Siempre he creído que la noche es algo que pasa en blanco y negro. Da igual que la luz mortecina de las farolas sea blanca o amarilla. La noche son matices en grises. Todo gira en torno a las sombras y zonas difusas en las que la realidad no lo es tanto.

De noche, las personas van más pegadas a las paredes, los brazos no se separan del cuerpo, las miradas caen al suelo y las sonrisas, la mayoría de ellas, desaparecen. Somos casi una prolongación de nuestra propia sombra.

Los sonidos se agrandan o se alargan más en el tiempo, hasta que alguien llega o pasa de verdad a nuestro lado. En eso andaba pensando mientras mis pasos sonaban en el suelo mojado y se mezclaban los sonidos de la suela y el agua en una especie de armonía musical extraña.

La calle iluminada estaba vacía. Corre un cierto aire fresco que hacía que, de vez en cuando, sobre todo al pasar por algún cruce de calles, los hombros se encojan. Aún así, no tengo frío. Camino tranquilo, sin pensar en demasiadas cosas, cuando escucho un sonido detrás de mi, como cuando la punta del zapato golpea una pequeña piedra. Me giro y miro lo que hay a mi espalda: nadie.

Bueno, tampoco estoy seguro de si, realmente, lo que escucho lo he escuchado de verdad. Sigo caminando. No, no lo he soñado. He escuchado el golpe de la punta del zapato de una piedra pequeña cerca de mí, detrás de mi.

Reinicio mi camino, pero instintivamente, no sé por qué, apuro un poco el ritmo, ligeramente incómodo y algo nervioso. La calle baja hacia la derecha y sigo ese camino. Al llegar al cruce, una moto aparece y se detiene antes del paso de cebra. Bajo el casco, un hombre de rostro mayor y arrugado me observa con una media sonrisa. Esconde sus ojos tras unas gafas de sol. Extraño si estamos de noche. Cruzo y la moto acelera rápidamente y desaparece dejando un gran estruendo a su paso. Me ha asustado ligeramente. Apuró más el paso y…, otra vez el sonido. No me giro. La zancada de mis pasos aumenta y la respiración, entrecortada, hace que mis fosas nasales se abran más. Estoy preocupado.

Es raro que no me haya cruzado con nadie más que con el motero. Parece que esta noche no hay nadie en las calles. Me recorre un escalofrío por la espalda. No estoy a gusto y quiero llegar a casa ya. De nuevo el sonido. Me giro al momento: Nadie. Imposible. Tomo a la izquierda y aprovecho para correr un poco y tomar de nuevo la calle que la cruza. Apuro un poco más. Estoy seguro de que no me siguen o eso creo. Llego al portal de casa y, cuando giro la llave de la cerradura, escucho el sonido detrás de mi.

Sudor, frío. Me giro. Nadie.

Ahora sí que estoy más que nervioso. Abro la puerta, rápido, del portal y cierro de golpe. Apuró el paso hacia el ascensor. Subo planta tras planta. ¡Qué lento me parece! Llego, abro la puerta de casa, entro y cierro con la cadena mientras giro la llave de la cerradura. Observo, a través de la mirilla, lo que hay en la planta: nadie. Respiró tranquilo. Enciendo la televisión. Voy a la habitación. Me desnudo y me voy a la ducha.

En la planta del edificio, antes de que se apague la luz, una sombra asoma en las escaleras.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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