Uno de los elementos que creo que son trascendentes, a la hora de escribir un texto literario, es el de los conflictos de los personajes. Estos pueden ser positivos o negativos y no sólo dan más fuerza al personaje, mayor realismo, sino que lo hacen cercano al lector, le dan vida propia y podemos hacerlos nuestros porque, seguramente, tenemos una referencia parecida en otras personas o en nuestra propia vida.

Cada personaje que creamos tiene una historia vital, con sus buenos y malos momentos, con sus relaciones, con su conflictos externos e internos derivados de sus propios sentimientos o los generados por las relaciones con otros personajes o la soledad misma. Si una persona real piensa y siente a la hora de tomar decisiones, un personaje literario, aunque sea de ficción, también tiene que hacerlo, sino deja de ser creíble para el lector.

Neutro: Cuando me refiero a los conflictos con este término, hablo de aquel que afecta a un personaje literario pero que no provoca cambio alguno en él. El conflicto no hace que el personaje evolucione ni que lo resuelva. No hay un cambio esencial, personal, etc.

Variable – no evolutivo: El personaje sufre varios conflictos internos o externos a lo largo del texto, de diferente índole, pero no provoca en él ninguno tipo de cambio. Son una serie de variaciones emocionales, más o menos intensas, que no transforman al personaje.

Evolutivo: Este es el más interesante. Hay un conflicto o conflictos en el personaje, que evoluciona y provoca un cambio en él mismo. A diferencia del apartado anterior, en este caso, los diferentes conflictos y las emociones afectan al personaje de una manera esencial y este los va resolviendo a lo largo de la obra. Esto no quiere decir que esa resolución sea positiva. De lo que hablo es que el conflicto provoca una necesidad de evolución y cambio, pero no sabemos, hasta el final del texto, si ese cambio va a ser positivo o negativo para él.

Bueno, dejemos que la magia de la literatura nos inspire una vez más.

 

Nunca he deseado estar sin ti

 

He querido decirte tantas veces lo que siento por ti, he querido acercarme y ponerme frente a tus ojos y mostrarte mi corazón, que sería incapaz de contarlas con los dedos de las manos. Cuando estoy a tu lado todo mi ser se altera, mi pulso se acelera y, cuando nos despedimos, siento la soledad, la poca vida que me queda cuando veo que te alejas.

Cada día es igual al anterior. Verte me hace nuevamente sentir. Cuando me saludas, me das un beso en la mejilla y me das un abrazo, creo que no puede haber un momento de felicidad mayor. Y, sin embargo, soy cobarde porque no tengo el valor de decirte que te quiero, que siento que te traiciono cuando me preguntas cómo me encuentro y te digo que bien, cuando lo que deseo es abrazarte, besar tus labios y decirte que no te vayas de mi lado jamás.

Tengo miedo de ser sincero porque no quiero que tu mirada cambie, que alejes de mí tus manos, que no dejes que me acerque y me digas que no quieres volver a verme. Por eso prefiero callarme, prefiero que seas feliz a perder un solo segundo del tiempo que paso a tu lado cada día, desde que nos conocimos.

Sin embargo, el tiempo, esa especie de gran desconocido que hace y deshace a su antojo, nos fue separando porque cada uno fue reescribiendo su destino. No fue algo premeditado, fue ocurriendo poco a poco. Cuando nos quisimos dar cuenta, cada uno de nosotros tenía una vida diferente y sin tiempo para nosotros.

El amor pasó por nuestras vidas y fuimos felices y también desdichados porque, de vez en cuando, nos llamábamos y nos poníamos al día, como amigos que éramos. Éramos esa persona que sentíamos que estaría siempre ahí, por mucho tiempo que pasara, y que cuando escucháramos su voz volveríamos a ser aquellos que fuimos en aquellos momentos. Nos daría alegraría volver a saber del otro, alguna lágrima se derramaría por nuestras mejillas y hablaríamos sin medir el tiempo, sin pensar en colgar, sin desear que se cortara la conversación.

Fue entonces, cuando colgamos el teléfono, qué nos dimos cuenta que, al terminar la conversación, ninguno de los dos tuvo la iniciativa de quedar, tomar un café y seguir hablando. Fue una sensación de tristeza incómoda y tuve la necesidad de salir de casa, de pasear por las calles iluminadas únicamente por instantes de luz de luna y algunas farolas que iban dibujando en el suelo una sombra difuminada. Al final de aquel paseo acabé, sin darme cuenta, en la cafetería en la que nos habíamos conocido, donde las palabras se extendían hasta muy tarde, entre aromas de cerveza, café, tu perfume y la música de fondo, que es la misma que suena hoy.

El camarero me conoce y me siento donde siempre, tomando lo mismo. Tomó un poco de aire y cierro durante unos instantes mis ojos. Cuando los vuelvo a abrir un latigazo recorre todo el cuerpo. Estás sentada frente a mí sin que me hubiera dado cuenta. Con tu mirada me estabas preguntando por qué no te había vuelto a llamar para quedar. No sabía qué contestar. No sé qué pasó, lo único que sé es que mi mano cogió la tuya y te dije: “no quiero que te vayas nunca”. Soltaste mi mano, te levantaste, pero no aparté la mirada.

Pensé que ibas a marchar porque diste unos pasos hacia la puerta y fue entonces que te giraste hacia mí, acercaste tu cara hacia la mía y me besaste en los labios. Nos miramos y nos dijimos a la vez “te quiero, siempre te he querido”. Los dos temblamos. Te sentaste a mi lado y volvió el aroma a café, tu perfume, la música y las palabras empezaron a brotar de nuestras bocas, mientras nuestros dedos entrelazados no se separaban.

Abrazos literarios.

© 27 Infinitos

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