He tenido que luchar para llegar hasta aquí. He superado todas las pruebas con las que los dioses me han castigado. Aun así, he llegado y la última etapa del camino está ante mí. Las escaleras que llevan a La Puerta de los Cielos se muestran ante mis pies.

No sé qué puede pasar a medida que suba, pero no tengo miedo. En mis manos sostengo una pesada carga que he recogido de cada prueba en la que he sobrevivido. Asciendo, peldaño a peldaño, y el dolor de la pesada carga, el cansancio y el cuerpo atacan mi ánimo, pero tengo la decisión de llegar, sea como sea, pase lo que pase.

La mente me lleva al momento que inicié el viaje: “Deberás salir del laberinto con vida y conseguir la manzana de la vida eterna. Después, la segunda prueba consistirá en responder el acertijo de La Sacerdotisa donde nunca hay respuesta. Luego, buscarás El Carro de las Almas, donde estas duermen, vienen y van. Finalmente, has de descubrir la clave para entrar aquí”.

Salí al mundo y la ceguera fue inmediata al sentir su luz. Callado por las voces que atraían mi ser y confundían mi camino; insensible al roce de aquellos que deseaban impedir que cumpliera aquello que se me había encomendado, inicié mi camino.

Llegué a la primera prueba y me estremecí ante la visión de mujeres, hombres y niños que se adentraban en los pasillos de El Laberinto, que engañaba a mis ojos con todo tipo de deseos. Desaparecían en otros pasillos que se desviaban a izquierda o derecha, o a ambos, y volvían, en ocasiones, a aparecer frente a mí, para volver a iniciar el camino recorrido. ¿Cómo? Mis sentidos me engañaban, pero no podía rendirme ahora que había empezado.

Ahí fui consciente de mi destino y me adentré en el caótico laberinto. Todo me atraía. Mis manos buscaban aquello contra lo que luchaba. Mi cuerpo temblaba en cada giro, en cada nuevo pasillo, que nublaba mi mente, jugaba con mis sentidos al escuchar cantos de sirena sobre mí. Pasaba del frío al calor, de la soledad en algunos espacios a no poder avanzar en otros con la cantidad de personas que había en ellos. Muchas miradas me escrutaban. Notaba su odio, su indiferencia, su búsqueda deambulante sin destino. Cuando creía que iba a rendirme, llegué a un pasillo donde las personas iban sin parar de un lado a otro.

Lo supe. Era allí.

Ese pasillo, iluminado y fresco, erizaba mi piel. Sólo había una manzana al final. Cualquiera podía llevársela. No dudé y me lancé a por ella, so pena de acabar como aquellos que allí estaba.

Años de conocimientos de los ancestros me ayudaron a encontrar el sendero, a evitar el contacto con los deambulantes y a avanzar. Cuando llegué frente a aquella fruta no era yo mismo. Agotado por el sufrimiento, pude recuperar un poco el aliento durante unos instantes. Tomé aquella simple manzana entre mis manos, la llevé a la salida del laberinto, pero un anciano esperaba cobrar sus derechos sobre aquello que me llevaba. Le di la Moneda de la iluminación y me dejó pasar. Mi primera victoria.

Había superado la primera prueba y caminaba hacia la segunda. Llegué al lugar donde nunca hay respuesta y allí esperaba La Sacerdotisa, que parecía no estar allí. Ni siquiera ahora, que estaba frente a ella, perdía su hieratismo. Su mirada era penetrante, intimidante, misteriosa, impenetrable.

En sus labios escuché la pregunta: “¿qué quieres?”

La miré sin bajar la vista. Tenía que ser fuerte ante su voluntad de no inmutarse ante mí. Fue entonces que una luz vino a mí, una certeza imposible de vencer por nada. Le contesté: “que lo que hay en mi mano derecha sea igual a lo que está en izquierda”.

La sacerdotisa, aquel oráculo, hizo un gesto de asombro. Era imposible haber respondido a su pregunta, pero un mortal lo había hecho, había vencido al responder al acertijo. Sus manos se posaron frente a las mías y fue dejando el vacío ante mí. Noté las miradas de muchas personas, que llevaban una eternidad esperando sin conseguir respuesta alguna.

Salí con el ánimo lleno, pero consciente de que el camino no había terminado y no podía confiarme. La penúltima prueba era un salto de fe. Caminé hasta dónde paraba El Carro de las Almas. Era el único que parecía vivo. Todo silencio, rodeado del color metálico del cielo. Un reloj cercano marcó y anunció con su sonido la hora de la llegada… Y llegó.

Tuve que luchar para abrirme paso. No había otro modo. Tuve que pagar, de nuevo, a otro ser: El Carretero, quien no dejó de mirar al frente al recibir las monedas. Todo aquel espacio lleno de almas perdidas… Tenía que ir de pie y, sin previo aviso, la velocidad infernal casi me hizo caer. Nadie decía nada, nadie se inmutó, nadie despertó.

Creía que iba a rendirme, perdiendo así la lucha, pero conseguí asirme a la esperanza. Tras una eternidad de camino, el carro se detuvo y salté al suelo, frente a mí destino. Durante un instante creí perderlo todo, pero no fue así. Superé también esta prueba, pero quedaba la más cruel, la más difícil, agotadora e inhumana de todas: Las Escaleras del Cielo.

Las Escaleras del Cielo, que subía ahora peldaño a peldaño, estaban acabando con mis exiguas energías. Miré hacia abajo y no había mas que un abismo del que no conseguía distinguir el final. Seguí subiendo con mis últimas fuerzas y, cuando mis piernas ya no me sostenían, una fresca brisa me dio ese ánimo que necesitaba y subí, subí…, hasta que llegué ante La Puerta de los Cielos.

Llamé, se abrió y uno de los dioses quedó frente a mí. Me habló.

Llegas tarde.

Ésa era la última prueba, la inesperada, la que pedía la clave del viaje. Y lo tuve claro. Tomé el poco aire que me quedaba en los pulmones, tras subir todos aquellos peldaños, y le hablé.

Puto supermercado y el cajero de los cojones; puta funcionaria que no acababa de compulsarme el documento; puto conductor de autobús; puto piso catorce con el ascensor estropeado… ¿y tú me dices que llego tarde?

No dijo nada. Se apartó, me dejo pasar, entré en  casa a través de La Puerta de los Cielos y La Puerta de los Cielos se cerró detrás de nosotros.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.