A nuestro alrededor, las 24 horas del día, desde el día que nacemos, estamos rodeados de aromas. Existen infinidad de ellos y matices que diferencian entre los parecidos y los similares. En una obra literaria es muy importante que los aromas y sus matices estén presentes.

Ningún espacio está libre de aromas y estos modifican sustancialmente el ambiente de una escena, lo que hace que un posible diálogo se altere por el mismo motivo. Los olores y aromas son un elemento que enriquece de una manera importante una texto literario, haciendo que, en ocasiones, sea casi un hilo conductor o un personaje mismo de la propia obra.

Por otro lado, los aromas son una huella dactilar de las personas y el escritor tiene que ser capaz de transmitirla a través de palabras, lo que puede enriquecer al propio personaje y, por extensión, al propio texto.

Los aromas habría que diferenciarlos en función de varios puntos de vista, creo yo. Así, podríamos hablara, entre otros, los puntos de vista…:

  • Temporal:
    • Momento del año:
      • Estaciones.
    • Momento del día:
      • Día.
      • Noche.
  •  Espacial:
    • Abiertos.
    • Cerrados.
    • Localizados:
      • Rural.
      • Ciudad.
      • Otros.
  • Personajes:
    • Olor corporal.
    • Perfumes.
  • Ambiente:
    • Comida.
    • Industria.
    • Tráfico.
    • Grupos sociales.
    • Otros.

Aromas

Sé que no debería haber aceptado aquella cita, que era peligrosos encontrarnos, pero no había otra opción. Sí quería averiguar quién lo había asesinado, necesitaba alguna pista y aquella tenía toda la pinta de ser esencial.

En este país hace siempre demasiado calor… y calor seco. Parece casi que lo puedes tocar y, en ocasiones, te hace perder el sentido de la realidad o creer ver algo que no existe. Pero allí estaba, no podía ser de otro modo. La temperatura iba subiendo casi cada minuto y cuanto más lo hacía, mas notaba el olor a calor, casi como a la madera quemada de los tejados de las casas.  No podía oler nada más y era una incomodidad corporal.

No puedes evitar sudar aquí, es imposible. Al primer grado de más, los poros parecen abrirse como lo harían las flores y las gotas manan como el néctar que marea a las abejas o las mariposas. Es así como se junta el olor a quemado y la mezcla salada y agria del propio sudor, lo que te envuelve en una especie de atmósfera única y personal que te persigue allí donde vayas.

La ropa cómoda, holgada y, sobre todo, de lino, ayuda un poco, pero no evita que te sientas continuamente incómodo con tu propio cuerpo  y permanentemente observado por todos con los propios movimientos estúpidos, que hacen que el sudor salga en mayor cantidad. La única forma de actuar es no pensar en ello, andar con calma, despacio, y seguir adelante, sabiendo que, a lo anteriormente dicho, hay que añadirle la peste del humo del tráfico de los coches de gasolina, la mierda que cagan los animales en la calle y el sudor empalagoso, pegajoso, demasiado fuerte y mareante de los muchos cuerpos que pasan a tu lado demasiado cerca.

Ahora me desvío de la calle principal y me meto por una calle muy estrecha, entre casas que están separadas por el ancho de mis brazos abiertos y extendidos. Recorro recovecos a izquierda y derecha a la sombra, lo que no evita la aparición de personas, ya sean mujeres con el velo puesto, hombres sentados en taburetes, hablando fuera de las casas, o algunos locales, etc… Se está mucho más fresco, pero los olores son más concentrados y no sé que es mejor.

Al final de esta especie de laberinto callejero salgo a una pequeña plaza, en la que me golpea en las narices toda un mezcla de olores de especias a la venta, locales de cuyas puertas emanan aromas de frituras de todo tipo y eso ya es casi irrespirable. No sé si podre seguir andando, pero no me queda otra.

Veo el local, su nombre sobre la puerta de entrada. Al acceder, una ráfaga de aire fresco me reconforta y me obliga a cerrar los ojos un instante, únicamente para disfrutar de esos escaso segundos. Al abrirlos avanzo dentro. Hay pocos cliente y aprovecho para buscar una mesa adecuada. La encuentro.  Está justo donde hay una pequeña corriente de aire que circula por esa zona del local.

Me siento y consigo sentirme un poco más cómo. El aroma del café cargado, pero excelente, se mezcla con el de los dulces y otros que no logro identificar. Del bolso que llevo en bandolera saco una libreta y un bolígrafo, para escribir unas notas importantes. No hemos quedado a una hora concreta, la única indicación era que no lo haría antes de la hora de comer. He venido temprano. El horario de cocina ya ha pasado, pero sólo hace unos minutos y, como estoy a gusto, no me importa esperar el tiempo que haga falta.

Escribo durante bastante tiempo. He pedido té y lo han traído acompañado de un plato de dulces árabes que he saboreado uno por uno. Es indescriptible esa mezcla de sabores dulces, mezclados con una especia de hojaldre o masa o… no sé como explicarlo. Me obligo a mí mismo a no pedir más y sí más té porque, si no lo hiciera, no podría entrar por la puerta.

Lo estoy disfrutando. La caída de la tarde se va notando por las variaciones de luz y la inclinación de los rayos que se introducen dentro del local. Es una sensación emocionante. Hay más clientes, tomando de todo y bebiendo de más algunos, pero todo el sonido se centra en una especie de murmullo, como si nadie quisiera molestar al de al lado u ocultar lo que pueda estar diciendo o ambas cosas a la vez.

Entró una ráfaga fresca de aire y fue entonces que noté que estaba detrás de mí. No pude evitar ponerme nervioso, no por su presencia sino por el perfume que llevaba sobre su piel. Era una mezcla de hierba fresca mojada a la que el sol baña con sus primeros rayos al amanecer y los primero olores de una flor recién abierta. Humedad, frescura, flores…, verde, amarillo, rojo, marrón, transparencia.

Me quede bloqueado y quieto. Ni decir tiene que también mi boca pronunció palabra alguna en ese primer instante. Acercó su cara a la mía sin rozarla, pero tan cerca que cualquier gesto lo haría por nosotros. Estaba leyendo parte de lo había escrito en aquellas horas de espera sin pedir permiso, sin prisa. Cuando termino, noté una ligera sonrisa de sus labios y habló.

Ahora que lo pienso, no había nada en aquella piel que oliera a otra cosa que no fuera perfume o crema para el cuerpo. Tenía que vivir cerca o, también, era probable que hubiera venido en un coche.

— Me gusta cómo escribe.

— Me alegro. No ha tenido prisa en llegar.

— Sabía que me esperaría.

— Demasiada seguridad en lo que dice.

— Demasiado interés en descubrir qué ha pasado.

Ahora fui yo el que sonrío. Cerré la libreta, la dejé sobre la mesa con el bolígrafo encima. Me giré y la miré a los ojos directamente.

— Tomemos un té y charlemos.

Se sentó frente a mí, curiosa, dejando un rastro sutil de su perfume a su paso.

— ¿Qué es lo que quiere saber?

— Ahora nada.

Se sorprendió.

— ¿Cómo que nada?

— Ahora quiero tomar té y charlar. Luego ya veremos.

Me miró y sonrió.

— Vaya, esta tarde será larga.

— Y la noche también. No tengo prisa alguna y, por lo que intuyo, usted tampoco.

— ¿Por qué lo intuye?

— Porque, sino, se hubiera ido ya.

Llegó el té que había pedido mucho antes y que avisé que lo sirvieran en cuanto una persona se sentara en mi mesa, junto con un plato generoso de dulces árabes variados.

Dejó el bolso sobre la silla que tenía a su lado mientras nos servían.

La tarde seguía cayendo, ahora cálida y acogedora. Todo aquello para seguir o conseguir una pista.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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