La aguja sobre el disco que gira. Comienza un siseo producido por el roce del metal entre los finos surcos y la música empieza a sonar. La luz de la habitación esta atenuada. Me acerco a la ventana para mirar qué ocurre en las calles cuando nadie sabe que es observado. La melodía suena suave, envolviendo el espacio y provocando un cierto desasosiego inicial.

No es triste, pero te hace pensar demasiado y los recuerdos que vienen a la cabeza son de los que provocan ligeros vuelcos, emociones y descargas sobre la piel. Me gusta, en ocasiones, dejarme llevar por una ligera melancolía. No siempre podemos estar riendo, seríamos demasiado hipócritas si lo hiciéramos.

No hay cortinas en mi ventana, las odio. Sé que debería comprar unas o colocar alguna de las que tengo, pero no puedo evitar pensar que la luz dejaría de entrar en el espacio y ya no sería lo mismo, ni quiero que sea diferente.

La trompeta suena. Afuera es de noche. Abro la ventada y descanso los brazos sobre el alfeizar, quedando apoyado sobre él. Es interesante la mezcla que se establece entre la noche, la música de jazz de Miles Davis y la brisa ligera que recorre la noche, mientras la calle respira y la luz amarilla de las farolas hace que todo parezca una película un poco descolorida, pero real.

Las líneas de las calles parecen pentagramas negros de las que van saliendo personas o grupos como si fueran notas, diferentes ritmos que, agrupados, conforman improvisadas melodías de jazz que se van perdiendo en otras calles, callejones o locales. El disco sigue girando, la trompeta sonando y el piano acompaña con sus acordes, a la vez que la batería marca un ritmo o varía el que lleva para marcar uno nuevo.

Si me fijo en las personas que pasan, mientras escucho el tema del disco Kind of blue, puedo inventarme escenas cuando observo a las parejas paradas hablar en la calle. Hay tragedias en las que el tiempo vivido juntos no vale nada, amores traicionados por noches espontaneas, separaciones imposibles de evitar, corazones rotos que no dejan de llorar, amores con fecha de caducidad, soledad acompañada de silencios, alguna risa o llanto de felicidad…, pero esta noche no es para soñar.

El saxo le da un toque diferente, le imprime calidez, la hace menos triste o eso es lo que yo pienso. El tiempo es relativo. Cuando dejas de pensar en el tema que escuchas desaparecen los conceptos de minutos, segundos y solo atiendes a lo que haces, ya sea escuchar o mirar. Hoy miro.

Es curioso pensar que la ciudad es una especie de gran partitura en la que cada uno de nosotros somos una nota de la misma y, en función de cómo nos movamos o situemos en ella, cómo nos relacionemos en nuestro ámbito privado, personal, social o laboral los ritmos cambian, los sonidos son otros, al igual que sus volúmenes, los temas cambian al hablar, pero en todos ellos ocurre lo mismo: una especie de sincronía que, si nada lo interrumpe, fluye como una sola melodía.

La aguja roza el surco, se levanta y vuelve a su posición original para detenerse y, con ella, la música del disco. Sonaba Flamenco Sketches (Alternate Take). Todo queda en silencio, salvo la brisa.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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