junto con la mantequilla y la mermelada. Un desayuno que daba ganas de tomarlo sólo con verlo.

El agua de la ducha seguía corriendo, pero él sabía que sería por poco tiempo. Cuando notó que paraba esperó un par de minutos y, antes de que ella saliera del baño, dejó caer unas gotas de algo en su zumo.

Gabriela llegó a la cocina.

— Nunca dejas de sorprenderme. Gracias por el desayuno. Tiene una pinta increíble.

— Pues aprovecha.

Jorge tomó los vasos de zumo y le dio a Gabriela el suyo.

— Te quiero, Gabriela. No te preocupes. Todo se va a arreglar.

— Lo sé. Yo también te quiero.

— Venga. ¿Desayunamos?

Lo hicieron con calma, hablando, riendo y cogiéndose de la mano de vez en cuando y besándose en otros momentos.

— Bueno, me visto y me voy. Cielo.

—Muy bien.

— ¿Nos vemos a la tarde, cuando salga de trabajar?

— Sí, claro. Gabriela, si quieres te voy a buscar a la oficina y cenamos juntos.

— Me parece una buena idea. Perfecto.

Gabriela salió de casa con una sonrisa en la boca y otro beso en los labios. Se subió al coche y se fue. Jorge recogió el desayuno, lavó los platos y uno de los vasos. El de ella lo tiró a la basura y se rompió. Luego, pensó, iría al hipermercado a comprar más.

Hizo la cama, limpió, barrió y fregó la casa. Al terminar volvió a la cocina. Miró por la ventana, comprobando que no había tráfico o miradas indiscretas. Corrió la cortina y fue a su despacho. Cerró la puerta y caminó hacia la pared en la que había una estantería. Pulsó en un ángulo interno de uno de los estantes. Se escuchó un “click” y la estantería se separó un poco de la pared. Era una puerta hacia unas escaleras que bajaban. Cuando llegó al final de estas, tras cerrar aquella puerta de la estantería, encendió la luz y un gran y amplio espacio se iluminó. Era una especie de laboratorio con una mesa de despacho en uno de los lados. Todo tipo de instrumental estaba repartido en varias zonas de aquel lugar. Tomó un bote de cristal, le colocó una etiqueta y anotó algo en ella con rotulador. Lo dejó en una de las zonas del laboratorio. Luego se sentó frente al ordenador que había sobre la mesa, lo encendió y esperó a que se iluminara la pantalla.

Abrió un programa, tecleo la fecha de ese mismo día en una nueva carpeta que había creado en ese mismo instante y abrió un programa de audio. Conectó el micrófono y pulso la opción de grabar.

— El sujeto número veintitrés no responde a los parámetros que se pretenden comprobar en este estudio. La medicación administrada hasta el día de hoy no controla las pesadillas que se han provocado en el sujeto, sin que se atisbe ningún tipo de respuesta física, mental o emocional que indique avance alguno. Llegados a este punto, lo mejor es prescindir del mismo lo antes posible y buscar un nuevo sujeto más apto para el proyecto, del que habrá que modificar el enfoque en el modo de realizarlo.

Pulsó en la opción de parar. Apagó el ordenador, salió de aquel espacio. Tomó el tarro de cristal y lo colocó junto a otros que había en una estantería. Los allí colocados estaban llenos de un líquido transparente y una muestra de tejido cerebral. Todos tenían una etiqueta con la fecha y un nombre de mujer en ella. El que había dejado también: Gabriela. Apagó la luz, subió las escaleras y cerró la puerta de acceso a estas detrás de él. Tomó el maletín de la mesa de su despacho y miró la hora en su reloj.

—Tengo tiempo para llegar.

Al salir a la calle cerró la puerta con llave. Pensaba en tomar un café antes de ir a trabajar. Así podría pensar dónde llevar a Gabriela por la noche.

Subió al coche, arrancó y se fue tranquilo.

© 27 Infinitos

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