A la hora de escribir, es imposible no plasmar en un texto literario las sensaciones. Lo contrario haría que fuera algo parecido aun informe médico: frío, aséptico y sin ningún tipo de emoción. No es fácil encontrar el equilibrio sentimental en una obra literaria, pero es menos complicado si, desde el principio, tenemos claro qué queremos escribir, el enfoque sobre qué aquello que queremos escribir y el punto de vista sobre lo que vayamos a escribir.

En cuanto a las sensaciones, es importante distinguir que, en un texto literario, van a estar reflejadas las experiencias de cuatro elementos esenciales, según mi criterio personal:

Escritor: Cada uno de nosotros pensamos, hablamos y sentimos de manera diferente, lo que también influye en nuestro modo de escribir y, por extensión, aquello que plasmemos por escrito se verá influenciado por nuestro propio “yo” escritor. De lo que estamos hablando es del estilo de cada uno de nosotros.

Narrador: El narrador tiene un ente propio y, como tal, dice lo que dice de la manera que lo dice, con la intención que desea y profundizando más o menos como le interesa. Su grado de cercanía o no hacia los personajes nos ofrecerá una mayor o menor riqueza de sensaciones como lector.

Personajes: Cada uno de ellos tiene personalidad propia y, como tales, un pasado y un presente diferenciados. Por extensión, las emociones, actitudes, la acción-reacción, las relaciones entre ellos y los sentimientos son completamente diferentes y, a la vez. la mezcla de todos estos elementos son los que van a hacer que conecten más o menos, mejor o peor, con el lector.

Situación – Escena: Estas no tienen emociones, pero sí las despiertan en el lector según estén enfocadas, cómo se describan, la importancia o no en el desarrollo de la trama, el lugar donde transcurran, el momento del día, la soledad o la afluencia de otros personajes en ella, etc. Pueden  influir en que sean más o menos intensas las sensaciones.

 

Ahora que ya no estas

 

Va cayendo la tarde sobre los campos de centeno. Estoy de pie, en medio de uno de ellos y veo como ella se mueve acariciando la parte más alta de las plantas, caminado despacio y sonriendo. Yo las noto en mi mano, en parte de mi brazo, como leves roces que despiertan mis sentidos.

Hace calor, no demasiado, pero calor y es agradable. Es en esos momentos que notas, de vez en cuando, leves escalofríos en la piel que te hacen viajar en el tiempo y recuerdas momentos de la infancia, algunas escenas de cuando no pensabas en otra sensación que la de ser feliz y, en ocasiones, en personas que ya no están ni estarán más en tu vida. También aparecen imágenes de aquellas que te marcaron y que se quedaron en un hueco de tu corazón para no irse jamás.

Aquí, entre los campos de centeno, al mirar un poco hacia lo lejos, ves como se mecen de un lado al otro, al ritmo de la brisa, y parece que estés flotando entre las olas de un mar dorado. Es increíble cómo ese brillo, ese color, se queda grabado en la memoria, cómo un movimiento de una simple planta puede hacer que te emociones.

Ella sigue ahí, mirándote de vez en cuando, entre el centeno. No sabes lo que piensa, pero no deja de tenerte presente buscando tus ojos con su sonrisa. El sol sigue huyendo en el horizonte y quiere esconderse tras las montañas, sin prisa, pero sin pausa.

La brisa cálida me sigue envolviendo y me fijo en los matices del centeno. Sí, es dorado, pero tiene esas ligeras tonalidades, en algunas partes de la planta, verdes e, incluso, violetas, que hacen que el amarillo, casi oro, destaque mucho más.

Ella, a veces, corre un poco, haciendo que algunos pájaros salgan en desbandada, que sea parte de esa brisa que la envuelve. En realidad, todos nos volvemos un poco niños en ese instante. Yo la miro, la observo y no puedo evitar que una ligera sonrisa  asome en mis labios.

El sol sigue buscando cobijo para descansar y empieza a ocultarse poco a poco, creando ligeras zonas de sombra, oscuridades que van ocultando los colores que, hasta hace unos instantes, estallaban frente a mí, alrededor de ella. Ahora ya es más evidente que el sol se oculta y no puedo evitar un cierto desasosiego. Todo tiene un final, lo queramos o no y hoy también. No pude ser de otra manera.

La brisa va frenando, el centeno se detiene, la música producida por el roce de las plantas va menguando hasta callarse y ella, su recuerdo, se va desvaneciendo hasta desaparecer. No sé si volverá algún día o en otro momento. No lo sé, pero no voy a evitarlo si lo hace. Son recuerdos, sensaciones.

Es entonces que, detrás de mí, escucho una voz que me habla y me devuelve a la realidad.

— ¿En qué piensas?

— En nada.

— ¿Nos vamos?

— Sí.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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