Uno de los recursos literarios que se usan, por parte de muchos escritores, es el utilizar las vivencias personales en el texto, adaptándolas o usándolas para crear una discurso diferente basado en ellas y, así, aportar realidad a la trama y a las relaciones o pensamientos de alguno de los personajes o varios, en caso de que en esa vivencia haya más personas.

Lo importante de este recurso es que se hace reconocible para el lector y aporta credibilidad al texto. No, no pienses que estás confesando algo oculto o que alguien va a descubrir un secreto tuyo al leerlo. No, de lo que se trata es de utilizar esa vivencia y, tomándola como base, crear algo literario con ella.

Aquí os dejo la mía.

 

La pared invisible

 

El primer recuerdo que tengo de aquella tarde es el olor a mar y el calor. Uno de esos días que notas que es diferente al resto, la piel se ha eriza durante un breve momento, sonríes más, físicamente te mueves de otro modo y sabes que nada de lo que ocurra esa tarde será igual a otra.

La música sonaba y recorría el espacio entre lo dedos, acariciando las espaldas, enredándose en el pelo y rozando las mejillas, sonrojándolas, hasta llegar a los oídos. Eran ritmos suaves, chill-out, de los que te dejan conversar mientras tomas algo y los gestos son naturales de verdad.

Lo mejor era sentir el sonido de las olas, de la marea a unos pasos de ti. El sol estaba alto, pero ya iba cayendo sin prisa, suave, alargando el tiempo.

No. No fue como en las películas o libros, en los que uno tropieza por casualidad, manchando la ropa del otro, por un malentendido o una situación cómica. No, las cosas ocurren de una manera más sencilla, más natural, más real, más humana.

La conversación en el grupo fluía. Miradas, sonrisas, recuerdos, proyectos, ideas que hacer realidad y, sobre todo, la sensación de estar en el lugar que te gusta y con quien quieres. La vida, en la mayoría de las ocasiones, no hace que cambie nada. Son las casualidades o un cúmulo de ellas, las que cambian mínimamente algo en la rutina e introducen una variante.

Mi variante llegó a través de alguien del grupo. Las palabras que sonaron fueron familiares para cualquiera: “va a venir una amiga”; a lo que todos respondieron: “vale”. El sol seguía su ruta, bañando de calidez el ambiente.

Soy de los que creen que no es necesario dilatar los momentos o lo que se dice. Todo es más sencillo de lo que esperamos que sea, las personas no caminan a cámara lenta, ni el pelo ondulado se mueve mientras alguien se lo aparta con un gesto delicado de la mano, descubriendo un rostro que te cautiva. Todo es más terrenal. Apareció sin más, sin haberla visto y ya está: “Hola”; “Esta es mi amiga”. Y nada más. “Siéntate a mi lado”. Y claro, su lado es al lado tuyo. Es así.

Al principio te contienes más de lo normal, creyendo que puedes meter la pata al decir algo indebido delante de ella, pero eso es al principio. No sabes el momento exacto, si fue por un comentario gracioso, por algo que dijiste o con lo que no estabais de acuerdo, pero hay un momento de conexión, bien afirmando lo que dices, riendo a la vez o puede que interrumpiéndose al querer intervenir. Ambos callamos un poco desubicados. Ahí es cuando la miré de verdad.

Me dirigí a ella, intercambiando unas frases, y hubo algo que llamó mi interés. Inconscientemente, giré la silla para prestarle atención y saber o conocer más de ella. Eso es algo que me gustó y parecía que a ella también le interesó.

Primero fueron las preguntas triviales: de dónde éramos, estudios y otras sin importancia. Luego, poco a poco, profundizamos en aquello que realmente nos gustaba, como algunos ideales, sueños, visión del mundo, libros, música y nuestra forma de entender las relaciones personales.

Esa manera de hablar, conversar, produjo que el tono de nuestra voz cambiara, que fuera cercana y que nuestro volumen bajara . Esto hizo que nuestros cuerpos se acercaran, lo mismo que nuestras caras, para escucharnos y no molestar las conversaciones de los demás. A partir de ese instante se creó una pared invisible entre nosotros y los demás. Una especie de burbuja espacio-temporal en la que se estableció una conexión que jamás tuve con otras personas.

La tarde caía sin que tuviéramos noción del tiempo, salvo por las variaciones de color en el cielo y sus matices atravesados por el rastro de los motores de los aviones, que pasaban en lo alto. La brisa del mar movía ligeramente su pelo largo en ciertos momentos, atrayéndome, al igual que sus ojos y su sonrisa.

Los únicos momentos que nos devolvían a la realidad, traspasando esa pared invisible, eran al beber la consumición e intercambiando algunas frases con los demás, para luego volver a nuestro pequeño mundo.

Así pasó una hora tras hora hasta que un instante lo silenció todo y a todos. Miramos al mar, que pasaba del naranja al rojo intenso, mientras iba cayendo detrás del otro lado de la Ria de Vigo. Hasta el viento cesó. Aquella visión me emocionó al darme cuenta del instante único que vivía aquella tarde.

Cuando el último rayo se ocultó creo que volví a respirar y tardamos un poco en ser conscientes de aquello que habíamos visto. Los matices de color seguían, ahora un poco mas oscurecidos, con tranquilidad. El brillo tenue de las primeras estrellas asomaba en un cielo aún azul, pero que avisaba de la llegada de la noche y de el final de algo.

Y pasó. Un rato después, empezaron los movimientos de sillas, los avisos de marchar ya y fue entonces que tomamos consciencia de que aquello tocaba a su fin y no podíamos alargarlo más ni detenerlo.

Se precipitaron las despedidas y, con ellas, la sensación de gratitud por aquella tarde sin tener que decir nada. Aquel “encantado de conocerte” que nos dijimos ocultaba una tristeza. Escuché a alguien que me preguntaba si me iba. Le contesté que no, que iba a tomar algo más y, seguramente, empezaría un libro que llevaba en la mochila. Me sentía a gusto allí y, además, la noche acompañaba.

La miré y, de nuevo, le di las gracias por todo. Cuando ella se giró para irse yo hice lo mismo y me senté junto a la barandilla de la terraza. Escuché de nuevo las olas y la brisa, cálida, volvió a moverse.

Tomé el libro que había comprado esa mañana. Moví el marcapáginas que me llevé del mostrador de la librería, de esos de presentación de otros títulos literarios y publicidad. Llamé al camarero y le pedí una cerveza, no tardarían mucho en servirla, como siempre lo hacen en este local. La Vela, en Alcabre, tiene una magia especial.

Miré de nuevo el mar, al horizonte, con Las Cíes enfrente y solté un suspiro que salió de mi boca. Supongo que me extrañó aquel silencio después de lo conversado. Quizás deseaba que no hubiera terminado. Ahora ya estaba, no se podía dar marcha atrás al tiempo, sólo disfrutar de aquel recuerdo y guardarlo en el corazón.

Inconscientemente, me centré y pasé las primeras páginas del libro hasta llegar al inicio. Siempre lo hago así, no me gusta pararme en las introducciones. Iba a leer las primeras palabras de una historia desconocida para mí cuando dejaron una cerveza sobre la mesa. Levanté la mirada, a la vez que daba las gracias, y llevé la mano al bolso para pagar, pero no fue posible. Tras el “de nada”, ella se sentó a mi lado con otra cerveza, demasiado cerca de mí. Creo que le sorprendió mi gesto de timidez, mi sonrojo y sonrió.

Creo que no terminamos la conversación y me apetece seguir hablando”, fueron sus palabras. Cerré el libro. Lo guardé sin haber leído una sola frase. Acerqué mi mano a la suya y ella entrelazó sus dedos entre los míos. Le pregunté por dónde íbamos. Respondió que no se acordaba y que tampoco importaba. Lo dijimos bajo, muy cerca y nos besamos con la naturalidad de la cercanía, el calor y la brisa. Luego seguimos hablando, con la emoción de escuchar palabras nuevas y la cercanía de los labios.

La noche seguía cayendo.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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